Piñera, la reconstrucción y lo provisorio permanente

Dichato. Imagen: AP Photo / Natacha Pisarenko

La naturaleza no tiene la menor idea de tiempos políticos. De otra manera no se explica cómo deja caer toda su fuerza justo cuando faltan menos de dos semanas para que entre en acción un nuevo gobierno, justo cuando el gobierno en ejercicio se encuentra con la guardia baja, con gran parte de sus integrantes en la playa y con la cabeza puesta en cualquier parte menos en su pega, justo cuando la presidenta saliente anda con la mente focalizada en las ceremonias y homenajes de despedida, en unas merecidas vacaciones, o en ver cómo posicionarse para el 2014 sin que su obra y popularidad se desmoronen demasiado temprano, no sea que le pase lo que a su antecesor.

Siempre puede haber sido peor, que si los 8.8 grados se hubieran aguantado unos 15 días habrían encontrado a unas autoridades recién aprendiendo el nombre de sus secretarias, cómo se usa el teléfono de sus oficinas, y cómo funciona el dinosaurio viviente de archivos y partes. Probablemente en eso pensaba Sebastián Piñera a eso del mediodía del 11 de marzo, pocos minutos después que una réplica de 7.2 grados en la escala de Richter sacudiera la zona central de Chile, incluyendo el edificio del Congreso en Valparaíso, donde los pálidos rostros de parlamentarios y autoridades entrantes y salientes parecían urgir a un rápido término de la ceremonia de cambio de mando. Ya habrá tiempo para discursos decían sus miradas, porque estando tan cerca del mar es mejor salir arrancando para los cerros, no vaya a ser que venga un tsunami de yapa y una ola gigante arrase con la mole de Valparaíso y todos sus ocupantes, incluyendo a personalidades como el príncipe Felipe de Borbón, Evo Morales, Álvaro Uribe y Cristina Fernández, quienes seguramente se prometieron a sí mismos enviar a algún subalterno la próxima vez que se realice uno de estos eventos cerca de la costa chilena.

Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera pensarse en un primer momento, quizás el terremoto no le venga nada de mal al nuevo Presidente. Aunque ya se haya tirado al suelo por adelantado diciendo que la emergencia le impedirá realizar gran parte de su programa de gobierno (también le habría impedido vender parte jugosa de sus acciones, como si la Bolsa hubiera cerrado), lo cierto es que políticamente hablando el sismo le viene como anillo al dedo a Piñera, ya que entre otras cosas le da un verdadero sentido y dirección a su mandato, brindándole la oportunidad dorada de poder diferenciarse de sus antecesores concertacionistas, eternamente acusados por la derecha de ineficientes en el mando del gran buque del Estado. Tiene razón Ascanio Cavallo en su columna de La Tercera cuando señala que “lo que entonces intentaba el Presidente electo era crear una épica para su gobierno: la épica de que había carecido la campaña electoral, más cargada al repertorio de ofertas que a las grandes ideas. Aunque hubiese ganado con esas mismas herramientas -que, también usaron sus competidores- Piñera intuía que el primer gobierno democrático de derecha en 50 años necesitaba algo más que un paquete de promesas. Necesitaba una misión. Y, crudamente dicho, no la tenía.” La madre naturaleza se la dio, porque está claro que el superar la emergencia constituye tanto un gran desafío como una oportunidad espectacular de pasar a la historia como el gran reconstructor de la patria, demostrándonos de paso a todos aquellos que desconfiamos de un gobierno de empresarios que ellos sí son capaces de ejercer un liderazgo con sentido de país, con el agregado de una eficacia de la cual supuestamente carecían los mandatos anteriores.  Después de todo, qué mejor que un Presidente que en el primer día de ejercicio suspende el tradicional almuerzo con sus ministros e invitados nacionales e internacionales para subirse a un helicóptero, ponerse una casaca roja, un casco, y salir a inspeccionar en terreno los efectos de la réplica con cara de terremoto que pocas horas antes había sacudido a un país que de a poco se a ido acostumbrando a resistir a diario temblores que en otras latitudes devastarían países enteros.

La reconstrucción y lo provisorio permanente

Constitución. Imagen: Reuters / Iván Alvarado

Como se dijo anteriormente, cada desgracia trae consigo una oportunidad, y eso lo han entendido perfectamente las nuevas autoridades a cargo de la reconstrucción de las zonas devastadas, que han voceado a los cuatro vientos que ahora sí se van a hacer las cosas bien desde un principio, que las ciudades y pueblos arrasados van a ser levantados nuevamente de acuerdo a planes urbanos realizados por los más destacados profesionales, dotados de vivienda, servicios y equipamiento a prueba de los terremotos y tsunamis más fuertes y los meteoritos más grandes, sepultando de paso la muy arraigada costumbre nacional de lo provisorio permanente, aquella solución precaria que se perpetúa en el tiempo aburrida de esperar la llegada de la respuesta definitiva. Y es que la tapita de cerveza debajo de la pata de la mesa coja también tiene su correlato en la ciudad, donde las viviendas de emergencia tradicionalmente echan raíces, lo mismo que los hospitales de campaña, las aulas provisionales o los vertederos temporales. Mal que mal, nuestras ciudades en gran medida no son más que un agregado de cosas que se hicieron para ganarle tiempo al tiempo, y que ya sea por desidia o falta de recursos nunca fueron reemplazadas por estructuras más consolidadas.

