Se abre la temporada de los arquitectos electorales

A Marcelo Reyes y Juano Sánchez

El fenómeno se repite religiosamente cada cuatro años en mi país. Las mentes que estuvieron en reposo durante 48 meses súbitamente sufren un ataque de hiperactividad y se activan para desparramar una diarrea de ideas y proyectos que en el fuero íntimo de sus entusiastas autores están condenadas a marcar un antes y un después en la historia de la vivienda y las ciudades en Chile. Y es que las campañas presidenciales ofrecen una oportunidad maravillosa a los pensadores de turno para desempolvar viejas propuestas y ofrecerlas de manera casi desinteresada al candidato de su preferencia, quien de seguro no seguirá los pasos de sus antecesores y sí tomará en cuenta las ideas que Mengano ha cavilado durante tanto tiempo ante la mirada indiferente de las autoridades que por fin ya emprenden la retirada.

Antes las cosas eran harto más simples, puesto que sólo era necesario juntar a tantos iluminados como partidos tenía la coalición de turno para que ellos se sentaran alrededor de una mesa abastecida de café, galletitas y ceniceros y desde allí se pusieran de acuerdo en unas pocas horas acerca de los destinos de la vivienda y el urbanismo durante el próximo gobierno. Hay que decir que los beneficios del sistema no eran pocos: rápido, fluido, simple y económico, que poner de acuerdo a tres o cuatro personas en torno a unas cuantas ideas sin mucha profundidad nunca ha sido una tarea titánica, que por último los detalles o el cómo se implementarán las propuestas – si es que esto se hace – se vería en su momento. En el camino se arregla la carga era el lema, y por muchos años funcionó más o menos bien, que mal que mal en el período de campaña la misión es básicamente ganar votos, así que una buena dosis de vaguedad en las propuestas no constituía en absoluto un pecado mayor.

El problema es que los tiempos han cambiado, y los dulces días de los programas discutidos entre cuatro paredes, café y galletitas han quedado atrás, al menos en las formas, porque el votante contemporáneo cada vez está menos dispuesto a aceptar de buenas a primeras que unos pocos piensen por muchos. Aunque parezca un disparate, al ciudadano de hoy le gusta saber que los programas que van a regir los destinos de su patria fueron cocinados en masa, aunque él mismo no se haya movido de su escritorio ni aportado el más mínimo de los pensamientos.

Cuando fui arquitecto de Michelle Bachelet

Quien escribe se aprovechó de los nuevos vientos y hace cuatro años participó activamente en la comisión programática de vivienda y ciudad de la entonces candidata Michelle Bachelet, hoy presidenta de mi país (la comisión después se dividió en dos o tres subcomisiones y éstas a su vez en otras tantas sub-subcomisiones, no tanto por necesidad programática sino para dejar tranquilos a todos aquellos prohombres que tenían la necesidad de dirigir algo, por irrelevante que fuera). Fue una gran cosa para alguien que no ostentaba ningún tipo de cargo, que no tenía militancia en partido alguno, y cuyos méritos personales y profesionales eran todo un misterio para la gran mayoría de la humanidad (a veces siento como que el tiempo no pasara).

Habrá que ser sinceros y decir que este notable ejercicio de participación ciudadana no estuvo exento de numerosas dificultades, relacionadas básicamente con la dirección de un grupo donde todos sus integrantes se creían tremendamente inteligentes, donde todos aprovechaban de lanzar apenas pudieran algún término de difícil comprensión para la gran mayoría (cityness, gentrification, smart growth), o de comentar el último proyecto que vieron en Barcelona, que al parecer lo importante en las primeras reuniones no era tanto aportar ideas como el marcar territorio, hacer que los demás pensaran que el que estaba al frente era una eminencia que ha bajado del Olimpo a compartir sus conocimientos y experiencias con mortales que no han leído los libros que él ha leído, que no manejan las palabras que él maneja y que no han ido a Barcelona la cantidad de veces que él ha ido. Estos personajes (que afortunadamente suelen abandonar los grupos de reflexión después de la segunda cita) se confunden con los de idea fija (un solo proyecto en mente), los que dicen que hay que hacer todo de nuevo, los que creen que las cosas se solucionan a punta de nuevas leyes, y los infaltables servidores públicos que no hacen más que apelar a cambios institucionales, como si esto atrajera algún voto.

Cuesta trabajar así, y por eso no resulta raro que los primeros documentos en salir a la luz hayan sido unos verdaderos Frankestein escritos por decenas de manos distintas que quisieron meter su avisito personal apelando comúnmente a un lenguaje pretendidamente intelectual en el cual sin embargo las faltas de ortografía no eran poco frecuentes. La experiencia demostró que lo más difícil fue hacer entender a este grupo variopinto que el mandato era tan simple como elaborar un esbozo de programa con no más de tres ideas fuerza y unos pocos proyectos potentes que las apoyaran, todo esto en un lenguaje cuya comprensión fuera asunto fácil para un niño de 12 años.

