¿Qué hay de malo con el Smart?

¿Cuál es el problema con el Smart Fortwo? Sofisticado, deportivo, práctico, fácil de manejar y estacionar, poco gastador, ideal para ciudades de tráfico congestionado, aparece como el automóvil indicado para todos aquellos preocupados por el medio ambiente y que, tal como yo, detestan conducir en el ámbito urbano. Probablemente por ahí va el problema. Y es que gran parte de los potenciales compradores de este vehículo son precisamente personas que se desplazan por la ciudad preferentemente caminando, en transporte público o en bicicleta, y que un buen día descubrieron que existía un auto hecho a la medida de sus necesidades.

En el mundo del automóvil no cuesta nada quedar encantado con espejos de colores, y cuando apareció el Smart en 1999 muchos pensamos que por fin se daba una respuesta adecuada a aquellos conductores de paladar exquisito y que hasta antes de esa fecha no podían encontrar en el mercado un automóvil compacto que pudiera satisfacer sus refinadas necesidades (hay que decirlo, el Smart es un auto con cierto caché, muy distante al aire entre divertido y tosco de anteriores microcoches como el Isetta, el Messerschmitt KR200, el Fiat Topolino, o mi favorito, el Peel P50). Sin embargo, al parecer el Smart en gran medida ha sido el producto correcto para el cliente equivocado, porque la evidencia indica que, al menos en Estados Unidos y Europa, gran parte de sus conductores son personas que viven en áreas céntricas de la ciudad, donde el automóvil no es una gran necesidad, y que previamente no poseían vehículo alguno. En otras palabras, el cambio de costumbres se produjo en aquel sector de la población donde no tenía que producirse, que al parecer aquéllos que prefieren andar por el mundo a bordo de automóviles de gran cilindrada, como las narcocamionetas que pueblan nuestras urbes, difícilmente cambian sus poco prácticas máquinas por la eficiencia de un auto que ante sus ojos no es más que un sacapuntas con ruedas. El tamaño importa en la ciudad, y ya está claro que los que gustan de conducir coches grandes (y por lo tanto gastadores y causantes de alta congestión) no lo hacen tanto porque lo necesiten en sus diarios quehaceres (es cosa de ver que la mayoría de ellos sólo transporta a un ocupante la mayor parte del tiempo), sino más bien porque su amplitud les brinda un grado de satisfacción y sensación de superioridad que el pequeño Smart está lejos de darles.

El carácter ecológico de un automóvil no está dado por sus características de consumo o generación de gases contaminantes, sino por los efectos que provoca cuando está en circulación (los coches estacionados también causan impactos ambientales, pero es harina de otro costal, ligeramente parecido). El Smart constituye una contribución medioambiental sólo si hace que muchos cambien sus coches de gran tamaño por uno más pequeño; si por el contrario favorece la llegada de nuevos conductores que antes se desplazaban a pie, en bicicleta o en transporte público, sus efectos son más bien nefastos, cambiando las costumbres del que no debía cambiarlas.

Y es que querámoslo o no el automóvil más ecológico es aquél que no circula, y aunque cueste tragarlo, un humeante microbús es más amigable con el ambiente que el más limpio de los vehículos particulares. No todo lo que brilla es verde.

Palabras al cierre

El tema está mucho mejor desarrollado por David Owen en su libro Green Metropolis, el cual no me canso de recomendar.

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