Los gustos arquitectónicos de la Pantera Rosa y el tinglado decorado

Las mejores explicaciones a temas de la profesión llegan por donde uno menos lo espera. Quiero salvarme por un rato de Dora la Exploradora y le enseño a mi hija la Pantera Rosa, que es lo que yo veía a sus cuatro años. El capítulo que escogemos al azar se llama The Pink Blueprint, y en él la protagonista trata por todos los medios de cambiar los planos que guían la construcción de una casa por parte del narigón con bigotes que hace las veces de enemigo genérico a lo largo de la serie. El capítulo es una delicia para el gremio de los arquitectos por:

a) El compromiso decidido con el movimiento moderno de la Pantera Rosa, obsesionada en imponer (nada de diálogos cuando hay una casa tradicional con un techo a dos aguas de por medio) un proyecto que perfectamente pudo haber salido del taller de Oscar Niemeyer o Eero Saarinen. La serie es de los sesenta, y eso es lo que las vanguardias artísticas e intelectuales de la época consideraban el non plus ultra del buen gusto (Saarinen colgó las herramientas en 1961, pero su legado duró algún tiempo después de su muerte).

b) La explicación, clara y precisa, del concepto de tinglado decorado del que hablé en una columna reciente referida al nunca bien ponderado subgénero de los edificios pato. Como se explicó aquella vez, tinglado decorado (decorated shed) es un término acuñado por Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour en su libro Learning from Las Vegas (Aprendiendo de Las Vegas) para referirse a aquellos edificios estructurados en torno a un volumen genérico (la caja de zapatos) al cual se superpone una fachada escenográfica alusiva al contenido o a las pretensiones de ser de la obra. En palabras de los autores, en el tinglado decorado “el rótulo es más importante que la arquitectura. Esto se refleja en el presupuesto del propietario. El rótulo, en primer plano, es un grosero alarde; el edificio, en segundo plano, una modesta necesidad. Lo barato aquí es la arquitectura.”[1] El concepto queda revelado en toda su magnitud en la actitud del constructor narigón de bigote. Lo suyo es el arte del engaño a un cliente que no distingue entre el ser y el aparentar de lo construido. Detrás de la fachada moderna está la casa con techo a dos aguas, detrás de los atrevidos volados de hormigón armado no hay más que una tradicional estructura de tabiques de madera, mientras el gran ventanal no es más que una farsa que esconde la limitada perspectiva de una ventana de dos hojas, también de madera. La fachada es intercambiable de acuerdo al gusto y la necesidad de quien la habita; la arquitectura queda relegada a un mero juego escenográfico. En este juego la labor del arquitecto queda en una tierra de nadie localizada entre el trabajo del constructor del galpón y el del decorador de la fachada.

Si la Pantera Rosa lo aburre, váyase de inmediato al minuto 5, que es donde ocurre lo más significativo de la historia. Yo recomiendo ver el capítulo completo: a mí me entretuvo, a mi hija ídem, y así por un rato me salvé de la insufrible Dora la Exploradora.

[1] Venturi, Robert et al., Aprendiendo de las Vegas. Editorial Gustavo Gili, 6ª edición, 2006

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