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Haga algo inútil: separe la basura
“¿Quiere que tire la caja también?” me dijo el joven recolector – no más de 14 años – cuando me vio llegar con mis muy ordenados residuos en sus flamantes cajitas de plástico verde. En ese momento empecé a comprender que lo mío había caído de lleno en el terreno de la simple ingenuidad, y que lo dicho por vecinos, amigos y conocidos era una verdad del tamaño de una catedral. Y es que desoyendo sus palabras, que señalaban que es una pérdida de tiempo, que no hay infraestructura para el tratamiento adecuado, y que en el camión finalmente todo se mezcla, en mi casa decidimos cuadrarnos firmemente con el reciclaje de la basura, así que compramos unas cajitas plásticas donde dejaríamos debidamente clasificados todos aquellos desechos inorgánicos producidos en nuestro hogar para que pudieran ser fácilmente reutilizados. Sé que esto es lo mínimo que se le puede pedir a un ciudadano medianamente civilizado, que es una vergüenza que no lo hubiéramos hecho antes, y que hay una ley en el DF que promete las penas del infierno a quien no lo haga, pero lo claro es que conozco a muy poca gente que realice este procedimiento elemental, y cualquier persona que aguante estar por un par de minutos al lado de un camión recolector podrá dar fe que la gran mayoría de la población sigue botando sus desechos en el más completo desorden, tal como lo hacíamos en mi hogar hasta el fin de semana pasado.

Basureros diferenciados con basura no diferenciada (ni menos recogida) en Chapultepec
¿De qué hablamos cuando hablamos de vivienda sustentable?
Se presenta un proyecto de 30 mil viviendas localizadas en las afueras de una ciudad, las cuales vienen equipadas con paneles solares y focos ahorradores de energía, acción que le permite decir a su orgulloso desarrollador que lo suyo es una prueba más de su compromiso ineludible con la vivienda sustentable.
Paralelamente, una autoridad municipal señala a la prensa que las 798 torres de 20 pisos destinadas a trabajadores de bajos ingresos que se construirán en los extramuros de su ciudad sólo emplearán materiales que cuenten con un sello distintivo que asegure que en su elaboración no se produjo daño alguno al medio ambiente ni se empleó mano de obra menor de 14 años de edad, lo que es una demostración más del apoyo irrestricto a la protección del planeta encarnada en la agenda de desarrollo urbano sustentable impulsada bajo su mandato.

Una casa verde propiamente tal. Imagen: Guate360
Morosos, franeleros y la representación de la legalidad
Primer Acto
“A partir de hoy, el Sistema de Aguas de la Ciudad de México iniciará el corte de agua potable a aproximadamente 400 mil usuarios que adeudan más de cinco mil pesos.
Así lo anunció Ramón Aguirre, titular del SACM, tras reunirse con la Comisión de Desarrollo Metropolitano de la Asamblea Legislativa; sin embargo, precisó que la sanción se aplicará de manera gradual, 100 cortes por día.
Comentó que también se tomarán medidas contra quienes desperdicien el líquido, ya que están ligados a los usuarios morosos.”
Milenio, 7 de abril de 2009
Segundo Acto
“Los Juzgados Cívicos Itinerantes instalados el 4 de abril en las dos primeras secciones del Bosque de Chapultepec, han sancionado a 26 personas por incurrir en faltas administrativas como ingerir bebidas embriagantes en la calle u obstaculizar la vía pública.
De las 26 personas remitidas, los Juzgados Itinerantes dictaminaron el arresto de 17; las nueve restantes pagaron la sanción correspondiente, que alcanza los mil 96 pesos.
En un comunicado de prensa, el Gobierno del Distrito Federal informó que 19 de las 26 personas remitidas fueron franeleros, quienes obstaculizan la vía pública con cajas, botes o cualquier otro objeto el arroyo vehicular y después piden a los ciudadanos para que paguen por este servicio no solicitado. De estos 19 infractores, sólo siete pagaron su multa.”
Excélsior, 12 de marzo de 2009

Acto Final
Cualquier lector armado de una calculadora se podrá dar cuenta que cortar el agua a 100 deudores diarios de un universo de 400 mil no es más que un saludo a la bandera para que no se diga que las autoridades no hacen cumplir la ley. A ese ritmo, se tardará casi 11 años en aplicar medidas contra los infractores, siempre y cuando no entren nuevos miembros a este selecto grupo, que constituye la no despreciable cantidad del 20 por ciento del total de los clientes del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACM). Y eso que sólo se consideró a aquellos que deben más de 5 mil pesos, que es una cantidad nada despreciable en una ciudad donde además el suministro de agua está fuertemente subsidiado.
