De cómo me convertí en miembro del circo pobre de la sustentabilidad

Cuando el orador que me antecede comienza su exposición, no hay más de una docena de asistentes escuchando en una sala con capacidad para unas doscientas personas. Uno de ellos se escarba los dientes con un palito, el otro hace lo mismo pero con su oreja, mientras el de más allá se encuentra absorto en un crucigrama que se vuelve particularmente difícil a causa del murmullo emitido por su compañero que habla por celular ocultando el aparato con una mano. Algunos parece que están recién levantándose. A medida que la exposición avanza – un interesante resumen sobre las acciones implementadas por México para enfrentar el cambio climático – la sala se va llenando un poco más, aunque la atención de los asistentes se nota que está muy lejos de los temas tratados en el foro que nos había reunido.  Cuando al igual que en la lucha libre me dan el pase para hablar (me presentan como si fuera Frank Sinatra), la sala ya cuenta con casi cuarenta asistentes, y el eco del principio prácticamente ha desaparecido, aunque no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que la actitud de la audiencia es más o menos la misma, sólo que el número de personas que se escarba los dientes, se limpia las orejas, se corta las uñas, habla por celular, juega con la Blackberry, o resuelve un sudoku se ha multiplicado por tres. No los critico: cuando termino y tomo mi lugar en el presídium de honor, me dedico a hacer dibujos de animales en mi libreta (el ratón Humberto, la ballena Genoveva, el cocodrilo Ramírez), prestando poca o nula atención al orador que me sucede, cuyo tema de disertación debo reconocer que he olvidado por completo.

En el México de hoy no pasa una semana sin que un grupo de personas no se junte en el salón de un hotel a escuchar y hablar sobre sustentabilidad. Cobijada bajo los altisonantes nombres de foro, seminario, encuentro, convención, congreso o simposio, esta reciente costumbre da pie a un variopinto ramillete de eventos cuya alta periodicidad podría llevar a pensar que el futuro del planeta y sus ciudades es una verdadera pasión por estos lados. Como suele suceder en estas cosas, y a pesar de lo pomposo de su presentación, el nivel de estos encuentros es bastante disparejo, existiendo verdaderos abismos entre lo ofrecido por unos y otros. Así, en primer lugar estarían aquellos foros que podríamos denominar de clase A, eventos en los cuales hay que pagar más o menos caro por escuchar en un lujoso hotel a uno que otro ponente de renombre internacional, y que cuentan con discurso inaugural presidencial, buena y abundante comida, café y refrescos, traducción simultánea en varios idiomas, y una gran exposición comercial paralela donde los distintos stands son atendidos por espectaculares modelos argentinas que regalan lápices, llaveros y gorras a centenares de distinguidos asistentes (altas autoridades, empresarios), a quienes el contenido de lo que se está discutiendo en el salón central generalmente les importa un soberano pepino.

La clase B estaría constituida por eventos un poco menos masivos que los anteriores, pero que todavía conservan cierta dignidad gracias al concurso de un grupo de buenos ponentes nacionales que participan de mesas más o menos masivas interrumpidas cada dos horas por recesos amenizados con café y galletitas, oportunidad en que se puede visitar la muestra comercial paralela donde bellas modelos también nacionales (siempre me ha hecho gracia que las llamen edecanes) ofrecen un arsenal de folletos a visitantes a quienes las materias discutidas en el encuentro que los reúne les importan un soberano pepino.

Y así llegamos a los eventos clase C, algo así como la Concachampions de la sustentabilidad, donde tanto expositores como asistentes son usualmente los reservas de los invitados originales, que ellos son personajes con agendas demasiado copadas como para andar perdiendo el tiempo en actividades donde no hay muestra comercial paralela, ni souvenires, ni carpetas, ni bolsos, ni lápices con el logo del encuentro, y donde con suerte sirven un café para mantener los ojos abiertos de asistentes a los cuales los temas en discusión también les importan un soberano pepino. A esos voy yo.

No me quejo, que cuando la invitación saltarina llega a mi escritorio después de haber rebotado en otras oficinas más encumbradas, sé que voy a tener la oportunidad de hablar de los temas que me interesan gozando de una libertad que jamás tendría en encuentros más linajudos, donde basta que alguien se salga un poco del discurso políticamente correcto para que los teléfonos de los superiores empiecen a sonar. Como en las canchas de barrio, donde todavía puede encontrarse la belleza primigenia del fútbol amateur, en los seminarios de menor categoría a veces uno se puede topar con exposiciones que expresan los contenidos de una manera más limpia y cruda, sin rodeos, y libre del miedo de andar pisando callos que es tan típica de los eventos del alto establishment.

