Cuando la gente dejó de saludarse en la Ciudad de México

El pobre Ulises Mendivil, jugador del montón como pocos, no pudo haber elegido un peor día para anotar el primer hat trick (tres goles en un partido) de su carrera. Verlo correr loco de alegría hacia las tribunas vacías del estadio Hidalgo de Pachuca para festejar con hinchas imaginarios su tercera conquista contra el Cruz Azul, una soberbia tijera al ángulo izquierdo, no hizo más que poner en evidencia la tristeza que siempre supondrá jugar sin testigos que celebren una hazaña así. Es como hacer un gol de chilena desde la mitad de la cancha en la soledad del estadio de Palestino.

laprensa

Y es que las cosas cambiaron radicalmente el jueves pasado aquí en México, cuando se hizo oficial el secreto a voces de la epidemia de influenza porcina que afecta a gran parte de la zona centro del país, y que en el momento en que escribo estas líneas ya ha cobrado la vida de 152 personas, 25 de ellas en el Distrito Federal. Cuesta describir con palabras lo que es vivir en el que hoy en día es el epicentro de la noticia internacional, una ciudad que de la noche a la mañana se llenó de habitantes temerosos, paranoicos, desconfiados de quien camina al lado en la calle o comparte esa lata de sardinas que es el Metro en la mañana. México, un país donde la gente saluda y se despide de todo el mundo en toda ocasión, vio reemplazados los besos y apretones de manos por distantes subidas y bajadas de barbilla o movimientos de manos que de a poco se están haciendo pequeñas de tanto ir a lavarlas, verdadera obsesión de una población que en cosa de horas agotó mascarillas de dudosa utilidad en las farmacias, donde también acabó con todos los antigripales disponibles, incluida la vitamina C, una población que hasta hace una semana se apuraba en decir ¡salud! cuando alguien estornudaba y que hoy sale escapando cuando alguien tiene la mala ocurrencia de hacer esto, una población que durante todo el día no hace más que hablar de bichos, mutaciones, y de la diferencia que hay entre brote, epidemia y pandemia, una población que ha abarrotado los hospitales con enfermos reales e imaginarios al borde de la histeria y que está dispuesta a esperar durante horas en las consultas médicas ubicadas a un costado de las farmacias del inefable Doctor Simi, donde por veinticinco pesos se emiten diagnósticos express que bien pueden significar la diferencia entre la gloria y el infierno para los pacientes de turno.

Si tuviera que definir en una palabra el ambiente en la ciudad de México diría enrarecido. Los rumores están a la orden del día en un país donde constituyen una poderosa arma civil contra la escasa credibilidad que poseen las autoridades gubernamentales. Así, las teorías conspirativas de los primeros días que hablaban de un caso artificialmente creado por el gobierno para desviar la atención de los graves problemas que azotan el territorio (narcotráfico, violencia y corrupción entre otros) mutaron a otro tipo de teorías totalmente opuestas, esta vez para señalar que la cifra de muertos es muchísimo mayor que la oficialmente informada, que se está minimizando la catástrofe, y que de paso se está retomando la vieja tradición de los gobiernos priístas de distorsionar las cifras luctuosas, tal como sucedió en la matanza de Tlatelolco en 1968 y en el terremoto de 1985, hechos cuya real magnitud aún permanece bajo el más profundo manto de dudas. ¿A quién creer en esta hora en la que uno recibe decenas de mensajes por correo señalando cada uno su verdad única e indiscutible acerca de los orígenes, gravedad, secretos y consecuencias de la epidemia? ¿Cuánto tiempo más estarán cerradas las escuelas y universidades, los cines, las salas de teatro, las academias de yoga, restaurantes, iglesias y estadios? Se supone que el 6 de mayo se reinician las clases, pero no hay nada que indique que para esa fecha el virus va a haber abandonado la ciudad, más aún cuando uno ve en el diario dominical que el Gobierno del Distrito Federal, al igual que en las películas de vaqueros, ha ofrecido una recompensa de dos millones de pesos mexicanos a la primera persona o institución que aparezca en sus oficinas con una vacuna efectiva contra el virus, como si John Wayne pudiera aparecer con la pastillita milagrosa en un par de horas. Al parecer habrá que armarse de paciencia nomás, que la cosa no es tan sencilla como aparentaba en un principio.

No hay mal que por bien no venga

La epidemia de influenza porcina consiguió el milagro de hacer que los gobiernos Federal, del Distrito Federal y del Estado de México se sentaran a conversar y tomaran medidas urgentes ante la situación sin hacer mezquinos cálculos políticos, algo que no se ve en ningún otro ámbito del acontecer nacional. Es que todavía está fresco el recuerdo del terremoto de 1985, cuando la ineficiencia e indolencia de un gobierno que rechazó la ayuda internacional minimizando la tragedia y sobreestimando su capacidad de reacción ocasionó la muerte de miles de personas y la aparición de todo un movimiento ciudadano que suplió espontáneamente la ineptitud de sus autoridades. Hoy nadie quiere repetir la experiencia de verse expuesto a la reprobación y castigo ciudadanos, y por eso no se han escatimado esfuerzos para enfrentar la emergencia. Sin embargo, los reales desafíos van mucho más allá de contener la diseminación de un virus; parte importante del reto que enfrentan las autoridades federales y capitalinas es jugar con esa arma de doble filo que es concientizar sobre los riesgos existentes sin llevar al pánico a una población que está – comprensiblemente por lo demás – en un estado de total paranoia y que anda viendo bichos mortales por todas partes. Por otro lado, no va a ser nada fácil recuperar la economía de una ciudad y un país ya seriamente tocados por la crisis económica generada en el país del norte del cual dependen en gran medida las finanzas mexicanas. Todavía no se sabe el monto exacto de las pérdidas económicas producto de la crisis sanitaria, pero es un hecho que serán millonarias. Sólo baste  pensar en los miles de vuelos cancelados en los últimos días y en el impacto que tendrán en el turismo, una actividad que genera el 8 por ciento del producto interno bruto de México. Si a eso sumamos las pérdidas que sufrirán los restaurantes, cines, teatros y todos aquellos lugares que reciben altas concentraciones de público podemos empezar a comprender que los reales impactos de la influenza porcina irán mucho más allá de los relacionados con la salud pública.

Palabras al cierre

No son pocos los que creen que el terremoto del 85 no fue más que un ensayo general de la gran catástrofe que espera a la ciudad de México, un lugar que tiene todas las condiciones dadas para esto. La actual epidemia no pudo haber caído en peor momento (a decir verdad nunca caen en buen momento), cuando la ciudad y el país enfrentan la peor ola de violencia registrada en muchos años, y que este año ya ha registrado más de 2 mil muertes vinculadas al narcotráfico. Como para pedir una pausa, por favor.   

1 Comentario en Cuando la gente dejó de saludarse en la Ciudad de México

  1. Una de las medidas que dejaría sería justamente que los partidos fueran a puerta cerrada, a ver si así dejan de verlos tanta gente, jejej.

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