Sólo para hacerse una idea, una familia de 4 integrantes que gasta una cantidad de 30 metros cúbicos al mes paga una cuenta de alrededor de 120 pesos bimensuales; si esa familia quiere llegar a la mágica marca de los cinco mil pesos de deuda tiene que pasar seis años y medio sin pagar un miserable peso al SACM. En otras palabras, estamos hablando de profesionales del no pago, gente que no cumple con sus compromisos económicos no tanto por falta de medios sino por un asunto de principios, que acaba de ser notificada que tiene menos de un 10 por ciento de posibilidades de ser castigada con el corte del suministro durante el próximo año.¹
Cosa parecida sucede con los franeleros y todos aquellos que se adueñan de la calle que no les pertenece con cubetas, neumáticos, cajas, fierros, botellas, conos, piedras y todo aquello que sirva para marcar un territorio apropiado al margen de toda ley. Anunciar con bombos y platillos que fueron arrestados 19 franeleros sorprendidos in fraganti ejerciendo su no deseada labor no es para tomárselo muy en serio, porque es cosa de salir a la calle y en pocos minutos cualquier ciudadano podrá encontrar a varias decenas de estos personajes en acción, amén de toda una colección de objetos de apropiación como los anteriormente descritos, colocados tanto por los franeleros como por vecinos a quienes hasta el momento el corto brazo de la ley no toca.
¿Qué se pretende con tanta fanfarria? Cualquier análisis medianamente serio concluirá que las dos acciones anteriormente reseñadas no tienen en absoluto por objeto revertir el grave problema de desabastecimiento de agua que afecta a la ciudad o extirpar de raíz las malas prácticas que se desarrollan en sus calles. Cien morosos castigados y 19 franeleros arrestados dan apenas para un souvenir de la ilegalidad capitalina
Y es que si es que no se puede instaurar el imperio de la legalidad, al menos se intenta hacer una representación del mismo, para que no se diga que las autoridades no están conscientes del problema, para que la ciudadanía pueda respirar en paz por un rato, y sobre todo para ganar tiempo y dejar que las cosas sigan transcurriendo igual como hasta ahora. El Gatopardo vuelve a actuar.
¹ Vale la pena recordar que la gente de más bajos recursos también tiene los más bajos consumos de agua, lo que les hace tremendamente difícil el poder endeudarse con 5 mil pesos por concepto de cuentas atrasadas. Es más, muchos de ellos, que reciben agua por tandeo, tienen tarifas fijas que fluctúan entre los 51 y los 96 pesos bimestrales.
Todo parece indicar que el club de deudores no está formado precisamente por los más pobres de nuestra sociedad.
Uno que no apagó la luz
Lamento defraudar a más de algún lector, pero debo ser honesto y decir que la noche del pasado sábado, y mientras no pocos apagaban sus luces en adhesión a la llamada Hora del Planeta, yo me encontraba disfrutando de la lectura del entretenidísimo y atractivo Citámbulos de la Ciudad de México, libro que aprovecho de recomendar en estas líneas. No, no me sumé al llamado a estar a oscuras durante una hora para hacer un llamado de atención sobre la importancia de frenar la emisión de gases que provocan el efecto invernadero, y no, no me arrepiento mucho de mi actitud.

Imagen: Gabyu, vía Flickr
Estadísticas chilangas (o una manera distinta de enfrentar la crisis del agua)
Preocupado por la severa crisis de abastecimiento de agua que está sufriendo la ciudad y que se traducirá en racionamientos que afectarán a por lo menos a un millón y medio de habitantes de diez delegaciones del DF, comencé a hacer una mini investigación acerca del alto consumo diario de sus habitantes, el cual sin duda es el gran causante de la actual situación.
Así, y revisando noticias recientes, me encontré con que el 9 de enero pasado Ramón Aguirre, director del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACM), señaló a la prensa que la dotación de agua por habitante en la capital alcanza a los 312 litros diarios, pero que la población flotante de cuatro millones reduce esa dotación a 270 litros al día. Sin embargo, la confusión llegó a mí cuando leí otra nota, de marzo de 2008, en la cual el mismo Ramón Aguirre indicaba que en promedio un capitalino consume 364 litros al día. En otras palabras, en sólo diez meses se produjo una disminución de 52 litros al día por habitante, proeza que ni una ciudad del mundo occidental ha podido realizar sin que sus tuberías e instalaciones hayan sido bombardeadas previamente. Para hacernos una idea de este nuevo milagro mexicano, sería bueno señalar que este ahorro de 52 litros por persona es suficiente para dar adecuado suministro a una ciudad de tres millones y medio de habitantes en Alemania u Holanda. Nada mal. En todo caso, hay que señalar que Aguirre fue muy claro en dicha ocasión al señalar que el consumo de 364 litros era a todas luces excesivo, puesto que más que duplica el ideal para una urbe moderna, que es de alrededor de 150 litros diarios por persona. Leer el resto de esta entrada »
El peor de los subsidios

Tambores de agua en asentamiento irregular de San Gregorio Atlapulco, Xochimilco. Foto: Rodrigo Díaz
Según lo informado por la prensa el pasado 9 de enero, la reducción en el volumen de las presas alimentadoras del sistema Cutzamala llevó a la Comisión Nacional del Agua (Conagua) a tomar la drástica decisión de interrumpir tres días al mes el abasto de agua al valle de México, situación que afectará a un millón y medio de habitantes de 72 colonias ubicadas en 10 delegaciones del DF. De ellas, 25 sufrirán el corte total del suministro, el cual será provisto por pipas durante esos días. Peor será en el Estado de México, donde sólo en el municipio de Ecatepec se estima que 2.6 millones de personas se verán afectadas por los racionamientos.
