La ciudad que no será

obras

Más que con grandes proyectos para la ciudad de México, hasta hace poco muchos se ilusionaban con la inauguración de los mismos, eventos en que no se escatimarían esfuerzos ni recursos para celebrar lo que prometía ser la entrada de lleno de la ciudad en el siglo veintiuno, aprovechando de paso que se celebraban doscientos años de independencia y cien años de revolución. Hoy las cosas han cambiado: en pocos meses el peso se devaluó en casi un cuarenta por ciento respecto al dólar, se congelaron los grandes créditos, y el panorama económico no se adivina en absoluto auspicioso para el 2009.

A pesar de que las autoridades de todos los sectores han señalado hasta el cansancio que la inversión no se detendrá, que la cartera de proyectos de obras públicas, vivienda, salud, educación y transporte sigue adelante, la realidad nos dice que a diario se cancelan o postergan importantes inversiones que meses atrás habían sido anunciadas con bombos y platillos.

Así, en pocas semanas la ciudadanía se ha dado por enterada que se declararon desiertas las licitaciones para la instalación de ocho mil cámaras de seguridad en el DF y de un tranvía que recorrería las calles del centro histórico al no presentarse oferentes para ninguna de las propuestas. En todo caso, era más que esperable que esto ocurriera, puesto que ambas iniciativas dependen mayoritariamente de insumos importados, súbitamente encarecidos por el alza explosiva del dólar en los últimos meses. Particularmente predecible era la situación del tranvía, donde el Gobierno del DF apostó a contar con uno de clase mundial, cuando a lo mejor bastaba un modelo menos ambicioso pero igualmente eficiente y atractivo, como el que transita en muchas ciudades europeas hoy en día. No se sabe muy bien qué va a pasar con estas iniciativas, como tampoco no se tiene certeza si se van a retomar proyectos a ejecutar con capitales privados como la Supervía Poniente, la Supervía del Norte y el corredor de Metrobús en el Eje 3, todos ellos pospuestos hasta que las condiciones financieras mejoren. La línea 12 del Metro parece que tampoco se salva de la debacle, y a sus publicitados problemas con los ejidatarios dueños de las tierras donde se emplaza su trazado, ahora debe agregar la incertidumbre financiera por el alza en los costos de su construcción e implementación, que hacen tremendamente difícil que sea inaugurada en la fecha prevista por la autoridad. Al parecer lo poco que se salvó de la guillotina presupuestaria fue la pista de hielo, los iglúes, el tobogán de nieve, el árbol de navidad y el par de renos de plástico que hoy toman sol en la plancha del Zócalo capitalino, claro que a este ritmo probablemente el próximo año ni siquiera los renos se aparezcan.

En el sector privado las noticias no son mucho más alentadoras. El endurecimiento del crédito hipotecario y la reticencia de las familias a endeudarse en este período han provocado un descenso en la actividad inmobiliaria en la ciudad. De hecho, se calcula que el 20 por ciento de los proyectos inmobiliarios programados para iniciar construcción en los primeros meses de 2009 se encuentran congelados en espera de mejores condiciones económicas.

Sobra decir que la principal consecuencia social de todo este fenómeno es el temido aumento en las tasas de desempleo, tremendamente sensibles a los vaivenes que experimenta el sector de la construcción. A ello hay que sumar la masiva llegada de migrantes desde Estados Unidos producto de la escasez de empleo y empeoramiento de las condiciones económicas en el país del norte, que sólo en el DF se estima llegará a las 30 mil personas. Dónde trabajarán ellos sigue siendo un gran misterio.

Un espacio para la reflexión

En resumidas cuentas, el panorama se ve oscuro en el futuro inmediato. Sin embargo, esto no condena a nuestras autoridades a la inacción durante los próximo años, sino más bien las obliga a realizar un profundo ejercicio de reasignación presupuestaria, priorizando aquellas inversiones que tienen alto impacto social y son intensivas en el uso de mano de obra. En este sentido, es de esperar que propuestas como los nuevos corredores de Metrobús y las ciclopistas, que producen un positivo e inmediato impacto en la movilidad de millones de ciudadanos, no se vean postergados en su ejecución por falta de crédito. Por otro lado, la desfavorable coyuntura económica puede ser vista también como una buena oportunidad para reevaluar proyectos tremendamente dudosos, como las supervías, que van contra la corriente de todo lo que dicta la planificación urbana contemporánea, fomentando el uso del automóvil en una ciudad donde la congestión es un incendio que se pretende apagar con gasolina. Los técnicos, asociaciones vecinales y ciudadanos comunes y corrientes que se oponen a esta manera de hacer ciudad deben ver en la crisis la posibilidad de plantear estrategias alternativas para la solución de los problemas de transporte y habitabilidad que afectan a la metrópoli, aprovechando que la falta de recursos ha dado una inesperada pausa que puede y debe ser tomada como un momento de reflexión sobre la ciudad que queremos para el futuro. Cuando la bonanza económica vuelva, cosa que tarde o temprano va a ocurrir, ya no existirán estos espacios para la meditación, que serán tragados por la vorágine de los segundos pisos, las supervías, los mega desarrollos inmobiliarios, y todas aquellas inversiones que querrán recuperar cuanto antes el tiempo perdido.

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