Si no es aburrido, no es verde

La frase no es mía, sino del bestseller Thomas Friedman, quien así titula uno de los capítulos de Hot, Flat and Crowded, su último libro. Debo ser honesto y decir que no lo he leído aún, aunque creo tener una idea más o menos clara de hacia dónde quiere ir con esta frase, y para ello vaya un ejemplo.

Edificio de 4 Times Square, calificación LEED platinum.

Hace algunas semanas tuve una reunión con unos desarrolladores del norte de México, quienes con el pecho henchido por el orgullo me presentaron un proyecto que a su juicio estaba destinado a convertirse en el parteaguas de la historia de la sustentabilidad en estas tierras, el modelo a seguir por todos los conjuntos habitacionales del futuro. La propuesta, de unas 250 viviendas en total, tenía prácticamente todo lo que típicamente uno pudiera esperar de una iniciativa presentada como ejemplo máximo de amabilidad con el medio ambiente: paneles fotovoltaicos para la generación de electricidad en el conjunto, planta de tratamiento de aguas negras, sistema de reutilización de aguas lluvia, doble tubería de alcantarillado, dispositivos ahorradores de agua, focos de bajo consumo de electricidad, etc. En resumen, el kit completo del constructor verde. Todo estaba bastante bien, hasta que tuvieron la mala ocurrencia de mostrar el plano general del conjunto; lo primero que allí se veía era un diseño vial extremadamente ineficiente, que no tomaba en absoluto en cuenta las calles ya existentes en el barrio (de hecho, bloqueaba las vías del conjunto vecino, aduciendo que a los nuevos habitantes sustentables no les gustaría mezclarse con otras personas de pelaje inferior. En serio). A esto hay que sumar la clásica disposición en embudo de la trama vial, que hacía que todas las calles interiores confluyeran en un solo punto convenientemente resguardado por una barrera y un vigilante especialmente vestido para la ocasión, algo que se supone hace al barrio más seguro (toda una falsedad), pero que en los hechos sólo ayuda a crear más congestión vehicular. Para rematar la función, se me ocurrió echar un vistazo al cuadro de superficies, donde se podía leer que nada menos que un 34 por ciento del terreno estaba destinado exclusivamente a espacio para circulaciones, un verdadero despilfarro de concreto que además posee el agravante de constituir  una verdadera plancha de calor en una ciudad que en los meses de verano es un verdadero infierno terrenal. Hasta allí llegó la presentación, que después de ver tan poco sustentables indicadores lo único que quedaba por hacer era apurar el café y galletitas que estaban en la mesa, muy ricas por lo demás.

Esta historia es bastante frecuente en todo el mundo, donde lo sustentable (palabra que dada día detesto más) comúnmente se confunde con la incorporación de costosos aditamentos tecnológicos a las construcciones, parafernalia que a cambio de cuantiosas inversiones (hechas con un fin más publicitario que ambiental) produce efectos más bien modestos, que no se condicen con el cacareo que se produce alrededor de ellos. La manera LEED de pensar (término acuñado por David Owen en su excelente libro Green Metropolis, que sí leí) ha llevado a una rápida frivolización de lo sustentable, donde para ganar una certificación gold o platinum las grandes compañías no se fijan en gastos para incorporar ecotecnias más efectistas que efectivas, más llamativas que realmente útiles. Así sucede con los paneles fotovoltaicos del famoso edificio 4 Times Square, uno de los primeros en recibir la clasificación platinum, los cuales con suerte producen el 1 por ciento de los requerimientos energéticos totales de la construcción, que debe satisfacer el 99 por ciento restante de la red común y silvestre. Pero esto nadie lo menciona, y así los dichosos paneles siguen llenando páginas y páginas de revistas que se supone son especializadas, pero que raramente hacen un análisis exhaustivo del real grado de sustentabilidad de las edificaciones.

Otro caso típico son las construcciones en íntimo contacto con la naturaleza, que pueblan gran parte de los libros de arquitectura verde o ecológica. ¿Quién cresta dijo que ese era el camino a la sustentabilidad? ¿Se puede dar techo así al 60 por ciento de la población mundial, que para el 2020 va a vivir en ciudades? Lo que no muestran ni cuentan estos proyectos es que generalmente las familias que viven en ellos necesitan dos o más automóviles, y que los kilómetros que esas familias recorren al año son muchos más que los que recorren las que viven en localizaciones céntricas, sencillamente porque estas casas pseudo ecológicas usualmente están a gran distancia de comercio, equipamiento y servicios. ¿Quiere una Coca Cola? Entonces tome su auto, maneje por una media hora y listo, trámite que en el centro de la ciudad toma un par de minutos caminando. En otras palabras, las ganancias ambientales por tener un arsenal de ecotecnias, vivir en una casa milimétricamente biodiseñada, y construida sólo con materiales locales se pierden de un plumazo por el solo hecho de vivir lejos de todo y por lo tanto depender del automóvil, generando cantidades de CO2 per capita mucho mayores que las emitidas en un ambiente urbano de alta densidad.

No hay que dejarse engañar, no todo lo que brilla es verde, y las soluciones medioambientalmente más eficientes generalmente pasan por decisiones tremendamente sencillas y poco espectaculares, pero cuyos beneficios urbanos son gigantescos. Construir en mayor densidad, dar importancia al diseño vial o generar barrios de uso mixto son medidas tremendamente eficaces que ayudan de gran manera a tener una ciudad mejor, más amable y más amigable con el medio ambiente, aunque esto nadie lo vaya a publicar en páginas de colores.  

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