La crisis del agua no es algo nuevo; ya hace muchos años se viene diciendo hasta el cansancio que se está gastando mucho más de lo que se consume. Esta vez el problema es la carencia de líquido en las presas del sistema Cutzamala, pero mañana será la ausencia de éste en los mantos acuíferos subterráneos, que se calcula se sobreexplotan en un 50% respecto a su capacidad de recarga.
Las causas de la crisis son múltiples y muy variadas: la pérdida de un 38% del total distribuido, ya sea a través de filtraciones en la red o en las instalaciones domésticas, las miles de tomas clandestinas, los cientos de pozos no autorizados que extraen agua sin ningún tipo de control, etc. Sin embargo, la principal razón que explica el problema es sencillamente el alto consumo promedio de los habitantes de la ciudad. Las estadísticas entregadas por Conagua indican que en el DF éste llega a 327 litros al día por habitante, una cifra altísima, mucho más elevada que cualquiera de los países desarrollados (con excepción quizás de Estados Unidos, que es un caso aparte en materia de despilfarro del agua). El problema es que este gasto no está distribuido de manera uniforme, ya que mientras algunos pobladores de asentamientos irregulares de Iztapalapa sobreviven con apenas 28 litros al día, el mínimo para consumo, limpieza e higiene personal, otros de Lomas de Chapultepec o Polanco llegan a consumir mil litros en el mismo período.
Para bajar el consumo se han propuesto variadas iniciativas, como el reemplazo de excusados tradicionales por unos de bajo consumo, la reparación de tuberías rotas, campañas de educación pública, uso de aguas lluvia, tratamiento y reciclaje de aguas negras, mayor fiscalización de conexiones ilegales, etc. Todas estas opciones son altamente recomendables de poner en práctica, pero su efecto es limitado si no se acompañan de una medida por cierto impopular, pero altamente efectiva, como es el sinceramiento en el costo de las cuentas de agua potable.
Un subsidio inexplicable
En efecto, a estas alturas del partido la mantención del subsidio al agua potable que rige en el DF se transforma en una práctica cuyas consecuencias no pueden calificarse de otra manera que no sea de nefastas. Y es que se podrá entender que los más pobres de la ciudad, que son los que individualmente menos consumen, tengan un subsidio del 90% en sus tarifas, pero lo que carece de toda lógica es que quienes consumen altos volúmenes también tengan un subsidio que es superior al 65%. Según el investigador Luis Rosendo Gutiérrez, el costo de traer un metro cúbico de agua a la ciudad es de 23 pesos, pero quienes gastan menos pagan sólo dos pesos por él. Así, y a pesar que el costo de extracción y distribución en el DF es uno de los más altos del país, la tarifa que se cobra es una de las más baratas de la Federación, siendo entre un 300 y un 400% superior al que pagan los habitantes de ciudades como Aguascalientes, Tijuana o León.
Está más que comprobado que en el caso del agua la población reacciona rápidamente cuando se le toca el bolsillo. Esto no implica la desaparición del subsidio a los sectores más pobres, el cual puede ser perfectamente mantenido hasta un nivel considerado adecuado para cumplir satisfactoriamente con las necesidades de aseo, higiene y consumo. Lo que de ningún modo puede seguir manteniéndose es la subvención que reciben los sectores de más altos recursos, quienes no solamente deben pagar el valor real del suministro del agua, sino además un castigo monetario en caso de incurrir en sobreconsumo. No resulta justo ni inteligente que la gente de los sectores más necesitados esté financiando el llenado de piscinas o el riego de jardines particulares, que sus necesidades son muchas como para más encima ser solidarios con quienes no requieren de esta ayuda.
La aplicación de tarifas diferenciadas con subsidio a la demanda de menos recursos es una práctica ampliamente extendida en el mundo desarrollado, altamente recomendada por la Organización Mundial de la Salud, y que se traduce de manera rápida en el uso más racional y sustentable de un recurso que muchas veces olvidamos que es altamente escaso. El actual subsidio, promocionado como una medida de corte social, en la práctica es pan para hoy y hambre para mañana, porque implícitamente fomenta el uso irresponsable de algo que parece muy abundante en el presente, pero cuyo suministro en el futuro se encuentra en un mar de incógnitas. El tiempo de actuar es ahora, y actuar implica muchas veces tomar medidas que pueden ser impopulares, pero que a la larga pueden marcar la diferencia entre la subsistencia o el fin de la ciudad tal como la conocemos hoy.
Son otros los que se tienen que reciclar

Una de las cosas más maravillosas de Latinoamérica, y particularmente de México, es la creencia profundamente arraigada que los problemas se solucionan inmediatamente con la firma de leyes, tratados y declaraciones. Es cosa de escuchar las respuestas que dan nuestros políticos cada vez que un problema afecta a la ciudad: “hay que legislar al respecto, sin duda alguna”, “¿cuánta gente tiene que morir aplastada por un meteorito para que el Gobierno se sensibilice y legisle sobre ello?”, “la culpa es de quienes no aprobaron la ley de protección al menor daltónico cuando fue presentada por nuestra bancada en agosto pasado”… Hay ejemplos que rayan en lo surrealista, como la propuesta presentada en noviembre pasado por un diputado panista para crear la Ley de Mediación Administrativa para el Distrito Federal entre ciudadanos y gobernantes, a fin de resolver conflictos y evitar marchas y plantones en las calles de la capital, como si los conflictos entre las personas e instituciones se resolvieran porque una ley así lo establece. Este es sólo un botón de muestra, porque con un poco de tiempo uno puede encontrar leyes para absolutamente todo en nuestra ciudad, las que generalmente son presentadas por sus autores como la envidia de todos los parlamentos a nivel mundial.
