Una calle para Rockdrigo

El panteón del rock está lleno de músicos que murieron víctimas de sobredosis (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix), accidentes aéreos (Otis Redding, Stevie Ray Vaughan, Buddy Holly), asesinatos (John Lennon, Marvin Gaye) o suicidios (Kurt Cobain, Nick Drake). Sin embargo, hay uno solo que falleció durante un temblor: Rodrigo González, más conocido como Rockdrigo.

Si bien cada una de las 35 mil o más muertes del terremoto del 19 de septiembre de 1985 representa una pérdida lamentable, la del autodenominado Profeta del Nopal lo es aún más, puesto que a sus 35 años se había convertido en uno de los más grandes exponentes de la música mexicana contemporánea (con todo respeto, para mí el más grande rockero nacido en este país).

El derrumbe del edificio de calle Bruselas número 8 de la colonia Juárez no sólo terminó con la vida de un músico y poeta excepcional, sino además con uno de los artistas más identificados con la ciudad de México. Aunque nació en Tamaulipas y sólo residió sus últimos ocho años de vida en el Distrito Federal, sus composiciones se encuentran íntimamente ligadas a una ciudad que penetró profundamente su creación. ¿Habrían alcanzado sus letras la misma altura si hubiera vivido en otro lugar? Probablemente no. Y es que si el día de mañana se hiciera la banda de sonido de la ciudad de México no podrían faltar canciones como Vieja Ciudad de Hierro, Perro en el Periférico, Las Aventuras en el DeFe o Estación del Metro Balderas (sólo faltaría Chilanga Banda de Jaime López y estaríamos completos).

¿Quién otro si no el padre del movimiento rupestre inmortalizaría en sus versos a una estación de del Metro? Los versos de Metro Balderas (alguna vez destrozados por El Tri) quedarán por siempre emparentados a un lugar intrínsecamente urbano, punto diario de paso y encuentro de miles de ciudadanos anónimos que probablemente alguna vez han fijado sus ojos en las palabras grabadas en plaquita que se encuentra en un rincón de dicha estación:

Hace cuatro años que a mi novia perdí

En estas muchedumbres que se forman aquí

La busqué en andenes y salas de espera

Pero ella se perdió en la estación de Balderas

Cuando pensamos en la ciudad usualmente viene a nuestra mente el trabajo de políticos, arquitectos, planificadores o ingenieros, pero rara vez el de los artistas, quienes son parte importante al momento de crear una cultura e imagen ciudadana (baste ver la entrañable relación que hay entre Nueva York y personajes tan disímiles como Woody Allen, Lou Reed o Andy Warhol). Rockdrigo González es chilango y urbano por donde se le mire, resultando casi imposible disociar su obra de la ciudad y la gente que la inspiraron.

México en general es un país generoso con sus artistas destacados, homenajeándolos cada vez que es posible. Sin embargo, con el Profeta del Nopal ha habido una grave omisión. Una edición un poco más decente de su desperdigada obra podría ser un buen comienzo para reparar la falta, que varios admiradores lo agradeceríamos infinitamente (¿es posible conseguir la grabación de su notable presentación en Flores de Asfalto, que está disponible en Youtube?) En este sentido, desde ya lanzo la idea de bautizar alguna calle de la ciudad (¿por qué no la misma calle Bruselas?) con el nombre de González, que un rápido repaso por la Guía Roji demuestra que no existe ninguna en la metrópoli bautizada así. No creo que Hidalgo, Morelos o Benito Juárez se enojen por no tener un callejón más que lleve su nombre. ¿Qué delegación se apunta primero? 

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