Santiasco

Artículo publicado en Molécula el jueves 5 de enero.

Nuestra capital no se podía escapar, si hasta las mejores ciudades del mundo se las arreglan para tener sus detractores. Santiasco, así les gusta llamarla a los críticos locales. Palabra escupida, pronunciada arrugando la nariz por personas que la lanzan con la mezcla de desprecio y resignación del que se siente condenado a vivir en un lugar que no siente como propio.

Sobre gustos no hay nada escrito, y la capital de Chile todavía está lejos de ser una ciudad de clase mundial, pero de ahí a llamarla Santiasco hay un enorme trecho construido sobre el gusto a exagerar, la costumbre de quejarse, y el provincianismo del que tiene poco mundo para hacer una comparación equilibrada. Es cierto, ni una otra ciudad chilena muestra sus niveles de congestión vehicular, de smog o de ruido, y probablemente en ni una otra la población sea tan adicta al Rivotril, pero también es cierto que la capital es capaz de brindar una agenda artística, cultural y de entretenimiento que el resto del país está lejos de ofrecer. Santiago a veces puede ser sólo una ciudad grande, pero de vez en cuando sorprende y se transforma en una gran ciudad. No se trata solamente de la aparición de atractivas tiendas, cafés o restaurantes en sus mejores barrios, la saludable llegada de todo tipo de festivales y eventos culturales, o la construcción de buenos espacios públicos donde caminan y pedalean miles de personas, sino también de un aumento sostenido en las condiciones de vida de su población. Números poco atractivos para el turista, pero que son tremendamente valorados por los postergados de siempre, indican que menos del uno por ciento de las familias de la capital vive en campamentos, que prácticamente la totalidad de la población cuenta con agua potable, alcantarillado y luz eléctrica en su vivienda, y que casi el cien por ciento de sus aguas residuales son tratadas. Pocas urbes latinoamericanas pueden decir eso. Pese a los problemas del Transantiago, su sistema de transporte público es considerado uno de los mejores de América Latina, y sus calles son bastante más seguras y limpias que las de la mayoría de las capitales de la región.

Por supuesto que no todo es progreso. A pesar de los avances todavía hay deudas pendientes, particularmente relacionadas con la desigualdad con que han sido repartidos los beneficios de la experiencia urbana. La inequidad también tiene forma espacial, y en Santiago uno en gran medida recibe la ciudad que sus bolsillos pueden pagar; mal que mal, las buenas tiendas y festivales, los hermosos parques y las ciclovías siguen siendo una ficción para millones de personas que, sin embargo, rara vez se refieren a su ciudad como Santiasco.

Y es que los que ocupan la palabrita son otros, lo que no paran de quejarse de los tacos, los que despotrican todo el día contra el Transantiasco (en el que nunca han viajado), pero que sin embargo se van a vivir a lugares donde deben usar el auto hasta para ir a comprar el diario. Los que lloran la falta de oferta cultural, de panoramas atractivos, pero se encierran en enclaves donde el único contacto con el mundo exterior es provisto por la llegada cada mañana de la nana y el jardinero. Los que creen que una urbe de calidad se parece a Chicureo. ¿Depresión congénita? ¿Pasión por quejarse? Ojo con el santiasquino, que él en gran medida se ha creado la ciudad que menosprecia.

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