El único problema es que muy pocas de ellas se respetan. Es cosa de dar un vistazo a la Ley para Personas con Discapacidad del Distrito Federal, firmada en diciembre de 1995, o el Reglamento para el Servicio de Transporte Público de Taxi en el Distrito Federal para darse cuenta que en la ciudad la ley muchas veces no es más que letra muerta aplicada según el criterio o conveniencia política de las autoridades correspondientes. El nuevo Reglamento de la Ley de Residuos Sólidos de la capital, que entra en vigor este año, va por el mismo camino, porque no hay que ser adivino ni experto en manejo de la basura para saber que, tal como está planteado hoy día, es una iniciativa que está condenada al más absoluto de los fracasos.
No se trata de decir que las leyes son inútiles; por supuesto que son necesarias para normar nuestro comportamiento y actividades en la ciudad, pero éstas de nada sirven si no tienen un sustento en la realidad, si no se dan las condiciones para su aplicación, o si no se establecen los mecanismos adecuados para obligar a su cumplimiento. Una mezcla de estas tres situaciones se da en la legislación que pretende obligarnos como ciudadanos a separar nuestra basura en el hogar para que ésta sea fácilmente reciclada.
Adiós a las propinas y el hombre de la campana
Si bien es cierto el flamante reglamento está bien inspirado y nadie podría objetar sus loables propósitos, en la práctica resulta un instrumento de dudosa utilidad, puesto que da por superados una serie de aspectos deficitarios hoy en día y que son cruciales para el éxito de una política de tratamiento y reciclaje de residuos sólidos. El primero de ellos es sin duda el arcaico sistema de recolección de la basura, bajamente profesionalizado y en el cual el sector informal tiene un rol preponderante, algo que no sucede en ninguna de las ciudades que sirven como referente en lo que a tratamiento de residuos sólidos se refiere.¹ Mucha gente que en algún momento separó la basura en su hogar desistió del intento luego de ver que el barrendero mezclaba en sus tambores los desperdicios anteriormente clasificados, seleccionando sólo aquello que le fuera de algún provecho económico.
Relacionado con esto último, resulta extremadamente difícil reciclar cuando los camiones recolectores no poseen los compartimentos necesarios para este fin. De acuerdo a lo informado por el propio Gobierno del DF, más del 90 por ciento de los camiones de la capital no se encuentra habilitado para hacer labores de recolección diferenciada de residuos. Algunos de ellos, que llevan más de 30 años en servicio, ni siquiera cuentan con compactador.
Por otro lado, los impulsores del nuevo reglamento olvidaron que la mejor manera de iniciar un proceso de reciclaje a nivel metropolitano es haciéndole las cosas fáciles a la gente. Esto implica la repartición de basureros estandarizados y diferenciados a los distintos hogares y la recolección sagrada en días previamente establecidos, sin importar que uno no se encuentre allí, porque en un contexto así la basura se deja afuera, en la calle, la noche anterior a ser recogida. Aunque suene impersonal, en un sistema moderno el hombre que avisa la llegada del camión con una campana sencillamente no tiene cabida, como tampoco tienen cabida las propinas, porque en una ciudad el servicio de recolección de basura debe hacerse sí o sí, no importando si los vecinos de una calle o colonia son generosos o no con los recolectores. En todos los países desarrollados los recolectores tienen contrato de trabajo financiado con los dineros de los propios contribuyentes, así que sería más que aconsejable que la ciudad de México imitara esta sana práctica, porque la informalidad y la eficiencia rara vez van de la mano en el mundo de la recolección de residuos en una urbe como esta.
Por último, es muy difícil que el modelo funcione si éste no es explicado de manera clara a la ciudadanía. ¿Qué es lo que hay que reciclar? ¿Todos los residuos inorgánicos se colocan juntos, o además hay que separar los cartones de las latas, y éstas de los plásticos y botellas? La mayoría de la población no tiene la menor idea, porque las campañas comunicacionales han brillado por su ausencia.
Los incentivos correctos
Lo poco que se sabe del reglamento se relaciona con las penas del infierno que esperan a sus infractores, aunque aún no se sabe muy bien cómo se va a hacer la fiscalización. ¿Inspectores encubiertos adentro de los botes de los barrenderos? Puede ser, que en esta ciudad se ha visto de todo. En lo personal, sigo creyendo que las multas en dinero en general sólo sirven para enriquecer a quienes están a cargo de cobrarlas, y casos como ese ya hay demasiados en la capital. En el caso de la recolección, el peor castigo que una persona puede recibir es que simplemente no se le recoja la basura; la experiencia dice que la gente aprende muy rápido de esta manera, y que muchas veces son los propios vecinos los que fuerzan a los infractores a cambiar su actitud, porque a nadie en su sano juicio le gusta vivir al lado de una montaña de desperdicios.
