La intolerancia nuestra de cada día

Xenofobia

Copio textual una denuncia aparecida en ciudadanosenred.org.mx el pasado 14 de octubre:

“Me permito informarle que desde hace algunos días en la colonia Anahuac entre las calles de Laguna de San Cristóbal, Lago Xochimilco, Lago Chalco, Lago Chapala y Laguna de Términos entre otras, se ha observado la presencia de personas de aspecto extranjero (presumiblemente cubanos o colombianos, personas de color) entre esas áreas, así como en la zona de puestos de comida en las afueras de la Secundaria 96 e Internets de la zona, estas personas no se les ha observado delinquir, sin embargo causan extrañeza, sobre todo porque la colonia no se caracteriza por ser una colonia segura y antes no existía este tipo de personas, así como que a estas mismas se les ve en forma continua en fines de semana o en horas cuando no hay mucha vigilancia, la cantidad de individuos que se ha observado puede llegar a los cuarenta.”

Después de leer esto, no me queda más que recordar aquella máxima de Voltaire que señala que “no estoy de acuerdo con tus ideas, pero daría mi vida por tu derecho a defenderlas”. En este caso particular, debo reconocer que, al menos en el caso personal, el texto anteriormente citado ha puesto a prueba mi capacidad de defender la libertad de expresión, porque hace tiempo que no me tocaba leer palabras tan cargadas de intolerancia.

El o la denunciante, que mantuvo su nombre en el anonimato, se las arregló para en sólo 143 palabras componer una pequeña obra maestra de la discriminación, que llega a alturas insospechadas no tanto por lo que dice sino por lo que no señala de manera explícita, pero que sugiere de manera más que evidente.

Veamos. En primer lugar se trata de una denuncia, que tal como lo indica el diccionario de la Real Academia Española, se refiere al acto de dar a la autoridad judicial o administrativa parte o noticia de una actuación ilícita o de un suceso irregular. ¿Dónde se configura el ilícito acá? Que yo sepa, que se junte un grupo de 40 extranjeros en la vía pública no tiene nada de ilegal en este país; esto se ve a cada rato, particularmente en el centro, donde ejércitos de norteamericanos jubilados y tropas de japoneses armados con sus inseparables cámaras fotográficas deambulan en grupos tan numerosos como el de la Anahuac, y hasta el momento a nadie se le ha ocurrido estampar una denuncia por tamaña anomalía. Ahora bien, si revisamos minuciosamente el reporte del anónimo ciudadano, podemos leer que el grupo de marras está compuesto por cubanos o colombianos, nacionalidades que supongo serán claramente identificables de otros latinoamericanos y caribeños, como dominicanos, ecuatorianos o venezolanos, a quienes no se mete en este cuento pero que podrían aparecer a futuro. Sin embargo, lo más importante, y que convierte al grupo en algo extremadamente sospechoso, es la frase que sigue, “personas de color”, maravilloso giro idiomático para referirse a lo que yo siempre he entendido como un grupo de negros.

Lo interesante de todo el caso es que, tal como explícitamente señala nuestro anónimo denunciante, el grupo de marras aún no ha sido visto haciendo nada que pueda alterar el orden público, atentar contra las buenas costumbres, o impedir la paz de los vecinos de la Anahuac. No obstante, un grupo de negros – o personas de color si se quiere – en esas calles, aún en la más pasiva de las actitudes, siempre constituirá una anormalidad digna de alarma pública, aunque hasta el momento no hayan hecho absolutamente nada, pero es mejor prevenir que lamentar, así que vaya esta advertencia para mantener bajo estrecha vigilancia a tamaña amenaza social. En otras palabras, el mensaje es “no los conozco, no tengo idea quiénes son, no han hecho nada, pero no quiero verlos en mi barrio”.