Sin embargo, esto sucede muy de tarde en tarde, y lo que prevalece la mayor parte del tiempo son los power point abundantes en texto utilizados por ponentes con el carisma de una hiena, quienes para que no se diga que no le pusieron cariño a la cosa llenan las presentaciones con distintos tipos de letra y fotos desparramadas que se disuelven en cuadritos al hacer un clic. Y es que el power point ha hecho desaparecer de la superficie terrestre a los buenos oradores, tipos que antes se las ingeniaban con su propia voz, un pizarrón y a veces una diapositiva para atraer la atención de audiencias que hoy día son tremendamente poco exigentes. Las ponencias se replican dos, tres, quince veces, y los que somos asiduos a este tipo de encuentros ya empezamos a reconocer caras y conferencias repetidas varias veces, tal como un espectáculo con poco brillo que a fuerza de costumbre debe continuar. ¿Ha aprendido algo el público?, ¿sale de la función con una mirada distinta? ¿No será que realizamos estos encuentros como una manera relativamente sencilla de borrar nuestras culpas urbanas y habitacionales, que no implica grandes sacrificios ni cambios radicales en el modo de vida, y que más encima nos da la posibilidad de tener una buena prensa? No nos cuestionemos tanto y mejor vayamos con el siguiente número.

Bienvenido a la caravana

Cuando bajo del escenario se me acerca una delegación de funcionarios públicos de un municipio de San Luis Potosí. Mi ego me dice que es para felicitarme y pedirme los datos para hacerles una desinteresada asesoría o una presentación en persona; nada de eso: sólo quieren sacarse una foto conmigo para adjuntarla como prueba de que realmente estuvieron de cuerpo presente en el seminario. Al rato harían lo mismo con otros expositores. Otros asistentes sí se acercan para felicitarme y pedirme una tarjeta y decirme que les encantaría que mi presentación les llegara a sus correos; ni uno de ellos me ha escrito hasta la fecha. Para terminar se me acerca otro funcionario de un municipio tamaulipeco, quien sin darse demasiadas vueltas me dice que no entendió ni jota de mi exposición, que el micrófono estaba demasiado bajo, que mi acento chileno es sencillamente incomprensible, y que nadie me lo dijo por un asunto de buena educación, pero que igual agradecería que le pasara mi tarjeta para mostrarla a sus superiores como prueba de su asistencia al evento.

Al final del día me encuentro comiendo junto a otro de los expositores en el restaurant del hotel, quien me cuenta que la siguiente escala es Puebla, que sería bueno que nos viéramos allá, que después de todo podemos usar el mismo power point cambiando solamente la portada, y que si uno se esfuerza un poco puede encontrarle la gracia a ser miembro del circo pobre de la sustentabilidad. Quizás tenga razón.

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5 Comentarios en De cómo me convertí en miembro del circo pobre de la sustentabilidad

  1. Yesenia Morales // 4 mayo 2010 en 10:06 am // Responder

    Me gustó mucho su artículo

  2. México es un circo.
    Pero próximamente se viene el POSTÓPOLIS que a mi parecer no es tan circo (o uno más interesante y desinteresado a la vez)

    Estarás por ahi?

    Saludos.

    • Rodrigo Díaz // 14 mayo 2010 en 10:29 am // Responder

      En este mundo hay circos buenos y malos. Los chilenos nos sentimos orgullosos de una rica tradición circense que goza de exponentes tan destacados como Abraham Lillo Machuca, más conocido como el Tony Caluga, sus colegas el Tony Chalupa y los hermanos Maluenda (los Tachuelas), o la afamada familia Farfán, reina del vértigo de los trapecios.
      Sí, estoy invitado al circo de Postópolis, que al parecer es de los buenos, cosa que me tiene tremendamente entusiasmado, que no todos los días se comparte cartel con artistas de talla internacional. ¿Vienes por esos días? Si es así, ahí nos pondremos de acuerdo para las cervezas de rigor.

      Un abrazo

  3. excelente articulo, acabo de descubrir tu blog, me parece excelente….felicidades…

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