Hasta los ratones se están yendo

Si antes se necesitaban siglos o décadas para dar a un lugar el apelativo de ciudad o pueblo fantasma, hoy un par de años parecen ser más que suficientes. Basta dar una vuelta por la extensa periferia de Mexicali o Ciudad Juárez para descubrir decenas de barrios desiertos que tienen escaso pasado, pobre presente y nulo futuro, vastas áreas donde como callampas aparecen los esqueletos de viviendas ofrecidas pocos meses atrás como la materialización del sueño suburbano y que hoy día no son más que espectros donde sólo habita el viento y el polvo, que  ni siquiera a los vagabundos les apetece estar allí por mucho tiempo.

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Vivienda abandonada en Mexicali, BC. Imagen: Rodrigo Díaz

Se podrá decir que el fenómeno de las viviendas abandonadas es producto de la crisis económica que afectó fuertemente a las ciudades mexicanas fronterizas y que ha provocado la masiva desaparición de fuentes de empleo. Puede ser, pero la explicación no me convence del todo, especialmente porque he visto el mismo paisaje en zonas como Tlajomulco e Ixtlahuacán, localizadas en la periferia de Guadalajara y a más de mil kilómetros de la frontera con Estados Unidos, y porque es sabido que el problema se presenta, con mayor o menor intensidad, en el resto de la república mexicana. ¿Entonces?

No he hecho ningún estudio en profundidad al respecto, pero la observación personal me ha revelado al menos tres características comunes que comparten todos los conjuntos con presencia masiva de vivienda abandonada que me ha tocado visitar. En primer lugar, se trata de desarrollos localizados en la periferia de la periferia de sus ciudades, lugares alejados de los centros de trabajo, sin acceso a medios de transporte público eficientes, y carentes de equipamiento de calidad. En segundo término, son conjuntos tremendamente homogéneos, destinados de manera íntegra a vivienda económica, que al no dar cabida a sectores de mayores ingresos se transforman en lo que en cualquier parte del mundo se llamaría un gueto. Por último, creo que no es coincidencia que la mayor parte de las viviendas abandonadas se encuentren precisamente frente a sectores destinados en el papel a áreas verdes y equipamiento que jamás se materializaron y que quedaron convertidos en basurales o sitios oscuros que hacen más que recomendable el abandonar sus inmediaciones. Mal que mal, no hay mejor incentivo para dejar un lugar que el encontrarse viviendo en medio de la soledad, y por eso es común que las viviendas abandonadas generalmente se encuentren en grupos, porque basta que un morador no soporte más vivir en un mal llamado barrio para que de inmediato comience a rodar una bola de nieve que resulta tremendamente difícil de detener. Después de todo, ¿se puede retener  en un lugar a alguien que un día descubre que se encuentra solo en su calle, que ve que en las ruinas que lo rodean ya ni siquiera quedan los ratones, y que se da cuenta que su alguna vez amada vivienda se deprecia cada día más y que en determinado momento empieza a valer menos de lo que se debe?

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Vivienda abandonada en Ciudad Juárez, CHIH. Imagen: Rodrigo Díaz

¿Qué tan grave es el problema? Cálculos conservadores hablan de 35 mil viviendas abandonadas en todo México, pero otras estimaciones elevan bastante más la magnitud del problema, un verdadero drama urbano nunca antes visto en estos lados, porque  nadie tiene la menor idea qué se va a hacer con todas esas construcciones fantasmas que ni los más necesitados tienen interés en habitar. Lo que sí está claro es que si se quiere evitar el uso del bulldozer deberán invertirse varios millones en las áreas en deterioro, no sólo para reparar las vandalizadas viviendas, sino también para remediar las carencias que condujeron a la rápida decadencia. En otras palabras, a la larga se habrá invertido una cantidad de dinero muchísimo mayor a la que se hubiera gastado si los nuevos desarrollos hubieran contado con el equipamiento, servicios y medios de transporte público adecuados desde un principio. Se podrá decir que esto no es necesario, que el tiempo todo lo cura, y que otros barrios que comenzaron de manera mucho más precaria hace unos treinta años hoy día lucen tremendamente consolidados, pero resulta que esos barrios informales sí contaban con una característica de la cual los nuevos desarrollos carecen del todo: algo parecido a una buena ubicación, elemento tremendamente atractivo a la hora de retener gente.

El problema es de suma gravedad como para no darle la importancia que merece. Cada día que pasa en las actuales condiciones se hace más difícil revertir la tendencia. ¿Qué va a suceder con esas miles de hectáreas urbanas en el futuro? No tengo la menor idea, pero sí estoy seguro que ni siquiera va a haber turistas dispuestos a pagar por sacarse fotos en medio de sus ruinas.

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Vivienda abandonada en Tlajomulco, JAL. Imagen: Rodrigo Díaz

2 Comentarios en Hasta los ratones se están yendo

  1. De acuerdo contigo. Hay que atacar las causas que llevaron a ese abandono y no sólo reparar las casas para después volver a venderlas. Mi opinión es que el municipio o estado debería considerar la opción de usarlas para crear parques o espacios públicos, o poner escuelas o centros de salud.

    • Rodrigo Díaz // 5 marzo 2012 en 11:13 am // Responder

      Estimada Gabriela,

      La solución que propones efectivamente puede ser muy útil en algunos de los desarrollos, aquellos donde las carencias no son tan graves y la conexión al tejido urbano es posible. Sin embargo, hay otros en que los problemas son de fondo. Aislamiento, falta de conectividad y falta de servicios esenciales hacen que a veces la mejor receta sea la completa demolición.

      Saludos

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