Pedalear es cosa de pobres

“Como en muchos otros lugares, yo soy casi el único que anda en bicicleta. Una vez más, sospecho que el estatus puede ser una buena razón para explicar esto – andar en bicicleta implica pobreza en muchos países. Pedaleo en Las Vegas y me dicen que las únicas otras personas en bicicleta allí son aquéllas que lo perdieron todo apostando. Ellos perdieron empleos, familias, casas y, supongo – el último insulto para un norteamericano – sus automóviles. Lo único que les quedó fue una bicicleta para moverse. Ya que cada vez es más fácil conseguir un coche barato, me temo que un montón de gente en India y China se deshará de sus bicicletas tan rápido como puedan convertirse en elegantes conductores modernos.”

Destacado músico, ocasional director de cine, artista multimedia, escritor, fotógrafo, presentador televisivo, David Byrne es además un prominente promotor del ciclismo urbano, cosa que queda de manifiesto en su último libro, Bicycle Diaries (Penguin Books, 2009), una serie de crónicas hechas a la altura del sillín donde el ex líder de Talking Heads plasma su personal visión de una serie de ciudades vividas al particular ritmo y escala de la bicicleta. Alejado de las guías turísticas convencionales, Byrne es un viajero empedernido que un buen día descubrió que podía conocer el lado B de las ciudades con la ayuda de una bicicleta plegable, elemento que hoy lo acompaña en todas sus giras y que ha permitido que salga a la luz un conjunto de observaciones tremendamente lúcidas sobre la vida urbana de sitios tan disímiles como Estambul, Buenos Aires, Manila o Los Angeles. No es urbanista, pero se nota que la ciudad y sus problemas es un tema que lo apasiona, cosa que le permite despacharse 300 páginas que se leen de un tirón, y que no por nada fueron destacadas por Planetizen como uno de los mejores libros de urbanismo lanzados el año pasado.

Byrne es un personaje dotado de un profundo sentido de la observación, y prueba de ello es la reflexión que encabeza estas líneas, escritas cuando tuvo la osadía de internarse por las caóticas calles de Estambul a bordo de su pequeño artefacto plegable. Y es que da justo en el clavo al decir que la poca masificación del ciclismo urbano pasa antes que nada por un tema de estatus, esa estúpida creencia que nos hace sentir superiores o inferiores de acuerdo a las cosas que tenemos, dónde vivimos, cómo nos vestimos y hasta cómo nos movilizamos. En este sentido, con la bicicleta sucede algo muy especial, porque su uso masivo parece estar restringido a aquellos países muy ricos (Holanda, Dinamarca, Alemania, donde tener un auto no marca ninguna diferencia) o muy pobres, en los que la gran mayoría de la gente con suerte tiene para comer, y la compra de un automóvil aparece tremendamente lejana para economías domésticas de emergencia. Sin embargo, basta que los índices económicos de la población mejoren un poco, sólo un poco, para que el uso del automóvil crezca de manera exponencial, borrando del mapa a quienes no se suben al tren del progreso motorizado, generalmente los más pobres, que deben conformarse con los restos de ciudad que deja este irreversible darwinismo urbano. Después de todo, las ciudades que Byrne posiciona como más hostiles hacia el pedaleo son aquéllas situadas en países con economías en expansión (Estambul, Manila, Buenos Aires), o en Estados Unidos, donde el automóvil es motivo de culto cercano a la religión. La hostilidad no viene tanto por la carencia de una infraestructura adecuada, algo relativamente fácil de proveer, sino más bien por la existencia de una cultura que liga el andar en bicicleta al fracaso en sus múltiples acepciones. Ya me decía un amigo la primera vez que vine a México: una de las grandes trabas para la masificación de la bicicleta en estos lados es la arraigada creencia de que es un medio utilizado exclusivamente por campesinos, pobres, repartidores o gringos. Si se quiere sobresalir en una sociedad tan competitiva, el primer paso entonces es comprarse un auto y ponerse a manejar, que alguien que anda a pie, en bicicleta o en transporte público difícilmente podrá ascender en la empinada escala social.

¡Cómprate un auto, Perico!

David Byrne no es el único pájaro raro que pedalea en un ambiente culturalmente adverso. En el clásico comercial de principios de los 80, Perico (Nissim Sharim) iba en bicicleta a visitar a su amada Ismenia (Delfina Guzmán), soportando toda clase de burlas de automovilistas, escolares y obreros de la construcción, quienes al verlo pedalear no dudaban en gritarle ¡cómprate un auto, Perico! Esta frase, todo un símbolo del efímero boom que experimentó mi país por esos años, refleja a la perfección no sólo el rechazo hacia un medio de transporte que se vincula – estúpidamente – a la pobreza, sino también la glorificación del automóvil como modo de ascenso social, el objeto que permite dejar atrás las pellejerías de generaciones que nacieron en piso de tierra y que por fin pueden salir de su condición de subdesarrollo detrás de un volante pagado en cómodas cuotas. Finalmente el automóvil parece ser un derecho universal, y qué mejor manifestación de la democracia que el libre acceso a él (vale la pena recordar que el comercial se transmitía en un país sometido en ese entonces a los tristes rigores de la dictadura de Pinochet).

Para hacer el cuento corto, gracias a los gentiles oficios de la gente del extinto Banco de Santiago Perico se compró un auto que ya era historia cuando terminó de pagarlo. Ganó algo de estatus, la admiración de su novia Ismenia, unos cuantos kilos, y una úlcera gigantesca de tanto pasar rabias detenido en el tráfico (donde siempre alguien más inteligente pasaba a su lado y le gritaba ¡cómprate una bicicleta, Perico!) Estoy casi seguro que su nivel de vida no mejoró en absoluto, pero su ejemplo se siguió repitiendo sistemáticamente en el resto del mundo, donde millones de Pericos abandonan sus bicicletas cada año para subirse a vehículos que en gran medida sólo su ego necesita.

Palabras al cierre

Renata vio salir a la estrella de las telenovelas en compañía de un grupo de alegres amigos, listos para disfrutar de una asoleada tarde en la Condesa. Lo que yo vi fue una narcocamioneta negra escoltada por un guarura a bordo de otro auto, quien no se hizo ningún problema en cortar el tráfico para dejar que se bajara cómodamente su distinguida pasajera. Es cierto, ella es una persona secuestrable en un país donde se secuestra gente de su tipo, pero tengo la impresión que gran parte de esta parafernalia se justifica exclusivamente por las ganas de llamar algo la atención y sentirse importante. En este sentido, la humildad con que David Byrne, un artista mundialmente conocido, pasea en bicicleta por todo el planeta no hace más que aumentar su grandeza.

2 Comentarios en Pedalear es cosa de pobres

  1. pedaleo desde siempre , y cuando era adolescente , por andar en bici , era casi un marginado social . Andar en bici- hoy no tanto- era cosa de chicos o de viejos . Subia a los furgones de los trenes , y me miraban raro . A mi novia no le gustaba que anduviera , si estaba bien visto ir en moto , y – que mejor- en auto. Dejenme de embromar , estamos atrapados en la telaraña de la figuracion

  2. MUY BUEN ARTICULO, DEFINITIVAMENTE EN MUCHOS PAISES DE LATINOAMERICA DEBEMOS CAMBIAR EL CHIP…

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