Los autos japoneses, la Torre de Pisa y un imbécil frente a un micrófono

Copio parte de la noticia aparecida el pasado 25 de febrero en El Universal:

Los fabricantes japoneses Suzuki, Nissan y Daihatsu anunciaron este jueves que sacarán miles de sus vehículos del mercado, debido a diversos fallos, en medio del retiro masivo que lleva a cabo Toyota a través del mundo por preocupaciones de seguridad.

Suzuki indicó que retirará un total de 432 mil 366 vehículos, debido a un problema potencial con las unidades de aire, por lo que deberá ser reparado el motor defectuoso de los ventiladores, según despachos de la agencia de noticias Kyodo.

Nissan dijo que retirará 76 mil 415 vehículos de 10 modelos, incluyendo Cube, producidos entre octubre de 2007 y mayo de 2008, con el objetivo de cambiar las terminales deformes de cableado eléctrico que podrían detener el motor del auto mientras está en movimiento.

Además de la automotriz que forma parte de la francesa Renault, el fabricante de miniautos Daihatsu, filial de Toyota, informó que sacaría del mercado un total de 60 mil 774 vehículos, ya que cuatro de sus modelos presentan defectos en el cableado.

El desperfecto en los modelos Atrai, Atrai Wagon, Hijet y Hijet Deck, producidos entre diciembre de 1998 y abril de 2000, podría accidentalmente inflar las bolsas de aire y propiciar un percance.

El anuncio de los tres fabricantes se produjo en momentos en que Toyota pidió el retiro de más de 8 millones de sus vehículos en todo el mundo, incluidos los modelos que le han reportado mayores ventas: Prius y Camry.

Sobra decir que el plan de retiros y reparaciones le costará una fortuna a las empresas aludidas, pero al parecer para ellos el gasto vale la pena si con ello se libran de las acciones judiciales (y consiguientes indemnizaciones millonarias) de las potenciales víctimas de potenciales fallos en sus modelos. Sin embargo, este no es el único argumento para adoptar una medida en extremo dolorosa para sus finanzas: también hay que salvar el honor y prestigio de las compañías, algo que para los japoneses vale más que cualquier gasto que haya que hacer para arreglar algún desperfecto a gran escala.

Frases para el plomo

Le pusieron un micrófono enfrente y dijo lo primero que se le vino a la cabeza (¿o venía masticando la respuesta desde antes?):

“Hay edificios que están inclinados, el ejemplo más claro es la Torre de Pisa, que se ha mantenido por siglos en pie y, por lo tanto, creo que es conveniente analizarlo con un profesional adecuado.”

Lorenzo Constans, Presidente de la Cámara Chilena de la Construcción, la institución que agrupa a los empresarios inmobiliarios chilenos, quiso entrar a la posteridad cuando le preguntaron por aquellos edificios que quedaron inhabitables después del terremoto del sábado 27, y así, sin despeinarse ni ponerse colorado, se despachó los diez segundos más desafortunados que se recuerden en mucho tiempo, breve período en el cual sacó a relucir en toda su magnitud el lado más miserable del empresariado local

¿En qué estaba pensando Constans? Al parecer para él los problemas de vivir en un edificio completamente inclinado se limitan exclusivamente a la posibilidad de manchar el mantel cuando se toma sopa o a la dificultad de poder jugar adecuadamente al pool, las bolitas y el taca-taca, que al parecer vivir mirando hacia el suelo por la ventana es lo más normal del mundo, lo mismo que dormir con unas simpáticas grietas estructurales sobre la cabeza. Por ello sacó a colación el ejemplo de la famosa torre italiana, que si ella ha permanecido así por tantos años, perfectamente lo pueden hacer los edificios de Paz. El único problema es que olvidó tres detalles importantes que hacen naufragar su torpe analogía: en primer lugar, omitió mencionar que en la torre de Pisa no habita nadie, y que desde 1990 están suspendidas las visitas turísticas a su interior. En segundo término, de alguna manera pretendió comparar la arquitectura de la torre de Pisa, un patrimonio de la humanidad, con la de los resquebrajados conjuntos chilenos, algo que no resiste el más mínimo de los análisis. Por último, jamás consideró que si los italianos hubieran pensado con el bolsillo hace mucho rato habrían tirado abajo la famosa torre, que mantenerla en pie a lo largo de los siglos les ha salido un ojo de la cara, el mismo ojo que los constructores chilenos no dudan en hacer mirar hacia otro lado cuando se les exige responder por sus desaciertos.

En un par de artículos anteriores hablé bien del gremio de la construcción chileno, señalando que en general el comportamiento de los edificios había sido bueno, lo que había permitido salvar innumerables vidas que en otras latitudes habrían sido presa fácil de un terremoto destructor como pocos. Sin embargo, esto no exculpa en absoluto a aquellos desarrolladores cuyas obras sufrieron daño irreparable; es cierto, no colapsaron, pero resulta imposible volver a vivir en ellas, y si la gran mayoría de las construcciones resistió el movimiento sin experimentar daños mayores, no se ve por qué se debe hacer la vista gruesa con las ovejas negras del gremio. La inmobiliaria Paz Corp ya ha anunciado que devolverá el dinero de quienes compraron departamentos en el edificio Emerald, hoy completamente ladeado, pero no se ve el mismo gesto en el resto de los desarrolladores que vendieron productos defectuosos, hoy buscando mil argumentos y resquicios para zafar la responsabilidad.

¿Qué habría hecho Constans si hubiera estado a cargo de las empresas automotrices aludidas al comienzo de estas líneas? Seguramente hacerse el loco, echarle la culpa a la mala calidad de los pavimentos, a la irresponsabilidad de los conductores o al calentamiento global, cualquier cosa antes que hacerse cargo del problema, que para varios empresarios chilenos la responsabilidad social de la empresa no es más que una frase vendedora que se limita a la realización de actividades marketeras como plantar unos cuantos arbolitos, apadrinar un orfanato o regalar un par de sillas de ruedas, pero que jamás trasciende a hacerse cargo por la calidad del producto ofrecido. Lo más triste del caso es que lo de Constans no es aislado, sino una constatación más de la mentalidad de muchos empresarios chilenos, que gustan de moverse en la delgada zona de un marco ético sumamente laxo donde los posibles deslices se cubren con un descaro a toda prueba, a quienes no les importa lo más mínimo que el próximo presidente todavía no venda todas sus acciones (los ejecutivos de Santa Cecilia, una de sus empresas, señalaron con total desparpajo que después del terremoto “no es buen tiempo para vender”?), o que futuras altas autoridades sigan teniendo participación en empresas donde el conflicto de intereses es manifiesto. Si no está expresamente prohibido entonces es válido, parece ser el lema, y por último siempre va a haber una Teletón donde lavar las culpas a cambio de un publicitado granito de arena. Como para llorar, aunque ya no queden muchas lágrimas.

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