Un problema de fondo
Ahora bien, el problema de la basura en la capital necesita de medidas de fondo que vayan más allá de la solución de los problemas anteriormente mencionados. Y es que no se saca nada redactando completísimos reglamentos si no se quiere cambiar de raíz una actividad que tradicionalmente ha estado basada en una extensa y compleja red de caciquismos y favores políticos. La desarticulación de la nefasta relación entre líderes de pepenadores (gente que escarba en los basurales cosas que tengan algún valor), barrenderos y autoridades resulta fundamental para acometer con éxito la difícil tarea de tratar la basura de manera sustentable. Esto no implica la desaparición del sector informal, pero sí su necesaria reformulación, tal como lo han hecho con éxito ciudades de otros países latinoamericanos, como Colombia, Uruguay y Chile, donde éste actúa de manera complementaria a los servicios formalmente establecidos de recolección y reciclaje de residuos.
Es de esperar que en estos meses de marcha blanca se tomen las medidas de fondo para revertir un escenario que en la actualidad sólo huele a fracaso. La ley está, pero sin programas y políticas que ataquen los problemas concretos, resulta prácticamente imposible que sea alguna vez cumplida.
¹ Ver “La basura y el sector informal“
¿A quién beneficia el subsidio a la gasolina?

¿Habrá un país en el mundo donde circulen tantas Hummer como en México? Lo que hasta hace poco era un placer vedado para algunos futbolistas, artistas y narcotraficantes ahora es una moda que se extiende velozmente entre todos aquellos que gustan de andar en la calle sin pasar inadvertidos. Lo interesante es que este vehículo, disfuncional a la ciudad como ningún otro, ha contado con el apoyo sostenido y entusiasta de todos los contribuyentes para su popularización, y esto gracias a un subsidio cuya existencia cada vez cuesta más entender.
Pieza destacada del museo del estado benefactor y aún defendido fervorosamente por izquierda y derecha, por esas cosas de la vida el subsidio al precio de la gasolina goza de mayoritarias simpatías en México, o al menos dentro de su clase política, que hasta el momento lo sigue conservando sin pensar mucho en su real impacto y utilidad. Arguyendo un fin social, y a pesar de todas las recomendaciones internacionales al respecto, las autoridades mexicanas se niegan a eliminarlo bajo el pretexto que sin éste la economía se vuelve tremendamente volátil, existiendo el peligro que la inflación se dispare en el país por una brusca alza en el precio internacional del petróleo.
Según un orgulloso comunicado de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de junio de 2008, gracias a este subsidio el precio de la gasolina al mayoreo que vende PEMEX es un 20.2% inferior al precio internacional, mientras que en el caso del diesel esta diferencia llega al 45.2%. En términos totales, sólo durante el primer trimestre de 2008 el subsidio alcanzó a casi 55 mil millones de pesos (algo así como 4 mil millones de dólares), habiéndose proyectado un total anual de 200 mil millones de pesos (15 mil millones de dólares). Es decir, no estamos hablando de bolitas de dulce. Aunque el comunicado fue hecho meses antes que el precio del petróleo se desplomara en todo el mundo pero no en México, es un hecho que la gasolina ha estado más barata en este país que en el mercado internacional la mayor parte del tiempo.
Sin querer contrarrestar el argumento macroeconómico antes citado, defendido por no pocos economistas, lo que sí queda claro es que el subsidio tiene diversos aspectos negativos, y que en el ámbito urbano, al menos en la ciudad de México, sus consecuencias son sencillamente funestas.
¿Por qué es negativo el subsidio a la gasolina en la ciudad de México?
- Porque fomenta la compra de más automóviles, provocando consigo un aumento en la congestión vehicular con el consecuente detrimento en la calidad de vida de todos los capitalinos. Cada año se suman alrededor de 250 mil nuevas unidades al parque vehicular de la ciudad, las cuales sencillamente ya no caben, a menos que se siga con la absurda y millonaria construcción de segundos, terceros y cuartos pisos, que no hacen más que dilatar por un breve tiempo la solución definitiva al problema. En momentos en que las políticas oficiales apuntan a fomentar el uso del transporte público y de medios más sustentables como la bicicleta, el subsidio a la gasolina envía un mensaje contradictorio a la ciudadanía, premiando a aquellos que prefieren movilizarse en sus coches particulares, especialmente a los propietarios de vehículos más grandes y gastadores, que de no existir el subsidio probablemente optarían por modelos más económicos y menos contaminantes.
- Porque es tremendamente regresivo, beneficiando principalmente a los sectores de ingresos medios y altos, que son los que más consumen gasolina. Aunque la ciudadanía que se moviliza en transporte público también se ve beneficiada pagando una tarifa más baja, el gran ganador es quien usa su automóvil particular hasta para ir a comprar pan a la esquina. En este sentido, vale la pena preguntarse si no valdrá más gastar los 200 mil millones de pesos anuales en planes y programas que sí están directamente enfocados en los que más los necesitan, y no en un subsidio cuyos beneficios se diluyen en personas que pueden cubrir la totalidad de sus necesidades de su propio bolsillo.
