Uno que no apagó la luz

Lamento defraudar a más de algún lector, pero debo ser honesto y decir que la noche del pasado sábado, y mientras no pocos apagaban sus luces en adhesión a la llamada Hora del Planeta, yo me encontraba disfrutando de la lectura del entretenidísimo y atractivo Citámbulos de la Ciudad de México, libro que aprovecho de recomendar en estas líneas. No, no me sumé al llamado a estar a oscuras durante una hora para hacer un llamado de atención sobre la importancia de frenar la emisión de gases que provocan el efecto invernadero, y no, no me arrepiento mucho de mi actitud.

Imagen: Gabyu, vía Flickr

Imagen: Gabyu, vía Flickr

Eso no quiere decir que yo no haya colaborado al movimiento; es más, mi cuota la pagué con creces, aunque de manera involuntaria, durante el día viernes, cuando el suministro eléctrico estuvo suspendido por 17 horas en mi barrio, gentileza de los amigos de Luz y Fuerza, los mismos que han convertido a mis vecinos en resignados promotores del ahorro energético al vivir en calles donde la oscuridad es lo que se lleva.

En todo caso, y suponiendo que el servicio eléctrico en la ciudad fuera de primer nivel, igual habría hecho caso omiso del llamado a apagar la luz por una hora hecho por las más importantes fuerzas vivas no sólo de la nación, sino del planeta. La razón es muy simple: jamás he creído en la utilidad de iniciativas tan políticamente correctas como el día sin fumar, el día sin contaminar o el día sin auto, que más que crear conciencia sobre los problemas que aquejan a nuestra sociedad lo que hacen es una suerte de absolución de pecados colectiva que nos permite seguir con nuestras malas costumbres sin mayor sentimiento de culpa. En este sentido, concuerdo plenamente con lo señalado por el tan necesario como incorrecto ecologista escéptico Bjorn Lomborg en un artículo en El Mundo, donde señaló que “desgraciadamente, esta iniciativa es un gesto puramente simbólico que infunde la errónea impresión de que hay fórmulas fáciles e instantáneas para resolver el cambio climático. Aun en el supuesto de que en este sábado 1,000 millones de personas apagaran las luces, toda la operación supondría en su conjunto el equivalente a la suspensión de las emisiones de gases de efecto invernadero de China durante sólo seis segundos”.

Si mucha gente acogió el llamado organizado por el World Wildlife Fund es en gran medida porque no nos pedía cambios drásticos en nuestras políticas nacionales y actitudes personales, que tener la luz apagada durante una hora lo hace cualquiera sin adquirir ningún tipo de compromiso posterior. Tal como indica Lomborg, “la campaña no pide a nadie que haga algo que le cueste más, como prescindir de calefacción, el aire acondicionado, los teléfonos, internet o la comida caliente”. Poco sacrificio para una causa que se supone es demasiado importante.

Los incentivos perversos nuevamente

Mi hermana Anita vive sola en un pequeño departamento de una recámara en Santiago. A pesar de no poseer ni un artefacto altamente gastador de electricidad como un microondas, horno eléctrico o lavadora, su cuenta mensual de luz es en promedio 6.5 veces superior a la de quien escribe, que vive junto a otra persona en una casa de tres recámaras que está equipada con todos los artefactos altamente gastadores anteriormente descritos. No sé si producir energía eléctrica sea más caro en Chile que en México, pero dudo que de ser así la diferencia sea de más de 6 veces. La razón para explicar tamaña diferencia se encuentra en el altísimo subsidio que tiene la electricidad en este país y en esta ciudad en particular, el cual es agradecido infinitamente por mi bolsillo pero que tiene efectos ambientales que sólo pueden ser calificadas como nefastos. En efecto, si mi hermana deja olvidada una luz encendida, las consecuencias de ese descuido las paga a fin de mes, cosa que no ocurre conmigo, que no tengo el más mínimo incentivo para adoptar una conducta ambientalmente responsable, porque el castigo que tengo por mis potenciales descuidos o derroches es mínimo. En otras palabras, el comportamiento de mi hermana probablemente sea más sustentable no porque tenga mayor conciencia ambiental, sino porque está obligada a ocupar la energía eléctrica de una manera eficiente si es que no quiere que bajo su puerta se deslice una cuenta de proporciones bíblicas cada mes.

Esto me recuerda la historia de alguna ciudad fronteriza, que puede haber sido Tijuana, Ciudad Juárez u otra por el estilo, donde es muy común que la gente cruce hacia Estados Unidos para comprar equipos de aire acondicionado usados, muy baratos pero altamente contaminantes y gastadores. En su momento la compañía eléctrica de la zona desarrolló una iniciativa tendiente a cambiar los equipos usados por unos nuevos, en el entendido que estos últimos consumían mucho menos y que con la diferencia ahorrada los usuarios podrían pagar el recambio, cuyas mensualidades se cobraban en la misma cuenta de la luz. La idea no funcionó no porque no fuera buena, sino porque el subsidio al suministro eléctrico existente era tan elevado que el cambio a equipos de aire acondicionado no tenía mayor incidencia en las cuentas, razón por la cual no resultaba en absoluto un buen negocio cambiarlos. Y es que si no existen los incentivos adecuados, resulta muy difícil, por no decir imposible, pedir a las personas que cambien sus actitudes, porque después de todo la gran mayoría de la población tiene prioridades más importantes que salvar al planeta para gastar su dinero.

Soluciones tangenciales a problemas urgentes

Leo que el Gobierno del Distrito Federal se autofelicita por el éxito de la jornada del sábado. Así, según sus propios cálculos un 3% de la iluminación de la capital se apagó entre las 20.30 y las 21.30, cosa que se supone es para celebrar, aunque representa menos del 0.5% del gasto total en iluminación durante una noche en la capital, lo que en mi modesta opinión es una también muy modesta contribución a disminuir el calentamiento global. Sin embargo, la Secretaría del Medio Ambiente del DF no opina lo mismo que yo y anuncia que ya está analizando implementar la Hora del Planeta una vez a la semana, para lo cual ya se encuentra en conversaciones con los amigos de Luz y Fuerza del Centro para evitar problemas de suministro que se sumen a los que esta compañía genera continuamente sin ayuda de nadie y sin tanta publicidad. La mala noticia es que el impacto de una medida así es cercano a cero.

El día que la autoridad se decida a tomar medidas en serio – que generalmente implican hacer más de un sacrificio – para frenar el calentamiento global y el gasto excesivo de energía podrá contar con todo mi entusiasta y humilde respaldo. Desde ya, y si de mí dependiera, partiría haciendo una reestructuración total del sistema tarifario, en el cual la población pague el costo real de lo que consume y se subsidie el suministro sólo a aquellos que efectivamente necesitan de la ayuda estatal. Estoy seguro que los consumos bajarían de manera bastante rápida, sin necesidad de recurrir a los bombos y platillos de los apagones mediáticos, que poco ayudan a la salud del planeta. Por mientras, me mantengo al margen de la campaña, que a decir verdad nadie me va a echar mucho de menos.

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¿Se puede esperar algo más de Luz y Fuerza?

1 Comentario en Uno que no apagó la luz

  1. La ciudad fronteriza a la que haces referencia es Mexicali, BC., ciudad que agoniza con temperaturas de 40 °C a la sombra en verano.

    El programa de sustitución de aires acondicionados ya también incluirá refrigeradores y se aplicará a todo el país.

    (http://eleconomista.com.mx/notas-online/negocios/2009/03/26/fch-pone-marcha-cambia-tu-viejo-nuevo)

    Virgilio
    http://www.economiacapital.com

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