Elogio al ambulantaje

Dice el profesor Geetam Tiwari (la traducción es mía):

“Las autoridades parecen hacer caso omiso del positivo impacto de los vendedores ambulantes en la vida social de una ciudad. La disponibilidad de opciones de trabajo en la calle provee una positiva salida para el empleo y oportunidades para ganarse la vida de manera honesta a un importante sector de la población, que puede ser pobre pero que ha desarrollado altas capacidades empresariales. Su presencia mantiene las calles relativamente libres de la delincuencia y seguras para mujeres, niños y ancianos. Las ciudades que poseen una gran cantidad de vendedores ambulantes parecen ser mucho más seguras que aquellas que no los tienen.”

Imagen: Rodrigo Díaz

Imagen: Rodrigo Díaz

Lo interesante del caso es que el profesor Tiwari hizo estas afirmaciones inspirado en la mismísima ciudad de México, donde estuvo el año 2006 en el marco de la conferencia Urban Age, y cuya intervención quedó plasmada en el magnífico documento The Endless City, el cual mencioné un par de artículos atrás. De acuerdo a sus palabras, lo que habría experimentado la capital mexicana en los últimos años sería un sostenido avance en materias de seguridad ciudadana gracias a la desinteresada y no reconocida labor de miles de vendedores ambulantes mucho más eficientes que un batallón de bien entrenados policías, y que por lo tanto el clima de inseguridad que actualmente se vive en estos lados se solucionaría en gran medida con la ocupación de más banquetas en este tipo de actividades. ¿Qué tan perdido anda el profesor Tiwari? Tengo la impresión que bastante, que si no lo convence un viajecito a Tepito o La Merced puede agarrar cualquier informe estadístico para darse cuenta que aquellas ciudades que carecen de ambulantaje en las calles son por lo general las más seguras.

Es bueno decir que aunque educado en Estados Unidos, más específicamente en la Universidad de Illinois en Chicago donde obtuvo su doctorado, el profesor Tiwari nació y trabaja actualmente en India, donde las calles urbanas son mil veces más caóticas y sembradas de ambulantes que en México, así que no se le puede reprochar un desconocimiento vivencial del fenómeno del comercio informal. Se podrá argumentar que la seguridad en las ciudades indias es mucho mayor que en México y que de esa positiva experiencia extrapolaría a otras latitudes su visión algo optimista del mercado callejero. Puede ser. Sin embargo, creo que sus palabras se entienden mejor una vez que se comprende que fueron formuladas desde el ámbito estrictamente académico, un mundo donde es más común de lo que uno creería el escuchar opiniones bastante más favorables hacia la informalidad que en el resto de la sociedad, especialmente si las aulas universitarias se encuentran en algún país desarrollado. Allí es tremendamente habitual escuchar elogios a la pobreza y sus manifestaciones espaciales y económicas por parte de destacados catedráticos, personas que ponen blancos de emoción sus ojos cuando ven una calle tomada por carpas multicolores, que se emocionan con el equilibrio poético de las casas de cartón y plástico aferrándose de las barrancas, y que no escatiman adjetivos de admiración ante los elementos significantes y significativos del lavado de parabrisas en las esquinas. Durante mis estudios en Estados Unidos no fueron pocas las veces que me sorprendí con el entusiasmo con que varios académicos norteamericanos hablaban de los procesos de informalidad nacidos en Latinoamérica, como si fuera un don vivir en la más absoluta miseria urbana. Y es que si bien es cierto que la cápsula universitaria otorga el necesario distanciamiento para poder observar y analizar la realidad como si de un laboratorio se tratara, no es menos cierto que este enclaustramiento no pocas veces provoca imágenes distorsionadas del mundo exterior, que al ser reducido a un mero objeto de estudio pierde la complejidad de lo inenarrable que es su vivencia diaria.

¿Existe un justo equilibrio para nuestras percepciones de la ciudad? Probablemente no, porque quien vive el espacio urbano a diario también distorsiona sus propias realidades, las exagera o minimiza sin mayor lógica que la de la subjetiva vivencia cotidiana.  

No estoy en absoluto de acuerdo con lo aseverado por Geetam Tiwari, pero la lectura de su artículo no fue de modo alguno una pérdida de tiempo, que siempre es bueno conocer opiniones que desafían pensamientos y convicciones que damos por asumidos sin darles mayor vuelta. Mal que mal, y aunque de ninguna manera la idealizo, nunca olvido que en la informalidad se encuentran situaciones y espacios altamente valiosos y rescatables, que bien recogidos pueden conducir a las más maravillosas ciudades de este mundo (siempre me acuerdo de Valparaíso cuando digo esto). Y es que la urbe planificada hasta el último detalle puede funcionar extremadamente bien, pero difícilmente tendrá la sorpresa y vitalidad de aquella que deja el apropiado espacio para la espontaneidad del mundo informal. ¿Cómo lograr este justo equilibrio? Difícil dar una receta, salvo aquella que dice que quienes hacen la ciudad jamás deben enclaustrarse en la comodidad de sus oficinas, que la calle siempre tendrá algo nuevo y diferente que entregar y aprovechar. 

3 Comentarios en Elogio al ambulantaje

  1. Me llamó la atención la foto con los techos rojos de plástico. Es que conozco perfectamente esos espacios ambulantes.
    Pues si, para los catedráticos en los Estados Unidos, la pobreza que se encuentra en nuestros países latinoamericanos es algo muy superficial, como en los cuentos y películas de Hollywood.
    Hablando específicamente de Nueva York, se encuentran varios de estos puestos ambulantes en diferentes áreas. Envuelven las calles con sus multicolores y diversos productos. Pero la gran diferencia es que no están asentados debido a la pobreza, sino a la gran exigencia consumista de la gente.
    Sea como fuere, viéndolo por el lado positivo, pienso que estos puestos aportan a la diversidad arquitectónica. Espacios siempre cambiantes y en movimiento creando una especie de metamorfosis en las ciudades.
    Saludos desde Nueva York

  2. Supongo que el autor del artículo comprueba sus afirmaciones en el mismo. Yo concuerdo parcialmente con el caballero, mis razones:

    El ambulantaje es una forma de quitar presión a grupos que se han quedado sin empleo o que sus gastos no se “acompletan” evitando con esto su conversión en asaltantes, es decir, ayuda a la seguridad. Sin embargo hay una diferencia entre el ambulantaje regulado y el no regulado. En el no regulado (basicamente el que se ejerce en México) se pueden cometer delitos, como venta de piratería, cosas robadas, etc. por lo que de entrada anula la tesis.

    Sin embargo, con todo y que el barrio de Tepito es un nido de ratas, donde se cometen los peores delitos, los comerciantes del tianguis protegen a los compradores de ser víctimas de un asalto.

  3. Encuentro mucho encanto en la espontaneidad de los tianguis, por ejemplo, que diversifican la imagen urbana y ofrecen oportunidades laborales a una buena parte de la población, pero no comparto ese mismo aprecio por el ambulantaje que se localiza en paraderos y salidas de metro, en donde genera un laberinto donde es fácil perderse, y que de noche es la peor opción para transitar.

    Considero que en la mayoría de los casos el ambulantaje distorsiona la ciudad y nuestra percepción de ella, y concuerdo en que sin una política adecuada que regule ésta práctica, la toma de calles y espacios públicos por estos personajes urbanos no es en ningún caso algo plausible.

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