De las probabilidades de morir en un accidente de tránsito

Uno de los datos que más llaman la atención de The Endless City, compendio de las conferencias Urban Age organizadas en distintas ciudades del mundo por la London School of Economics y la sociedad Alfred Herrhausen del Deutsche Bank, es aquel referido a la cantidad de muertos en accidentes de tránsito, donde la ciudad de México ocupa cómodamente el triste primer lugar de entre 12 urbes de todo el mundo, tanto del desarrollado como del otro. En efecto, la larga barra en el gráfico que acompaña el nombre de la capital mexicana indica que cada año 29 de cada 100 mil de sus habitantes ve el fin de sus días con los sesos esparcidos en el pavimento, incrustados entre los fierros retorcidos de un pesero, o aplastados bajo un tráiler. ¿Parece poco? Bueno, es más del doble de la media nacional (13.8 fatalidades por cada 100 mil habitantes), y muy superior a la tasa que exhiben otras ciudades latinoamericanas con las que suena justo compararse, como Sao Paulo (14.0), Río de Janeiro (13.9), Lima (13.0), Bogotá (12.1) y Buenos Aires (3.6). Ni hablar de mirar a ciudades como Berlín o Londres, que muestran tasas de 2.0 y 1.1 muertes por cada 100 mil habitantes.

Muertes en accidentes de tránsito por cada 100,000 habitantes. Fuente: The Endless City

Muertes en accidentes de tránsito por cada 100,000 habitantes. Fuente: The Endless City

¿Cómo se explica tan poco feliz situación? No hay que tener un doctorado en urbanismo o transportes para darse cuenta de algunas causas, que ellas saltan a la vista del más ignorante de los observadores. En primer lugar, resulta obvio decir que el chilango es un pésimo conductor, alguien que no solamente desconoce los más mínimos códigos de conducta vial, sino que además se enorgullece de este desconocimiento, como si fuera una gracia andar a más de 100 kilómetros por hora en el Periférico (cuando se puede), pasarse sistemáticamente de largo las luces rojas o tomar los pasos de cebra como un adorno en el pavimento. La escasa cultura vial capitalina y su distorsionado código de valores que admira la imprudencia, la prepotencia al volante, el decir apártense que aquí vengo yo, hace ver al que respeta las leyes y conduce responsablemente como un imbécil acreedor de todo tipo de improperios y recriminaciones, que aquí la calle es para el que sabe apropiarse de ella. Por supuesto que gran parte de esta conducta no es casual, y está moldeada en importante medida por un espacio vial pésimamente diseñado y que es un caldo de cultivo espectacular para la aparición de malos conductores. Cruces planeados por un demente, semáforos mal sincronizados o que lisa y llanamente no funcionan, señalización confusa o invisible y una trama en que se combinan grandes sectores de congestión con anchas vías urbanas de alta velocidad dan origen a un conductor que pretende solucionar todas las carencias y problemas del espacio vial por si mismo, nefasta y generalizada actitud que a la larga repercute en su propia seguridad, la de los otros automovilistas, y sobre todo la de los peatones, obligados a transitar en un espacio que no puede ser más hostil y peligroso. Si a eso sumamos a una policía que por sólo doscientos pesos deja de hacer respetar el imperio de la ley en las calles no nos debe extrañar tanto la astronómica cifra consignada por The Endless City, que en los fríos hechos se traduce en la estúpida muerte de más de 7 personas al día en accidentes de tránsito sólo en el DF.

La verdadera plaga

A decir verdad, cualquier visitante que llegue al Distrito Federal no debiera preocuparse tanto por la influenza humana ex porcina, que el verdadero riesgo no está en la gente que estornuda, sino en aquella que anda detrás de un volante. Las crudas estadísticas demuestran que en esta ciudad es mucho más probable salir en la portada del Universal Gráfico con la cabeza hecha pedazos en el pavimento que detrás de una mascarilla. Sin embargo, hasta el momento no se ve ninguna acción decidida de nuestras autoridades por detener un mal que es perfectamente evitable. Si se actuó con responsabilidad en el caso de la influenza, tomando acciones drásticas, costosas e impopulares que al parecer sí lograron su objetivo de detener el avance de la epidemia, no veo por qué no se puede proceder con la misma energía y decisión para erradicar el peligro en nuestras calles, sobre todo cuando las medidas a tomar son mundialmente conocidas. ¿Cuánta gente más debe morir para darnos cuenta de la magnitud del problema? ¿Qué tipo de accidente es necesario para que las autoridades y la población entera tomen conciencia de lo peligroso que es transitar acá? Siempre he creído que si durante un día los líderes de opinión de la ciudad dejaran sus automóviles en casa y se desplazaran a sus respectivos trabajos a pie o en transporte público (a aun mejor en silla de ruedas) el problema de la seguridad de tránsito se solucionaría en gran parte en unos pocos días. Y es que sólo caminando la ciudad es posible advertir que en ella la verdadera inseguridad no es la de los asaltos y los secuestros, sino la que se vive en cada cruce de calles, una experiencia hoy reservada para los pobres, los idiotas y los valientes. 

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