El preescolar de la conducta vial

“Si no hay paso no me paso”, “si la rampa no es para ti no te estaciones ahí”, “la neta camina por la banqueta” dicen algunos de los letreros amarillos que porta un grupo de jóvenes de playera verde limón que caminan entre los automóviles detenidos por la luz roja en la gris esquina de División del Norte e Hidalgo, delegación de Coyoacán (nótese la poética cromática que he desarrollado últimamente).

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La iniciativa, patrocinada por el Gobierno del DF, pretende crear conciencia entre peatones y automovilistas acerca del correcto comportamiento mientras se desplazan por la vía pública, empresa titánica dada la profunda ignorancia e indiferencia que manifiesta el capitalino hacia estos temas. Pretender que la actitud de la ciudadanía va a cambiar en 180 grados después de implementar una campaña de este tipo resultaría de una ingenuidad infinita, pero no cabe duda que acciones así van en el camino correcto para desarrollar una cultura vial a la altura del grado de desarrollo que ha alcanzado la civilización humana. Cuando lo que predomina en nuestras calles es la ley de la selva, no hace nada de mal volver a recordar a la población principios básicos de convivencia mientras se circula a pie o arriba de un vehículo, algo así como un masivo preescolar de la movilidad urbana. Si es cosa de salir a dar una vuelta y ver que la mayoría de los automovilistas y peatones de la capital no tienen la menor idea de lo que significan las rayas alguna vez pintadas de amarillo y que corren paralelas una al lado de la otra en los cruceros, o que el apoyarse con fuerza en el claxon no otorga ningún tipo de derecho para hacer caso omiso de una luz roja, o que las bajadas que lucen algunas esquinas para personas con discapacidad no tienen la más mínima utilidad si se bloquean con el automóvil.

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Borrando con el codo lo que se escribe con la mano

La esquina escogida por los amables jóvenes de verde es particularmente propicia para este tipo de iniciativas. Sin ser la peor del Distrito Federal, reúne en pocos metros una larga serie de deficiencias directamente atribuibles a la autoridad y que hacen que su iniciativa de educación vial sea candidata segura a pertenecer a la generosa lista de campañas muy bien intencionadas pero de poca o nula efectividad históricamente realizadas en la ciudad.

Es cosa de pararse un rato en el camellón para notar que uno de sus lados no tiene bajada para discapacitados, y que la llegada al otro está bloqueada no por uno, sino por cuatro distintos postes, lo que hace tremendamente difícil que una silla de ruedas transite por allí. Por otro lado, el paso de cebra es prácticamente invisible, no siendo raro que haya sido pintado por última vez en la época en que Uruchurtu fue regente del Distrito Federal. Difícil pedir a un automovilista que respete unas rayas que en la práctica no son más que una difusa mancha en el pavimento.

Si se quiere realmente cambiar la manera de vivir la calle en nuestra ciudad, no basta con implementar campañas educativas (muy útiles por cierto), sino que éstas deben ser acompañadas por un completo plan de rediseño, readecuación y mantenimiento del espacio vial. Está más que comprobado que un diseño urbano adecuado dotado de señalizaciones claras y espacios de circulación bien delimitados contribuye notoriamente no sólo a la disminución de accidentes de tránsito, sino también a hacer más fluida y agradable la movilidad de todos los ciudadanos.

Semáforos inteligentes para automovilistas y peatones, islas de protección en cruceros particularmente extensos o peligrosos, delimitación de zonas de velocidad reducida, despeje de postes y mobiliario que dificulten el desplazamiento, repintado de señalización en el pavimento, y rebaje de banquetas en las esquinas son algunas de las medidas que hay que tomar de manera urgente para que  esta ciudad sea realmente amable con aquellos que circulan en ella. La oportunidad está, ya que en un escenario de crisis económica en que las autoridades gubernamentales fomentan la ejecución de obras intensivas en mano de obra, bien podrían desarrollarse programas de mantenimiento y rediseño vial que no requieren de personal especializado y cuyos efectos positivos se sienten en el corto plazo.

La educación y fiscalización del comportamiento vial deben ser tarea de todos los días en la ciudad, pero constituyen esfuerzos vanos si no se dan en un marco general de fomento a las buenas prácticas en la calle, que incluye necesariamente el repensar el diseño del espacio público. Es de esperar que la próxima vez que veamos a los jóvenes de verde sea en una esquina donde sí se pueda practicar lo que ellos con tanto entusiasmo predican.

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