Por eso no extrañó que después de entregar un mamotreto de varias páginas fruto de meses de labor, los integrantes del comité creativo presidencial – periodistas y publicistas – lo dejaran convertido en un souvenir de programa, algo así como una página pequeña con letras grandes y hartas fotos donde se podían leer ideas tan profundas como “más y mejores viviendas para los chilenos” o “las casas serán más grandes en el futuro”, el tipo de cosas que uno puede escribir en un par de horas sin salir del baño ni tener que recurrir a infinitas y agobiantes sesiones ciudadanas. En otras palabras, al final se impuso el viejo estilo, pero vestido con ropajes de participación, tal como quería la señora candidata.

¿Tiempo perdido? Eso fue lo que pensé cuando leí el breve panfleto en que derivó nuestro trabajado programa, que el trabajo no había sido poco para que lo que finalmente saliera al aire fuera un par de frases que cualquiera pudo haber dicho. Sin embargo, el tiempo demostró que el esfuerzo no fue en vano, y que muchas de las ideas discutidas en cada una de las sub-subcomisiones fueron finalmente materializadas apenas asumió el gobierno de la doctora Bachelet. En lo personal, quedé con la satisfacción que la propuesta que más defendí, la creación de un programa de recuperación de barrios en deterioro, haya sido señalada como una de las 36 medidas que el nuevo gobierno implementaría en sus primeros días de gestión. Esa propuesta, que hoy es el programa Quiero mi Barrio, ha demostrado ser sustentable en el tiempo, convirtiéndose en unos de los principales logros que en materia de vivienda y ciudad el gobierno de la señora Bachelet puede ofrecer.

Hoy me encuentro lejos de la patria, y las ganas de volver a participar en las comisiones programáticas son grandes, no tanto porque me interese participar en el futuro gobierno (no tengo la más remota idea de cuándo voy a volver a Chile), sino porque es una manera de mantenerme atado a mi país, algo que siempre necesito. No es lo mismo participar vía internet, me pierdo todos los debates y resulta infinitamente más difícil estar a tono con lo que se está discutiendo, pero sin embargo haré el esfuerzo por participar, que no siempre las puertas están abiertas para influir, aunque sea de manera mínima, en el futuro de mi país, algo que en lo personal siempre será impagable.

4 Comentarios on Se abre la temporada de los arquitectos electorales

  1. Siempre es bueno conocer la verdad desde dentro y curiosamente es igualita a como siempre me la imagine. Esas poco fructíferas reuniones de “demasiada gente” con un gran ego personal. Parecido al grupo de ¡80 personas! reunidas para mejorar la situacion educacional de mi país. Patético.

    • Rodrigo Díaz // 7 julio 2009 en 9:20 pm // Responder

      Y sin embargo no me arrepiento de haber participado. La participación ciudadana no es una panacea, y siempre tendrá varios puntos en contra (lenta, tediosa, compleja, cara), pero sigue siendo preferible al arreglín entre cuatro paredes. Mal que mal, más de alguna idea interesante salió de las sub-subcomisiones, que dicho sea de paso muchas veces sirven para atraer gente talentosa al aparato público.

  2. Rodrigo, en la comisión en la que participaste me imagino que era multidisciplinar, pero que disciplinas la componian. Pregunto esto ya que es más fecuente de lo que uno quisiera de que ponen a un abogado por ejemplo en el Ministerio de Vivienda y Urbanismo.

    • Rodrigo Díaz // 8 julio 2009 en 1:53 pm // Responder

      La comisión era de lo más variopinto, puesto que cualquiera, literalmente cualquiera, podía participar. Los más abundantes éramos arquitectos, pero también se contaban ingenieros, sociólogos, geógrafos, economistas, antropólogos, y sí, también abogados. Ahora bien, hay que ser claros y decir que si bien es cierto la invitación a participar fue completamente abierta, en la práctica se discriminó a la gente de regiones, a quienes se les hizo imposible o poco atractivo participar en una iniciativa así, problema que supongo va a ir desapareciendo conforme se utilice más el recurso tecnológico.
      Es bueno puntualizar que se produjo un fenómeno bien interesante: los académicos, quienes eran los que llevaban el pandero en las primeras reuniones, poco a poco cedieron su lugar a los empleados públicos, mucho menos brillantes pero con mayor capacidad de aguante y de aterrizar propuestas. No sé cómo será la cosa ahora.
      Insisto, el sistema está muy lejos de ser perfecto, pero en modo alguno constituyó una pérdida de tiempo. Creo que algo de eso han aprendido los equipos de los Océanos Azules de Frei, que han tratado de ser inclusivos y más ejecutivos al mismo tiempo. En la otra vereda tengo entendido que Piñera ha preferido ser más selectivo en su grupo Tantauco llamado personas a dedo, algunas de ellas de reconocidos méritos (Pablo Allard, Felipe Errázuriz) y otras no tanto. En todas partes se cuecen habas.

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