De mariachis, insomnios y consensos ciudadanos

“Te miré, estabas tan bonita………………….. tan sensual”. Siempre me ha gustado la melodía de Joan Sebastián popularizada por Vicente Fernández, que escuché miles de veces día y noche en los vagones del Metro la primera vez que vine a la ciudad de México. Sin embargo, mi romance con la canción se interrumpió bruscamente el domingo pasado, y no es porque estuviera mal interpretada o yo tuviera un problema auditivo. De hecho, los mariachis que tocaron ese día en mi calle no estaban nada mal, y gustoso los recomendaría para cualquier festejo. ¿Cuál era el problema entonces? Que la serenata comenzó a las 5.30 de la madrugada, hora en la que tengo por costumbre el estar dormido, especialmente si es fin de semana. Con el perdón de los lectores, debo decir que aunque afinados, hubiera dado cualquier cosa para que los músicos se metieran trompetas, violines y guitarrones por donde mejor les cupieran, que en mi modesta opinión esa es hora para estar en brazos de Morfeo y no para estar homenajeando al Charro de Huentitán en la calle.

insomnia

Sin embargo, grande fue mi sorpresa al constatar que al parecer yo fui el único en el barrio que se quejó del número artístico en cuestión. En efecto, al hablar con otros involuntarios oyentes del recital, éstos dijeron que efectivamente los había despertado, pero que no importaba mucho, que los mariachis habían sonado bonito, que a todos nos gustan las serenatas, que sólo cantaron tres canciones, que no hubo cuetes posteriores, y que por último todo el mundo tiene el sagrado derecho a hacer ruido de vez en cuando, que la vida es muy corta como para no celebrarla, y que de paso por qué no me traes unos mariachis para mi cumpleaños, que nada me gustaría más en el mundo.

Una escena así en mi país sería muy poco probable. Es cierto que allí también la gente organiza fiestas en sus casas que duran hasta altas horas de la madrugada y en las que se bebe, se come y se baila lo suyo, pero de ahí a llamar a un grupo de mariachis a las cinco y media de la mañana hay un trecho bastante largo. Aunque la música mexicana es tremendamente popular en Chile, creo que son contados con los dedos de la mano los casos de serenatas en el espacio público a esa hora, más que nada porque los señores músicos saben perfectamente que de darse una situación así, con suerte podrían entonar “te miré, estabas tan…” cuando su canto se vería interrumpido por las sirenas de las radiopatrullas cargadas de carabineros (la policía chilena) ávidos de escuchar “El Preso Número 9” en vivo en su cuartel. Estoy seguro que en una situación semejante ningún vecino se opondría a que la serenata continuara con los mariachis detrás de las rejas, porque si hay algo que tengo claro es que en Chile el derecho a dormir sin trompetas ni violines en los oídos  tiene un carácter que roza lo constitucional.

En México, y supongo que en el resto del mundo, este derecho también existe, pero se permiten algunas licencias, como la citada al principio de esta columna. Siempre y cuando no sea una conducta reiterada, en general el mexicano piensa que la gente tiene el derecho a parrandear en su casa de vez en cuando, y eso incluye música, cuetes y todo lo que a los juerguistas se les venga en mente para hacer la noche perpetua.

¿Hay un derecho superior al otro? En mi opinión no; ambos son respetables, y la existencia de uno no excluye necesariamente al otro. Lo importante es que suponen la presencia de acuerdos tácitos al interior de las comunidades que permiten la convivencia entre todos los vecinos sin tener que recurrir a las fuerzas del orden ni a rebuscadas leyes que regulen el horario y ocasión de mariachis, cuetes y similares. Estos acuerdos no escritos son los que hacen que finalmente seamos capaces de vivir en comunidad, algo esencial de lo urbano, y que las molestias o privaciones ocasionales puedan ser asumidas de buena manera, en el entendido que los derechos de cada uno terminan donde empiezan los del otro. Los barrios donde se puede disfrutar de una gran calidad de vida generalmente depositan la resolución de sus conflictos, grandes y pequeños, en la autorregulación, que tiene la gracia de ser tremendamente flexible y adaptarse a cada grupo o circunstancia.

¿Por qué no se produjo un conflicto mayor en mi barrio a raíz de la inesperada performance de los mariachis? Porque aunque no lo supiéramos, todos los habitantes del sector habíamos llegado a un acuerdo que permite pequeñas licencias ocasionales. Es cierto que la serenata me despertó, pero también es cierto que se trató de una celebración excepcional de vecinos que la mayor parte del tiempo me dejan dormir tranquilamente. Quizás a ellos les gustaría organizar fiestas de manera más seguida, pero probablemente tratan de reducir su frecuencia por respeto a los demás, lo que de paso les permite ganarse el derecho de salirse de los moldes establecidos de vez en cuando. A mí también me gustaría dormir plácidamente todos los días, pero prefiero ceder en parte este derecho para así poder tener la prerrogativa de poder hacer algún evento nocturno en mi casa de manera excepcional sin mayores remordimientos ni preocupaciones de ser interrumpido por la llegada de policías o vecinos airados.

Como apunte final, sólo me queda decir que el desvelo del pasado fin de semana no sólo me inspiró este artículo, sino que me permitió ver unos fantásticos goles centroamericanos que sólo se dan en ese horario en el cable, así que tan improductiva no fue la presentación de los mariachis. No hay mal que por bien no venga.

Ps. Vaya de regalo a Vicente Fernández cantando Estos Celos.

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