- Porque ayuda a aumentar la contaminación atmosférica de la ciudad, producto no sólo de tener más automóviles circulando en la ciudad, sino de la cada vez mayor cilindrada de éstos y de la mayor congestión que provocan, factores que hacen que la cantidad de elementos contaminantes en el aire se multiplique. Esto cobra especial relevancia hoy en día, cuando el escenario de crisis económica internacional ha impulsado a muchos mexicanos a comprar automóviles usados importados de Estados Unidos, más baratos que los nuevos pero de tecnología menos eficiente y mucho más contaminantes. En este sentido, un estudio difundido por la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores (AMDA) señaló que este tipo de automóviles gasta en promedio un 115% más de gasolina que un vehículo nuevo, contaminando tres veces más.
¿Qué se puede hacer entonces?
Como se dijo anteriormente, en México las políticas de transporte son tremendamente ambiguas, puesto que en las palabras fomentan el uso de la locomoción colectiva, pero en los hechos proveen todos los incentivos imaginables para poseer un automóvil particular, en lo posible bastante grande. Esto puede que no sea un problema en ciudades pequeñas o en el ámbito rural, pero en una megalópolis como la ciudad de México constituye un drama de marca mayor. Para solucionarlo, la única alternativa es implementar medidas que desincentiven el uso del automóvil, las cuales pasan necesariamente por sincerar el real costo de circular en la ciudad contemporánea. Las urbes que han decidido tomar el toro por los cuernos han adoptado medidas que reflejan esto, como la instalación masiva de parquímetros o la tarificación vial, medidas muchas veces impopulares pero generalmente bastante eficientes. Sobra decir que en ninguna de ellas se subsidia la gasolina, fijándose a lo sumo un fondo de estabilización del petróleo que regula su precio en caso de que éste suba, y que es financiado con las ganancias obtenidas cuando el precio internacional baja respecto a un valor de referencia fijado con anterioridad.
Algunos lectores sostendrán que las restricciones que sufren los automovilistas en esta ciudad ya son suficientes, arguyendo además el viejo mito – tan viejo como falso – que México es el único país donde se paga impuesto a la tenencia de automóviles, y que por último poseer un carro es un derecho irrenunciable de todos los hombres, tanto como el derecho a la vida y a la libre expresión. Un breve recorrido por internet les demostrará que no son pocos los países donde se tiene que pagar algo parecido a la tenencia todos los años (España, Colombia, Guatemala y Chile son algunos ejemplos), y que un análisis comparativo entre megaciudades demuestra claramente que los costos de circular en la ciudad de México están muy por debajo de los estándares de las urbes de países desarrollados.
Eliminar el subsidio de la noche a la mañana sería una locura, pero los negativos impactos anteriormente expuestos aconsejan su gradual eliminación, tal como de manera tímida y velada se está haciendo hoy. Para reducir los efectos en el bolsillo de los más pobres se puede establecer un sistema de subsidios focalizados al transporte público, los cuales se pueden acompañar con incentivos para la introducción de fuentes alternativas de energía, como biocombustibles, cuyos negativos efectos en el medio ambiente son mucho menores. Lo que no puede suceder es seguir manteniendo en el tiempo una medida que ya está más que comprobado que no beneficia a sus supuestos destinatarios, favoreciendo a aquellos que más congestionan, más contaminan, y menos necesitan de la ayuda fiscal.
Xochimilco lo aguanta todo

Como una manera de impulsar el turismo en la zona sur de la ciudad, el Gobierno del Distrito Federal próximamente procederá nada menos que a la construcción de una réplica de la ciudad de Tenochtitlán en un lugar todavía a decidir de la zona chinampera de Xochimilco. Así lo dio a conocer el Secretario de Turismo local, Alejandro Rojas, en su comparecencia ante la Asamblea Legislativa del DF el pasado 6 de octubre.
Como es sabido, Tenochtitlán se estructuró en base a islotes artificiales levantados en el lago Texcoco, los cuales estaban conectados por una gigantesca red de canales navegables por pequeñas embarcaciones. La técnica de la chinampa, única en el mundo, todavía se preserva en gran parte de la delegación de Xochimilco, razón que inspiró al comité creativo de la Secretaría de Turismo del DF para lanzar la idea de Tenochtitlán 2.0, que de paso pretende derribar de un plumazo aquello de que segundas partes nunca fueron buenas.
El Secretario Rojas no dio mayores detalles del proyecto a la prensa, pero pienso que, como autoridad seria que supongo que es, seguramente estará considerando una reproducción fidedigna de la ciudad sagrada de los aztecas, la que incluiría no sólo los islotes y canales, que por lo demás ya existen en pueblos como Santa María Nativitas y San Gregorio Atlapulco, sino además los edificios ceremoniales que alguna vez existieron en Tenochtitlán la original. De ser así, la ciudadanía podría ser testigo privilegiado de la construcción de una réplica a escala del Templo Mayor, que con sus 60 metros de altura promete convertirse en un hito no sólo de Xochimilco, donde las casas con suerte superan los dos pisos, sino de toda la ciudad, y por qué no decirlo, del mundo entero, que ese tipo de obras ya no se construye en estos días. La fiel réplica debiera considerar también la ejecución de copias exactas de la Casa de las Águilas, el Xochiquetzal, el Chicomecóatl y los otros 11 edificios que se encontraban junto al Templo. Menuda tarea para el Gobierno del Distrito Federal, que de todas maneras producirá un positivo efecto en el empleo en la zona, porque la ejecución de tamañas estructuras, por mucho que sean de plástico, madera y espuma, requiere de un montón de mano de obra, calificada y de la otra. Aunque quizás poseído por el entusiasmo el GDF se lanza a la titánica empresa de edificar una copia fiel en piedra, y en ese caso sí que varios dejarían de labrar la tierra, manejar taxis o vender en la calle para picar piedras de sol a sol, que trabajo habría para mucho rato.
