La fiebre del decálogo

Y en un momento nos llenaremos de decálogos: del peatón, del automovilista, del ciclista, del usuario del transporte público, del buen vecino, del amante de los animales, del reciclaje de basura, de la sustentabilidad, de la competitividad, del buen votante, de lo que quiera el ingenioso de turno. Sus beneficios son amplios: no se requieren grandes debates y negociaciones para aprobarlos, su cumplimiento es voluntario, su aplicación no depende de la discrecionalidad policial o de la autoridad local. No avanzamos, quedamos donde mismo, pero sin esa sensación de cuento que a veces tiene el estado de derecho en la ciudad (o a lo mejor creamos decálogos como sucedáneo de éste).

El decálogo de Pedestre tiene un solo enunciado, tomado en préstamo de Oscar Wilde, que dice que la ciudad es demasiado importante como para tomársela muy en serio. De ahí creo que no me he movido mucho.

Todo esto para presentar esta entrevista que me hicieron los muchachos de Bicitlán en Reactor hará cosa de un mes, en la que opino sobre el tristemente célebre Decálogo del Peatón y otras yerbas relacionadas.


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