El microondas en la sala

Pista de hielo

No conozco la casa del Jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, pero no me extrañaría en absoluto que en ella tuviera un televisor, un microondas y una lavadora instalados en el living. Tampoco que cuando invita gente  a cenar, los comensales tengan que sortear una tabla de planchar, un fregadero y una secadora de ropa colocados estratégicamente al lado de la mesa del comedor. El problema del Jefe de Gobierno del DF seguramente no es la escasez de espacio, tal como le ocurre a millones de mexicanos que no tienen otra opción que poner sus pocos electrodomésticos donde mejor les quepan, sino la carencia total de gusto y sentido común. Y es que sólo una persona con un criterio así es capaz de ocupar durante más de 40 días la mitad de la superficie del Zócalo, la plaza más importante de México, con una pista de patinaje en hielo, un tobogán, un pino de de Coca Cola, un par de iglúes y dos renos de plástico, que se ven tan integrados al paisaje como un charro en Groenlandia. Sólo faltó un Yeti de fibra de vidrio, quien de seguro adornará la plancha capitalina el próximo año si el presupuesto así lo permite.

Que no se me malinterprete: creo que el Gobierno del DF tiene todo el derecho del mundo a brindar entretención a miles de personas cuyos escasos recursos les impiden de por vida conocer la experiencia de patinar en el hielo. Por otro lado, tampoco criticaría a Ebrard por derrochar las arcas del gobierno, pues en mi opinión hay cientos de partidas fiscales más discutibles que la mentada pista de hielo. Dar diversión gratuita a 14 mil personas diarias a lo largo de 40 días por un millón y medio de dólares no me parece en absoluto un despropósito en un país donde a diario se dilapidan recursos públicos de manera bastante más exagerada y sin tanta prensa.

En lo que sí estoy en absoluto desacuerdo es en la idea de ubicar toda esta parafernalia navideña precisamente en el Zócalo, un lugar llamado a ser el centro no sólo de la ciudad, sino también del país, y que como tal merece tener un aspecto acorde a su dignidad como espacio público. En este sentido, el Zócalo tiene todas las condiciones para constituirse en una de las plazas más bellas e imponentes del mundo, motivo de orgullo para la ciudad toda. Sin embargo, sucesivas administraciones insensibles al tema del espacio público y a la calidad que éste debe tener han convertido a este lugar en un páramo inhóspito al medio de la ciudad, un espacio donde los toldos plásticos conviven con los baños químicos, los escenarios improvisados, y las barreras metálicas que separan a la Asociación de Funcionarios Albinos de la Delegación de Xochimilco (AFUNALDEX), que megáfono en mano reclaman por la mejora de sus derechos laborales, del plantón que sostiene por semanas un grupo de ejidatarios que a estas alturas de la vida sólo esperan que alguien los reciba para tener una buena justificación para irse a sus casas.

Edificios majestuosos como la Catedral o el Palacio Nacional, que merecen un entorno que realce su dignidad, no tienen más que resignarse a ser el telón de fondo de los andamios y graderías, escenarios y mantas, árboles navideños y un par de renos colocados para el evento de ocasión. La buena noticia para ellos es que el proceso de deterioro de la plancha parece estar llegando a su fin, porque sencillamente es imposible imaginársela en una situación de mayor detrimento.

Baños quimicos

¿Por qué el Zócalo?

Alguien argumentará que elegir el Zócalo para estos eventos es una decisión de marcado carácter social, porque así se garantiza la accesibilidad de una gran cantidad de personas que no cuentan con automóvil particular. ¿Acaso no hay ningún otro lugar en la ciudad que cuente con una estación de metro cercana y que pueda albergar los 3,200 metros cuadrados de la pista de hielo, el tobogán, los iglúes y la pareja de renos de plástico? Es que a la gente le gusta allí, dirán otros. Seguramente les gusta porque hasta el momento nadie les ha ofrecido la posibilidad de gozar de una plaza decente, hermosa, que en sí misma sea una atracción. Si el Zócalo fuera un espacio bien diseñado, amable y atractivo, probablemente gran parte de la ciudadanía se opondría a la instalación de este tipo de actividades que impactan tan negativamente en la calidad del espacio público.

Quizás la mejor reflexión al respecto me la dio un profesor estadounidense de planificación urbana y que además es fanático de los deportes invernales, quien señaló que “la pista de hielo en el Zócalo es tan horrible como entretenida”. La entretención para los ciudadanos se puede mantener; es más, es bueno que así sea, y que cada año los habitantes de la capital tengan a su disposición más eventos en lugares públicos y de libre acceso, que eso le da vida a la metrópoli. Sin embargo, esto se puede hacer de una manera que no sólo no deteriore el espacio público, sino que además lo embellezca. El Zócalo merece un mejor tratamiento, merece la dignidad perdida. Es de esperar que pronto llegue la autoridad dotada de un verdadero sentido urbano que le devuelva a este espacio un aspecto acorde con su importancia y majestuosidad. No es tan difícil.

3 Comentarios en El microondas en la sala

  1. Pablo Delfín Fuentes // 12 enero 2009 en 8:51 pm // Responder

    Uno de los “hechos arquitectónicos” del Zócalo suceden durante la temporada estival, donde a la sombra del ancho mástil que sostiene una de las banderas más grandes que conozco, se alinean decenas de personas capeando el inclemente sol de junio. Ese tipo de sutilezas se contradicen con el relato de tu blog, en el que el mal gusto y sentido común desaparecen. Otro ejemplo, más propio de la cultura mexicana, es la celebración de la fiesta de los muertos en noviembre, donde se multiplican las instalaciones alusivas al tema, en el mismo espacio del Zócalo. Eso, sin duda, tiene más sentido que los iglúes que describes. Un abrazo Presidente!

    • Rodrigo Díaz // 14 enero 2009 en 2:32 pm // Responder

      Estimado Delfín,

      Tiene usted razón. El Zócalo (y el centro histórico en general) es un lugar entretenidísimo, que tiene todo para ser la mejor plaza del mundo. Por eso da tanta pena verlo lleno de baños químicos, carpas, vallas papales y renos de plástico, que de manera bastante grotesca opacan a los edificios circundantes y que desperdician un espacio vacío que cualquier ciudad se querría.

      Un abrazo

  2. Es que Ebrard es de lo más pueblerino (aunque parezca chico Totalmente Palacio). Las cosas que no suceden en la plaza del pueblo, no han sucedido.
    Existe un autodromo y hay grandes espacios (digamos la ex refineria) para consagrarse construyendo un Central Park mexicano (bien popular), pero esta muy mal asesorado.

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