¿Por qué detestamos el Transantiago?

Llevo 5 días en Santiago, mi ciudad natal, que me recibió con su típico aspecto de febrero: calles semivacías y silenciosas, gente caminando a ritmo cansino, oficinistas trabajando a media máquina, y un ambiente de paz que contrasta con la neurosis del resto del año. Es que febrero es el mes favorito de los capitalinos para tomarse sus vacaciones, quedando la ciudad en un estado cercano a una agradable parálisis que sirve de preámbulo para la locura de marzo, el mes donde el año realmente comienza en Chile.

Sin embargo, no todos los febreros han sido iguales. Hace justo dos años la atmósfera que se respiraba en la capital chilena distaba mucho de la paz y la tranquilidad de hoy. En efecto, ese febrero de 2007 será recordado por millones de santiaguinos como uno de los peores meses de sus vidas, y todo por efecto de la desastrosa puesta en marcha en dicho mes del Transantiago, proyecto estrella de los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet que en su momento prometía dejar atrás décadas de mal servicio, incomodidad e inseguridad en el transporte público de la capital. El comienzo no pudo haber sido peor, y no había que ser experto para darse cuenta que el flamante proyecto hacía agua por todos lados: colas interminables en improvisados paraderos, buses atestados de gente, estaciones de metro colapsadas, escasez o inexistencia de buses en algunos recorridos, y confusión total por parte de los pasajeros anticipaban el caos generalizado que en efecto se apoderó de la ciudad en el mes de marzo, cuando lo que se vivió era más propio de un país al borde del colapso institucional y social, y no de una urbe que hasta entonces gustaba de mostrarse como ejemplo en otras latitudes.

Desde entonces mucho se ha escrito del Transantiago, proyecto que ha sido sometido a disección para su análisis no sólo por los especialistas, sino también por las personas comunes y corrientes, todas las cuales tienen una personal teoría para explicar los fallos de un sistema que ha sido pródigo en ellos. No es mi intención seguir ahondando el examen técnico, que ya lo hice brevemente hace un par de meses, pero sí me gustaría dar las personales impresiones de alguien que vuelve a su patria después de largo tiempo y que por lo tanto tiene una mirada más desprejuiciada para evaluar las mejoras o retrocesos de un sistema de transporte dos años después de su bullada implementación.

El problema es que no es tan malo

Durante estos días he visto y utilizado el Transantiago a distintas horas, y no hay que observar mucho para darse cuenta que sus progresos son evidentes. Las aglomeraciones en los paraderos han desaparecido, los buses siguen estando limpios y cómodos, las velocidades de recorrido se han incrementado, y el metro se ve mucho más descongestionado que hace dos años, cuando sus trenes se transformaron en latas de sardinas con ruedas. Ya van dos días hábiles de marzo, cuando comienzan las clases y la gente vuelve a trabajar, y el panorama dista bastante de la catástrofe que muchos han pregonado en todo este tiempo. Por supuesto que todavía quedan bastantes cosas que mejorar, particularmente el alto déficit financiero, dolor de cabeza para el gobierno, y que alcanza a más de un millón de dólares diarios en un país donde el autofinanciamiento del transporte público se había convertido prácticamente en un dogma, pero el balance general es positivo.

Sin embargo, y a pesar de los avances, la gran mayoría de la gente sigue teniendo una opinión negativa sobre el Transantiago. ¿Cómo se puede explicar esto? ¿Ingratitud? ¿Ceguera? ¿Expectativas demasiado altas? Al respecto, creo que hay al menos un par de respuestas para dilucidar el misterio.

En primer lugar, no hay que olvidar que el shock inicial fue tremendamente duro para miles de personas, que vieron cómo de la noche a la mañana sus tiempos de traslado se habían incrementado sustancialmente y en condiciones aun más incómodas que las anteriormente existentes. En muchos casos este padecimiento se prolongó por meses, razón por la cual resulta esperable que haya una predisposición en contra de un sistema que será siempre será encontrado deficiente, a pesar de todos los avances que pueda experimentar.¹ La autoridad no ha ayudado mucho a cambiar esta percepción, si hasta mi Presidenta alguna vez se dio el lujo de decir que Transantiago era una mala palabra, desafortunada frase que quedó metida en la cabeza de gran parte de la población y que es muy difícil de remover. La prensa ha puesto de lo suyo, enfatizando lo negativo (que es lo que vende) y silenciando los avances, que pocos creen o quieren ver.

La segunda razón radica en que los líderes de opinión son personas que en su inmensa mayoría no utilizan el transporte público, pero tienen fácil acceso a los medios de prensa para despotricar contra él. Después de todo, no hay nada más impopular o que dé menos votos que defender al Transantiago, y eso lo entendió muy bien la clase política desde un comienzo, destrozando a un sistema que lo que más requería era precisamente un apoyo transversal para salir adelante. Por eso, no es extraño que las encuestas de evaluación realizadas por el Ministerio de Transportes sean mucho más negativas cuando se considera a toda la población, incluidos aquellos que jamás se suben a un bus o al metro, que cuando se consulta solamente a los usuarios, que suelen ser más indulgentes con la calidad del servicio.    

El Transantiago ha demostrado una vez más que cuando se hacen cambios drásticos en el transporte público de una ciudad lo importante no es sólo brindar un servicio de calidad, sino que además la gente sea capaz de percibirlo. No se trata de lavar la cabeza o engañar a la población, sino de predisponerla a apreciar las ventajas de un sistema que de a poco ha mejorado. En un comienzo los gestores del Transantiago olvidaron este punto crucial, y va a tomar un gran tiempo revertir tan grave omisión. La parte comunicacional es fundamental en cualquier sistema de transportes, y olvidarla o minimizarla tiene costos altísimos, que superan con mucho lo que se hubiera gastado en campañas masivas y oportunas. Lección para el futuro que es de esperar no se olvide jamás.  

 


¹Haciendo un paralelo futbolístico, a mí me pasa lo mismo con los arqueros brasileros o los defensas mexicanos, a quienes por más que me lo demuestren siempre encontraré malos.

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