Ahora bien, la edición electrónica de El Universal del martes 7 de octubre¹ señaló que lo que se construirá en Xochimilco no sería una copia de Tenochtitlán, sino de ¡las pirámides de Teotihuacán!, y ahí sí que estamos hablando de palabras mayores, porque pirámides no se han levantado en más de quinientos años en la capital, y tener una réplica a escala natural de las del Sol y de la Luna sería un golpe sensacional que atraería hordas de turistas al sector, no tanto para apreciar la magnificencia de la obra como para ver con sus propios ojos que en el mundo existe un gobierno que es capaz de hacer este tipo de cosas. Quiero creer que en la información de El Universal hay algún error, y que presas del entusiasmo o el cansancio las periodistas que firman la nota confundieron Tenochtitlán con Teotihuacán, cosa que a cualquiera le puede pasar, si a Xochimilco lo confunden con Venecia, aunque a Venecia nunca con Xochimilco.
Una raya más al tigre
Claro que en una de esas el GDF sí quiere realmente construir una versión mejorada de Teotihuacán en el sur de la ciudad, lo que a decir verdad no me asombraría demasiado. Es que Xochimilco lo aguanta prácticamente todo, por lo que la réplica de un par de pirámides monumentales allí sólo sería una raya más en la piel del tigre. El proceso de rápida degradación que ha sufrido esta área la ha convertido en víctima fácil de todos los males de la ciudad, así que a estas alturas del partido la construcción de templos y pirámides de utilería da casi lo mismo, que a Xochimilco parece que nadie lo saca del pantano en que lleva inmerso por décadas.
Más de 300 asentamientos irregulares, la mayoría de ellos localizados en suelo de conservación, miles de personas viviendo sin agua potable ni drenaje en sus casas, canales raquíticos cuyas aguas están absolutamente contaminadas, espacio público en estado de deterioro absoluto, y una vialidad de pueblo con tráfico metropolitano han contribuido a la destrucción sistemática de un área única en la ciudad y en el mundo. En este sentido, la declaración de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO en 1987, más que ayudar a la zona, la ha sumido en el clásico olvido de los lugares de rico pasado y presente nebuloso.
La intención de construir allí una réplica de la ciudad de Tenochtitlán no es más que la constatación palpable de este estado de decadencia. Es como si la ciudad de Roma decidiera levantar una copia de la Torre Eiffel en las ruinas del Coliseo para atraer más inversión y turismo. Xochimilco es valioso por lo que es (o fue), al igual que la ciudad mayor de los aztecas, única, irrepetible, y que no se merece un clon descontextualizado. Por eso la mejor manera de atraer gente y recursos a Xochimilco es precisamente rescatando lo que esta área ha sido por siglos. Descontaminar el agua, limpiar y despejar canales, ejercer un más férreo control del uso de suelo, proteger y fomentar el cultivo en chinampas, regularizar o relocalizar los asentamientos irregulares, son medidas mucho más adecuadas y sustentables, que pueden devolver a Xochimilco la fisonomía que alguna vez tuvo y que le hizo mundialmente famoso. Los turistas pueden ser ingenuos, inocentes, pero no tontos. La construcción de réplicas históricas es la mejor manera de liquidar el atractivo de un lugar que de por sí es tremendamente interesante, y lo que pretende ser su tabla de salvación puede a la larga convertirse en un buen salvavidas de plomo.
La basura y el sector informal

“Otro tema prioritario a resolver en esta administración es el relativo a la basura. La estrategia será reducir los actuales volúmenes de basura y avanzar en su reciclamiento. Impulsaremos medidas en el sentido del ahorro que eviten el desperdicio.”
En lo que respecta a tratamiento de residuos sólidos, el segundo Informe de Gobierno de Marcelo Ebrard es exactamente igual al del año anterior, lo que no tiene nada de malo, especialmente considerando que los objetivos planteados avanzan en la dirección correcta. El único problema radica en que resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, que el Jefe de Gobierno del DF pueda decir que cumplió con su meta al cabo de los seis años de su mandato. Es que el sistema de recolección, tratamiento y depósito de residuos sólidos de la capital de México en muchos aspectos es digno de la más tercermundista de las ciudades, y su reemplazo o siquiera mejoramiento no se ve ni siquiera cercano.
En todo caso, sería injusto culpar a Ebrard por problemas de larguísima data que han generado un sistema aberrante para una urbe del tamaño y complejidad de la Ciudad de México. ¿Por qué aberrante? Básicamente por el alto grado de informalidad presente en todas las instancias del sistema, que no sólo lo hacen extremadamente frágil, sino que lo condenan a una ineficiencia crónica, propia de un estado de subdesarrollo que esta ciudad debió haber dejado hace rato.