¿Van a cambiar algo las cosas esta vez? La intención es que así sea, pero un poco de realismo nos diría que querámoslo o no algunas viviendas y barrios provisorios se convertirán en permanentes, que es parte de la naturaleza humana el querer mejorar el espacio donde se habita, sobre todo si éste es en extremo precario y las soluciones definitivas se ven demasiado lejanas en el horizonte.  Valga como ejemplo el caso del nuevo Chaitén, donde la población después de casi dos años de la erupción que sepultó al pueblo se limita a unos cuantos carabineros, a pesar de que el gobierno no escatimó recursos materiales ni humanos para dar una solución digna a quienes allá lo perdieron todo. Y eso que estamos hablando de un pueblo de tan sólo 5 mil habitantes, de los cuales muchos no volverán, que después de tanto tiempo es tremendamente probable que ya estén más que asentados en otros lugares. Dadas así las cosas, vale la pena empezar a imaginarse la tarea titánica que se viene ahora, donde la cifra de damnificados supera varias veces ese número.

¿Qué hacer entonces? Me atrevo a sugerir 5 acciones que creo que pueden ayudar enormemente a los esfuerzos de reconstrucción:

Nombrar un zar de la catástrofe, un pez gordo que esté a la cabeza de los esfuerzos del gobierno, que tenga amplios poderes, comunicación directa con el Presidente, y capacidad de gestión que le permita bypassear la burocracia de los servicios públicos, sin duda el mayor obstáculo para la recuperación rápida y ágil de las ciudades y pueblos afectados. Hasta el momento Piñera ha confiado esta misión a un grupo de empresarios y tecnócratas, pero se echa de menos un mayor peso político, algo que este tipo de catástrofes siempre va a demandar, que una cosa es proveer miles de casas y otra muy distinta es tener muñeca para manejar las distintas demandas sociales que surgirán en los próximos meses.

Crear un marco legal y administrativo para la reconstrucción que facilite brindar soluciones de emergencia en el menor tiempo posible, permitiendo saltar las trabas de procedimientos burocráticos diseñados para ser implementados en condiciones de normalidad (algo de esto hay, pero la legislación existente es tremendamente imperfecta, tal como lo comprobaron los encargados de la reconstrucción en catástrofes anteriores, como los terremotos de Iquique y Tocopilla). Es cierto, una mayor discrecionalidad administrativa deja el campo abierto para posibles casos de corrupción, pero este riesgo es preferible a la demora en proveer soluciones que revisten el carácter de urgente.

No alimentar falsas expectativas. Piñera y su gente deberán hablar con la verdad, y no prometer cosas que sencillamente no se pueden cumplir. El período de recuperación va a ser lento y doloroso para miles de familias, y es bueno que lo vayan entendiendo desde ya, que reconstruir una ciudad puede tomar muchos años, lo mismo que volver a tener la misma calidad de vida que se tenía hasta antes del 27 de febrero.

Asumir la permanencia en el tiempo de muchas de las soluciones temporales. Quizás plantear viviendas que estén a medio camino entre la precaria rapidez de la mediagua y la lenta solidez de la albañilería puede ser un buen camino. Dar impulso a soluciones prefabricadas “mejoradas” aparece como una decisión más que plausible, permitiendo brindar respuestas relativamente cómodas en un breve período de tiempo, generando a su vez ahorros en el largo plazo. El producto final puede que sea de menor calidad que la obtenida mediante la reconstrucción total de barrios y ciudades, pero evita enormemente las molestias que provoca la espera de estas soluciones a una población justificadamente sensible a las largas demoras.

Aprender de la experiencia, y llamar a los equipos de trabajo a quienes han enfrentado situaciones similares en el pasado. Actuar con altura de miras y convocar a los personeros y profesionales concertacionistas que trabajaron en Iquique y Tocopilla sería una medida más que saludable: a fuerza de equivocaciones aprendieron muy bien lo que hay y no hay que hacer en este tipo de circunstancias.

Palabras al cierre

Lo primero es lo primero. Prometió deshacerse de sus empresas antes del 11 de marzo y no cumplió, no existiendo terremoto que valga como excusa. Después de todo, es impresentable que el Presidente de un país ande preguntando cada mediodía cómo van sus acciones en la Bolsa.

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