Mingitorio urbano (qué buen lugar para tirar un cadáver)

Por más que esté prohibido, por más que pesen las penas del infierno sobre los infractores, por más que sea extendidamente mal visto, por más que sea un acto poco recomendable de fomentar a las futuras generaciones, todavía no conozco la ciudad donde no se encuentre gente que derrame sus orines en la vía pública. Y es que a pesar de la creciente cobertura de alcantarillado urbano a nivel mundial, todavía son millones los que se rehúsan sistemáticamente a ocupar los medios que el sector formal ofrece para vaciar sus vejigas y en cambio prefieren la gratuidad, variedad y vastedad que proporciona el espacio público.

Prohibido orinar

Es cierto, muchos de los practicantes de esta disciplina son personas que trabajan o viven en la calle y que tienen difícil acceso a un baño hecho y derecho. También existen los ocasionales, aquéllos que ejercitan esta actividad muy de tarde en tarde y sólo en caso de emergencia, cuando todas las puertas se cierran y no queda otra que buscar un arbolito retirado, correr hacia él, hacer un sprint urinario, salir con cara de aquí no ha pasado nada y olvidarse rápidamente del tema.

Sin embargo, también existe la clase de meones urbanos por vocación y convicción, personas que encuentran un cierto placer en aquella pasajera subversión que supone el expulsar los orines en la vía pública, un pequeño acto de libertad corporal que el avance metropolitano transformó en actividad indecorosa condenada a desarrollarse bajo la alfombra de nuestras ciudades. Las motivaciones de estos apologistas urbano-urinarios son variadas, y van desde el placer de sentir el viento acariciar sus caras mientras se lleva a cabo el acto de marras hasta el gusto de experimentar el frío estremecimiento de la adrenalina descargada en este tipo de ocasiones. El orinador callejero profesional es todo lo contrario a un exhibicionista, al que dicho sea de paso detesta profundamente por lo tosco y grosero de sus actos, que lo del primero requiere de mucha más habilidad y delicadeza (hablo de los exponentes de categoría), estando emparentado de alguna manera con el arte de los prestidigitadores, aquéllos que engañan la vista con ágiles y rápidos movimientos de dedos y manos que de manera inadvertida bajan, sacan, utilizan y guardan el único instrumento necesario para realizar toda esta operación sin que la más entrenada de las vistas pueda advertirlo. Los más diestros generalmente lanzan una mirada despreocupada al horizonte, como quien chequeara el estado del tiempo para saber si vale la pena salir con paragua a la calle. Otros consultan la hora en su reloj, buscan en el bolsillo de su camisa una cajetilla de cigarros o, en un acto de gran arrojo, extienden La Tercera ante su concentrada vista, todas actitudes destinadas a elevar unos cuantos centímetros la posible mirada curiosa de los transeúntes que pasan por ahí.

¿A qué va todo este recuento tan poco edificante que a más de algún lector algo pudoroso puede resultar poco grato en extremo? Pues resulta que algunos paseos periféricos me han hecho ver que la actividad de la orina pública ha encontrado un fiel aliado en los grandes desarrolladores inmobiliarios, quienes últimamente han hecho todos sus esfuerzos por proveer kilómetros y kilómetros de lugares destinados a baño informal donde ni siquiera es necesario desplegar una técnica muy desarrollada para escapar de las miradas ocasionales, porque éstas sencillamente no existen. Y es que la fiebre por vivir en una comunidad cerrada en las afueras de la metrópoli, souvenir de ciudad amurallada protegida por una barrera y un guardia de cara somnolienta que controla quién entra y quién sale del pequeño reino ha regalado sin querer queriendo estupendos espacios para la fiesta del orín público. Así, las calles exteriores que tienen como única fachada los fondos de sitio de las viviendas brindan maravillosas extensiones de muros contra los cuales es posible vaciar líquidos internos con toda  la tranquilidad que da el saber que ni una dama verá el espectáculo al abrir su ventana, simplemente porque no hay ni una ventana que dé a calles que por lo demás son muy escasas en transeúntes, que todo quien circula por allí lo hace a bordo de un automóvil a una velocidad que hace muy difícil percatarse en detalle de los actos realizados por personas que ahora tienen todo el tiempo del mundo para hacer lo que quieran con sus orines, y así uno dibuja una firma de Walt Disney temporal en la pared, mientras el de más allá traza su propio tag de orines, graffiti efímero pero que es el fiel reflejo de una manera de entender la ciudad que claramente deja bastante que desear.

Calles sin alma ni cuerpo, sin los ojos de las ventanas ni las bocas de las puertas, calles desoladas que constituyen el contexto ideal para un rayado, para un mini basural o para arrojar un cadáver, que nadie lo sabrá, que nadie se dará cuenta, que la falta de miras y pereza de la autoridad local mezclada con la mezquindad del señor desarrollador se han encargado de construir una no ciudad para no ciudadanos, donde el compartir, el conocer al otro ha pasado a ser una costumbre de otros tiempos, cuando las calles eran para los peatones, cuando las casas miraban a ellas, y cuando para orinar en la vía pública había que hacer al menos un esfuerzo para ubicar el lugar adecuado, esfuerzo que en muchas partes ya no es necesario, que al parecer como compensación por no poder entrar a las nuevas ciudadelas al menos nos dejan mearlas por fuera.

Estupendo mingitorio urbano en Mexicali, BC. Imagen: Rodrigo Díaz

Estupendo mingitorio urbano en Mexicali, BC. Imagen: Rodrigo Díaz

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