Donde ayer sólo había vacas pastando

Imagen: Livia Corona, Two Million Homes for Mexico

Copio una nota aparecida en La Jornada el 4 de enero del presente año:

“El ayuntamiento de El Marqués autorizó de 2006 a 2009 el cambio de uso de suelo de 3 mil 500 hectáreas para edificar 52 mil 500 viviendas donde se asentarán 220 mil 500 personas, sin un plan de desarrollo urbano.

El presidente municipal de El Marqués, el priísta Rubén Galicia Medina, señaló –sin especificar el número de viviendas construidas o por construir en esa área– que “algunos” colonos que han adquirido viviendas en los nuevos fraccionamientos exigen servicios básicos, pues los conjuntos se construyeron sin infraestructura básica (drenaje, agua potable, escuelas y centros de salud). “Estamos arreglando con ellos (las inmobiliarias) llevar infraestructura. Nos están demandando escuelas, centros de salud y medios de transporte”, dijo.”

¿Algo de qué preocuparse? No mucho, que según las palabras del señor edil sólo algunos de los residentes estarían molestos con el hecho de no contar con los servicios básicos que según ellos un desarrollo habitacional debiera poseer, que al parecer los demás habitantes están bastante conformes con sus flamantes viviendas, que si hay problemas los creó la anterior autoridad municipal, y que en todo caso para dejar tranquilos a los quejosos de siempre es que se está llegando a acuerdos con los solícitos ejecutivos de las empresas constructoras para llevar el equipamiento, infraestructura y servicios faltantes en pocos meses, no más de 180, período de suyo breve para gente con capacidad de espera altamente desarrollada.

Tiempo atrás Gideon Amos, Director Ejecutivo del Town and Country Planning Association, institución sin fines de lucro que promueve la generación de un urbanismo sustentable en el Reino Unido y que participa activamente en el desarrollo de eco towns en las islas británicas, me contaba que detrás de la primera piedra de la primera casa en cada una de estas pequeñas ciudades había por lo menos diez años de planificación exhaustiva, tiempo en que una serie de agencias públicas y privadas se dedican a evaluar todos y cada uno de los aspectos involucrados en la gestación de desarrollos que, dado su tamaño (unas 15 mil viviendas en promedio), adquieren una complejidad tal que hacen necesario un gigantesco esfuerzo multidisciplinario e interinstitucional para evaluar en profundidad todos sus impactos territoriales, ambientales, económicos, sociales y culturales. En otras palabras, por esos lados no es cosa de llegar y largarse a edificar todo aquello que tenga un comprador potencial, que antes debe haber una planificación de largo plazo que decida qué, dónde, cómo y cuándo se construye. Por más que lo hayan vilipendiado por años, allá el Estado sigue fuerte e inamovible en su rol principal de planificador de las ciudades.

En México los tiempos y estilos son algo distintos, y lo que en otras partes toma una década acá se resuelve en unos pocos meses; así lo que ayer era campo para las vacas en un abrir y cerrar de ojos se transforma en un fraccionamiento con tamaño, necesidades y problemas de ciudad pero que en la práctica es tratado como una gran agrupación de casas a las cuales se dota de servicios y equipamiento en la medida que el laxo marco legal local lo exija. Nada de política nacional de asentamientos humanos ni programas de desarrollo regional o metropolitano, que al parecer esas cosas han sido superadas por el dinamismo de las fuerzas del mercado, el gran planificador que no necesita de planes para proveer viviendas a cientos de miles de personas en cosa de pocos meses (Milton Friedman debe estar saltando en una pata de contento).

El problema es que en un esquema totalmente dominado por las fuerzas del mercado la disponibilidad de oferta de vivienda para sectores de escasos recursos está íntimamente ligada a la existencia de suelo en extremo barato, cosa tremendamente difícil en grandes ciudades donde éste es un bien en extremo escaso, y por lo tanto caro. En otras palabras, si se quiere vivienda económica no queda otra que irse a la periferia, y cuando el suelo en la periferia se vuelve escaso, la única solución es ir a la periferia de la periferia, y así sucesivamente. De esta manera, no resulta extraño que municipios que hace un par de años contaban con unos pocos miles de habitantes de la noche a la mañana se vean invadidos por miles de viviendas destinadas a absorber una demanda habitacional que no encuentra oferta en ciudades donde el precio del suelo y una norma inadecuada hacen prácticamente imposible la construcción de vivienda de carácter social. ¿Qué no hay agua para todos? Ya aparecerá de alguna parte ¿No hay suficientes escuelas? Ya las habrá ¿Los parques que se prometieron son sitios baldíos? Vamos, no nos pongamos exquisitos. ¿El camión de la basura pasa tarde mal y nunca? ¿Hay muy pocos policías? ¿Los bomberos no llegan nunca? ¿El hospital queda muy lejos? Son demasiadas preguntas que día a día se hacen millones que algún día creyeron en las promesas de futuro que se les ofrecieron y que hoy ven con resignación que su miseria habitacional de antes no ha hecho más que mutar en una versión más sofisticada pero igualmente cruel.

Ya lo decía el arquitecto e investigador Alfredo Rodríguez: una vez que se resuelve el problema de los sin casa hay que meterse de lleno en el problema de los con casa, igualmente serio, igualmente apremiante.  

1 Comentario en Donde ayer sólo había vacas pastando

  1. Reblogueó esto en SalvoLomasy comentado:
    El caos en el desarrollo urbano no discrimina por riqueza, se presenta de igual modo en estratos altos y bajos sin distingos. Común denominador No hay visión de ciudad a largo plazo. Todo es negocio inmediato

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