Un poderoso tufillo a racismo

Interesante sería leer una denuncia acerca de una multitud de cuarenta personas, alemanes, finlandeses, o suecos, todos ellos de talla alta y blonda cabellera, cuya presencia ponga en entredicho la armonía de una colonia capitalina. Sobra decir que nadie los denunciaría, a menos que efectivamente protagonicen diarias bacanales, orgías y desórdenes que alteren el sueño de sus atribulados vecinos, que con justa razón querrían deshacerse de ellos cuanto antes. En el caso en comento este margen de duda sencillamente no existe, y se prefiere realizar la oportuna denuncia antes que se cometa el más mínimo delito.

La velada acusación, hecha sin mayor conocimiento de los imputados (¿cuesta mucho hablarles?), despide un penetrante aroma a racismo, mismo racismo que sufren millones de mexicanos al cruzar la frontera del norte, y que con justa razón indigna por estos lados. Los colombianos y cubanos referidos (suponiendo que el experto ojo de nuestro denunciante ha acertado con las nacionalidades) podrían argüir, estadística en mano, que en la actualidad sus países son más seguros que México, y que por lo tanto la posibilidad de que ellos sean delincuentes o infractores de la ley es más baja que la que podría existir en un grupo de similar número constituido por locales. En este sentido, y avalado por los números, un cubano o colombiano tendría todo el derecho del mundo a sentirse mucho más nervioso por la presencia de cuarenta mexicanos en las calles de La Habana o Bogotá.

Sin embargo, el problema afortunadamente no se trata de esto. El grupo de mexicanos en Cuba, Colombia o California sería igualmente inocente mientras no se demuestre lo contrario, y cualquier acusación en su contra basada en su nacionalidad, raza, religión, o incluso aspecto, no es más que pura discriminación, el más denigrante de los tratos que una persona puede recibir.

No se preocupen, que vienen más

Una mala noticia para todos aquellos que no gustan de ver caras diferentes en el vecindario: es muy probable que en los próximos años el número de extranjeros en las calles de la ciudad crezca de manera exponencial. El proceso de globalización, al cual México de momento no puede escapar, implica necesariamente la apertura de las fronteras, y con ello un incremento en las tasas de migración internacional.

Hoy en día, menos del 0.5% de la población de México nació en el extranjero, un número particularmente bajo no sólo en el mundo desarrollado, sino también en el ámbito latinoamericano. La llegada masiva de inmigrantes puede traer aparejada la aparición de conflictos sociales, nadie dijo que el proceso es fácil, pero bien manejada es capaz de transformarse en una saludable entrada de aire fresco que alimente con nuevos conocimientos y experiencias a los que ya existen en el país. Así, hoy día nadie podría dudar del tremendo aporte académico, cultural o empresarial que trajeron consigo miles de inmigrantes españoles, chilenos o argentinos que escapaban de las dictaduras que azotaban sus países, y que una vez llegados adoptaron a México como segunda patria (y muchas veces primera) para contribuir al engrandecimiento de la nación. Si ellos constituyeron un aporte, no veo razón alguna para que los nuevos llegados no lo sean.

La pregunta del mundo contemporáneo no es tanto cómo los inmigrantes se adaptan al país que los acoge, sino más bien cómo éste se acomoda a la llegada de personas que tienen el derecho de mantener su cultura y tradiciones, aún en suelo ajeno. Si es que cometen un delito, deben ser denunciados y juzgados cualquier otra persona, pero mientras no lo hagan merecen al menos el beneficio de la presunción de inocencia, un derecho humano fundamental que muchas veces olvidamos cuando enfrentamos lo desconocido. Es por ello que invito al lector de la Anahuac que hizo la denuncia citada al principio a que se arme de valor y se acerque y converse con las personas que son motivos de su sospecha. No me extrañaría que se lleve una agradable sorpresa.

1 Comentario en La intolerancia nuestra de cada día

  1. pues solo es la trayectoria de conciencia de la poblacion que ha marcado una diferencia en las ideologias de libertad y emprendimiento pues un pais casi nunca tiene libertad de pensamiento.

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