Es cosa de estatus

A Luis Flores Ballesteros y Carlos Mojica por la inspiración

¿Por qué aumenta el parque automotriz en nuestras ciudades si cada día es más lento desplazarse en ellas a causa de la congestión? O visto de otra manera, ¿por qué la gente no ocupa más el transporte público o modos tan tradicionales como la caminata o la bicicleta si ellos son más económicos y muchas veces más rápidos que el automóvil particular? Al respecto, las respuestas que dan los automovilistas son generalmente las mismas en todas partes del mundo:

a) El transporte público es incómodo e inseguro, mientras en el automóvil particular uno de partida tiene asiento asegurado, amén de otras ventajas como poder cantar con la música que a uno le gusta puesta a todo volumen o hurguetearse la nariz y jugar un rato con lo extraído sin tener de testigos involuntarios a los demás pasajeros (suponiendo que uno viaja solo en su auto).

b) El automóvil particular da más libertad de desplazamiento, no teniendo que depender de frecuencias o recorridos que a uno lo dejan lejos de la puerta de destino.

c) Andar en bicicleta puede ser una elección en extremo peligrosa en ciudades no expresamente habilitadas para este medio y donde los conductores no tienen mayor deferencia hacia quien se desplaza pedaleando por las calles.

d) A pesar de la congestión, el automóvil sigue siendo la manera más rápida de llegar a la mayoría de los destinos en la ciudad.

e) La caminata y la bicicleta pueden resultar cansadoras, y no es ninguna gracia llegar sudado al lugar de trabajo o estudio. Además, ambas actividades pueden ser particularmente desagradables durante los días de lluvia, nieve o granizo.

f) Finalmente, porque poseer y ocupar un automóvil es un derecho humano universal que por lo demás no es gratis, así que los que quieran limitar ese derecho se pueden ir al carajo por un rato.

Todas estas razones son plenamente válidas y atendibles, y basta una sola de ellas para preferir el automóvil para movilizarse en la ciudad. Sin embargo, en nuestros países hay un motivo pocas veces nombrado y que sin embargo explica por qué el transporte público, la bicicleta o el caminar no son más populares en nuestra sociedad, y es que ninguno de estos medios otorga algo que el automóvil sí puede dar: estatus.

Que no se note pobreza

Un muy buen amigo me señalaba que las razones por la cual la bicicleta jamás iba a ser popular en la ciudad de México no eran tanto las largas distancias o el peligro inherente de pedalear en un espacio que jamás fue pensado para las dos ruedas, sino el hecho que para gran parte de la población la bicicleta estaba intrínsecamente relacionada a ser pobre. En otras palabras, el que es ciclista en la ciudad o es loco, o esnob, o no tiene un peso en los bolsillos, y a la mayoría de la gente no le gusta ser asociada con estas categorías. Lo mismo corre para quien se mueve en metro, trolebuses o peseros, medios que constituyen un absoluto misterio para los sectores más acomodados de nuestra sociedad y que no se subirán jamás a ellos, por más que les aseguren aire acondicionado y asientos de cuero de reno.

Si analizamos los bienes que una persona o familia común y corriente puede poseer a lo largo de su vida, nos daremos cuenta que el automóvil es probablemente el segundo más caro después de la vivienda, siendo por lo tanto tremendamente valorado. Por ello es que su utilidad va mucho más allá de la de proveer un medio de transporte más cómodo, convirtiéndose en los hechos en un símbolo de ascenso social, algo tremendamente importante en aquellos sectores acostumbrados a la escasez material. Y es que por más que hayamos dejado atrás el tiempo de las carretas, quien llega por primera vez a su barrio manejando el auto propio se sigue sintiendo el rey del universo, el centro de las miradas, el hijo pródigo que sabe que por fin podrá dejar los oscuros días del pesero y el metro, donde se es uno más dentro de una multitud y en los cuales se anda no como una opción, sino como una condena.

Esto puede parecer una soberana estupidez a quien proviene de una familia motorizada por varias generaciones, para quien el automóvil puede estar al mismo nivel de un televisor, una lavadora o una mesa de pingpong, artefactos que nos pueden hacer la vida más grata pero que en ningún momento nos diferenciarán de nuestros vecinos. Pero a nivel medio y popular la cosa cambia, porque el automóvil es para unos pocos elegidos, que apenas se sientan detrás de un volante inmediatamente se sitúan un peldaño por encima de sus pares. ¿Comportamiento irracional? En absoluto. Mal que mal, todos nosotros, cual más cual menos, asignamos a los objetos que nos rodean un valor que va mucho más allá de su mera funcionalidad. Si algunos creen que tener auto propio los hace avanzar en la escala social, otros opinan lo mismo cuando empiezan a jugar golf, cenan en restaurantes exclusivos, o cuelgan cuadros que no les gustan de artistas que no conocen pero que se llevan. Yo mismo probablemente me sentiría mucho mejor si vistiera trajes a la medida de Ermenegildo Zegna en vez de las camisas Carlo Palazzi dos en el precio de una que ocupo a falta de una billetera más generosa.

La única diferencia es que ni el golf, ni los restaurantes caros ni los trajes Ermenegildo Zegna causan las externalidades que sí originan los automóviles. Es decir, el gustito de subir en el escalafón social a través de un coche tiene un costo bastante elevado traducido en mayor congestión, ruido y contaminación que pagan todos los ciudadanos, y no sólo quien con esfuerzo y sacrificio lo compró. Es por ello que las políticas restrictivas hacia el uso del automóvil como la tarificación vial, la restricción vehicular o el impuesto a la gasolina encuentran sus más férreos opositores no en las clases más acomodadas, sino en los sectores medios, aquellos para los cuales la posesión de un coche simboliza el esfuerzo de toda una vida, y que consideran injusto que vengan unos iluminados a decirle que debe volver a su estado anterior y que el humo, la estrechez y calor de los peseros lo esperan con los brazos abiertos porque todavía no está en condiciones de alcanzar el umbral mágico de la posesión vehicular.

Sí, suena injusto, y muy probablemente lo sea, pero más injusto me parece que una inmensa mayoría, la que no tiene automóvil, tenga que sufrir las consecuencias de las aspiraciones de ascenso social de algunos. Es una lástima, pero andar en coche hoy día no tiene el mismo valor que ayer, y si se quiere gozar de este privilegio me parece lógico que se pague por el real perjuicio que esta opción causa en el resto de la ciudadanía, aunque esto postergue aún más la legítima aspiración de destacarse de los demás a través de lo material, actitud tan irracional como humana.

Imagen: 4speed's photostream, vía Flickr

Imagen: 4speed's photostream, vía Flickr

1 Comentario en Es cosa de estatus

  1. Si Maslow hubiera escrito su Jerarquía de necesidades en el México contemporáneo, la palabra “auto” estaría en el cuarto escaño sustituyendo otras como “respeto”, “autorreconocimiento”, “confianza”, “éxito”. Y esto es lo que alimenta el mercado en un contexto donde tener un auto es un medio restitutivo ante pocas opciones (socialmente consensuadas) para no sentirse marginado. Un bonito estudio sería analizar ventas de autos por estrato socioeconómico, no me sorprendería que el grueso del mercado (sin importar marcas y tipos) se haya movido a lo largo del tiempo hacia los estratos socioeconómicos bajos, los cuales serán los que soporten la industria en el mediano y largo plazo.

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