Es cierto que en todos los países latinoamericanos es posible encontrar algún grado de informalidad relacionado con el mundo de la basura, pero ésta generalmente se desarrolla de manera paralela al sistema de recolección y depósito, quedando restringida al ámbito del reciclaje de todo aquello que no es reutilizado por los canales formalmente establecidos. En cambio, el sector informal mexicano opera como parte constituyente y fundamental de la recolección, tratamiento y depósito de los residuos. Tal como lo describió la investigadora argentina Verónica Paiva en un estudio comparativo sobre la presencia del sector informal en esta área, en el contexto latinoamericano México “exhibe la situación más llamativa no sólo por la cronicidad del fenómeno, sino por ser uno de los pocos casos en donde “el circuito formal e informal” funcionan conjuntamente, estando el sector informal absolutamente integrado a los mecanismos formales de recolección de desechos, de una manera no sólo “socialmente” aceptada, sino hasta fomentada por las necesidades del propio estado”¹. Dicho de otra manera, si el día de mañana desaparecieran los recolectores informales en Bogotá, Montevideo, Buenos Aires o Santiago, lo más probable es que desde el punto de vista ambiental no habría mayor problema, viéndose resentido exclusivamente el reciclaje de residuos. En cambio, en México el resultado sería devastador, derivando en una emergencia sanitaria de insospechadas dimensiones.
Clientelismo, Caciques y Basura
El contar con un sistema moderno y eficiente de recolección de basura curiosamente no pasa por la completa eliminación de la informalidad, como más de algún tecnócrata pudiera pensar, pero sí por su completa renovación y reformulación. Así lo han entendido algunas ciudades como Curitiba, Bogotá y Santiago, que de una u otra forma implementaron medidas tendientes a la regularización del sector informal, todas las cuales partieron por la dignificación de las personas que trabajan en esta condición y su consiguiente reconocimiento como verdaderos profesionales de la basura. Así han surgido iniciativas exitosas como la conformación de cooperativas de recolectores en Colombia y Brasil, la creación de puntos verdes para el acopio y selección de basura en Uruguay, o la creación de acuerdos público – privados en Santiago para el reciclaje de desechos a manos de microempresas formadas por recolectores (cartoneros) previamente capacitados. Todas estas iniciativas produjeron un significativo aumento en la calidad de vida de las personas dedicadas a este oficio, a la vez que en un incremento en la cantidad de desechos reciclados.
Sin embargo, resulta extremadamente difícil introducir este tipo de cambios en un contexto como el mexicano, en el cual la gigantesca red de actores que rodea el tema de la basura está estructurada en torno al clientelismo y a un complejo sistema de lealtades y caciquismos en el cual unos pocos logran grandes ganancias a costa de una gran multitud de personas que viven sumergidas en la basura en condiciones infrahumanas y con muy pocas perspectivas de surgir. Los grandes beneficiados por este sistema, muchas veces enquistados en los más altos niveles del poder político, difícilmente querrán dejar un sistema que a lo largo de los años les ha dejado enormes ganancias a costa de la calidad de vida de millones de habitantes que son prisioneros de un modelo en que la basura a veces es lo más limpio. Como señala Pamela Severini en su estudio La Gestión de la Basura en las Grandes Ciudades, “lo que es difícil de trasladar es la compleja trama de relaciones sociales, políticas y económicas informales que sobre esta situación (la basura) se ha enquistado”.²
Cambiar el actual escenario requiere no sólo de visiones técnicas, sino más que nada políticas, las cuales deben tener en consideración la importante variable social del problema. Desde ya, una buena manera de empezar sería entender que un sistema eficiente de recolección de basura no puede estar basado en la paga de propinas. Instaurar el cobro por el retiro de residuos, tal como sucede en todas las ciudades del mundo desarrollado, transforma la recolección en una obligación y no en un favor. Esto no significa en absoluto la desaparición de la fuente de trabajo para las miles de personas que hoy trabajan como barrenderos, burreros, pre pepenadores o pepenadores, sino más bien abre la posibilidad para su incorporación de lleno a un sistema en que su labor puede ser complementaria a los canales formales de recolección, tratamiento y depósito. Un sistema así, más transparente, ayuda además a debilitar el sistema de prebendas y mordidas hoy instalado en gran parte de las ciudades de México. Esto no significa en absoluto la necesidad de privatizar el sistema; el mundo está lleno de buenos ejemplos tanto públicos como privados, lo que hace falta es definir cuál es el más adecuado para cada lugar y situación.
Resulta imperativo implementar un sistema de tratamiento de residuos acorde con la realidad del siglo veintiuno, orientado al manejo integral de los desechos, más que a su simple recolección y acopio. Quienes hoy trabajan en la basura en condiciones de carencia absoluta no pueden ser marginados de este proceso. A fuerza de laborar durante años en condiciones extremas han acumulado un conocimiento que más que desechar hay que saber encauzar. La ciudadanía lo agradecerá.
¹Paiva, Verónica, Cooperativas de Recuperadores. Asociativismo, Redes Sociales y Producción de la Ciudad. Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, Buenos Aires, Argentina, 2004
²Citado por Gerardo Bernache Pérez, Cuando la Basura nos Alcance. El Impacto de la Degradación Ambiental. Publicaciones de la Casa Chata,, México D.F., 2006