El vagón de los silenciosos

Tengo la sana y recomendable costumbre de leer en el Metro. Esto puede ser una actividad bastante agradable, a menos que se tome el tren a eso de las ocho y media de la mañana en una estación como Chabacano en dirección a Tacubaya, que ahí el placer se acaba rápidamente. Y es que no es nada fácil ni entretenido andar leyendo en una lata de sardinas que a esa hora es un verdadero sauna, donde la lucha por un mínimo espacio es deporte de todos los días para quienes tienen la osadía de subirse a estos contenedores humanos de color naranja. Ni mujeres hay para entretener la vista, porque a ellas se les reserva – por razones más que justificables – los tres primeros carros del tren.

Silencio

Sin embargo, con un poco de práctica se puede desarrollar la técnica para leer en tan desfavorables circunstancias. Es cosa de ganar unos 30 centímetros cuadrados, deslizar la mano derecha pegada al cuerpo, sujetar el libro con esa mano, abrir el libro con la nariz, y dejarlo bien pegado a los ojos, porque no hay mucho espacio como para alejarlo un poco. Esto funciona bastante bien hasta que por el rabillo del ojo uno atisba la presencia de un compañero de viaje que carga una mochila junto al pecho y sujeta un reproductor de Cds en una de sus manos. Uno no alcanza a pestañear cuando el personaje en cuestión ha apretado el play para ofrecer a todo volumen las mejores 180 canciones románticas de la historia, con temas de Julio Iglesias, Raphael, Emmanuel, Camilo Sesto, Chayanne, todo por diez pesos en formato emepetrés, una oferta irresistible que se prolonga por una o dos estaciones interminables, y que continúa con la llegada de un colega del vendedor, que como en la lucha libre entra chocándole los nudillos para inmediatamente accionar el play de su propio reproductor y ofrecer los grandes éxitos de Los Ángeles Negros, 22 canciones en formato normal, con títulos inolvidables como Y volveré – clic – Amor por ti – clic – Cómo quisiera decirte – clic – Déjenme que estoy llorando, y tantos otros, todo por diez pesos. Es uno tras otro, y cuando no hay algún representante de Tepito Records inundando de decibeles el atestado vagón es porque se ha subido un aprendiz de acordeonista, un vendedor de libros de auto ayuda, o un fakir que se arroja sobre vidrios molidos y que trata de hacerse escuchar mientras algunos pasajeros gritan por sus celulares una conversación cuyo contenido fue público desde que se escuchó el ringtone con la melodía de El Padrino.

En un entorno así, no es de extrañar que una vez abajo del tren me dé cuenta que de las últimas diez páginas que leí no entendí lo más mínimo. Es que concentrarse con todo ese bullicio alrededor es una tarea difícil hasta para un monje budista.

Un oasis de paz en medio de la ciudad

En la ciudad de Philadelphia se dieron cuenta que, al igual que yo, numerosos usuarios del transporte público apreciaban sobremanera el hecho de ir a sus lugares de trabajo u hogares sin ser invadidos por conversaciones ruidosas, celulares sonando o radios encendidas. Como al parecer este grupo comenzó a extenderse más y más, los funcionarios de la Autoridad de Transporte del Sudeste de Pennsylvania (SEPTA por su sigla en inglés) decidieron implementar un programa piloto en la línea R5 de trenes expresos, llamado Quiet Ride Car (carro de viaje silencioso). De lo que se trata es de algo tremendamente simple: reservar un vagón para todos aquellos que gustan de viajar en silencio. Las reglas para acceder y permanecer en él son básicas:

  • Los celulares deben mantenerse mudos o con vibrador, y sus dueños deben abstenerse en lo posible de hacer o contestar llamadas.
  • Aquellos que quieren escuchar música, deben hacerlo a un volumen bajo y siempre ocupando audífonos.
  • En caso de hablar con otros pasajeros, hacerlo en voz baja y por poco tiempo.
  • Estar relajado.

Interesante de señalar es el hecho que dentro del carro no hay guardias ni inspectores, porque son los mismos pasajeros los encargados de hacer cumplir la reglamentación.

Lo que a primera vista parece un monasterio sobre ruedas tuvo su viaje inaugural el pasado 12 de enero, y el éxito fue total, lo que hace presumir que su implementación se extenderá más allá de la fecha de término de la marcha blanca, programada para el 13 de marzo de este año. Si la evaluación es positiva, se prevé que todas las líneas de SEPTA cuenten con al menos un carro silencioso en sus recorridos, algo que ya han desarrollado con buenos resultados la Administración de Tránsito de Maryland y el Tren Expreso Altamont en California.

¿Podría hacerse algo así en el Metro de la ciudad de México? No es necesario que sea a toda hora y en todos los trenes, pero creo que somos muchos los que agradeceríamos contar con un espacio de silencio en medio de la vorágine urbana. Los beneficios saltan a la vista: siempre será bueno contar  con ciudadanos más relajados, que tienen la oportunidad de culturizarse, rezar, meditar o dormir mientras viajan. Por otro lado, pienso que serían muchos los que dejarían sus automóviles en el hogar si el sistema de transporte público de la capital les ofreciera un servicio de este tipo. Por último, el comercio ambulante tampoco se vería mayormente afectado, porque los potenciales ocupantes de este carro silencioso son precisamente aquellas personas que casi nunca les compran.

La idea no es tan descabellada, sólo hace falta la iniciativa para emprenderla.

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2 Comentarios en El vagón de los silenciosos

  1. Amigo, es dificil no estar de acuerdo contigo. ¿Dónde firmo para lo del vagón?
    La línea naranja del metro es la mas ruidosa, supongo que por la profundidad o algo parecido, pero por eso mismo, pocos venden y los pasajeros apenas hablan. ¿Lo has notado?

    • No tengo claro cuál será la línea más ruidosa, pero sí sé a ciencia cierta que las que más detesto son la 1, la 3 y la 9, donde el aire fresco es un bien en extremo escaso.

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