Donde las calles no tienen nombre

Este artículo lo escribí cuatro años atrás durante mi breve exilio voluntario en Iquique. Una versión resumida salió publicada poco tiempo después en la revista CA. Como en estos días el nacimiento de Amaya, mi primera hija, me va a tener extremadamente corto de tiempo, y como el escrito no está tan malo, me permito tirarlo una vez más al ruedo, que después de todo no creo que hayan cambiado mucho las cosas durante todo este tiempo.

Los Lirios, Las Pataguas y Stalin

Imagen: Carola Rosas, Revista CA

Las ciudades chilenas son absolutamente predecibles. Basta llegar a cualquiera de ellas y sin mayor esfuerzo se encontrará que una de las calles principales tiene el nombre de Bernardo O´Higgins, la que en algún instante se topará con otra que recuerda la figura de Arturo Prat. A poco andar uno llegará a 21 de mayo, para unas cuadras más allá poder enfilar por 18 de septiembre, paralela a República. Así, en unas pocas manzanas aparecerán las calles Independencia, Manuel Rodríguez, José Miguel Carrera, Balmaceda, Portales, Aníbal Pinto, Caupolicán, Condell, en fin, toda la galería de héroes patrios inmortalizados en paletas de tránsito situadas en cada esquina de nuestras urbes, pequeño homenaje ciudadano a quienes forjaron nuestra historia como nación.

Sin embargo, tanta historia vertida en la denominación vial difícilmente nos dice algo sobre el verdadero pasado de nuestras ciudades, de los acontecimientos que les dieron vida o del patrimonio que se encuentra oculto detrás de cada fachada, de cada esquina, y que constituye el más preciado de los legados que cada una puede ofrecer. En este sentido, me maravilla que en Santiago aún existan calles de larga tradición que aún conserven los nombres que popularmente se les dio en su origen, y que hablan por sí solos de la historia que hay detrás de cada uno de ellos. Nombres como Monjitas, Huérfanos, Agustinas, Teatinos, Compañía, Puente se mantienen incólumes ante el paso de los siglos, resistiendo la avalancha de cultura oficial que insiste en cambiar las denominaciones tradicionales por otras revestidas de mayor “seriedad”, y que tuvieron a su más insigne víctima en la Alameda, a la cual se le puso el empalagoso apellido “del Libertador Bernardo O’Higgins”, homenaje innecesario para alguien que tiene varios de ellos repartidos alrededor de la ciudad, incluyendo el nombre de un parque que con justicia en su tiempo se llamó Cousiño en honor a quien lo regaló a la ciudad para su disfrute, en una época en que los millonarios hacían este tipo de gestos. El pago de Chile que le llaman.

A medida que se avanza hacia la periferia los libros de historia dan paso a la generalmente pobre imaginación de inmobiliarias y urbanistas municipales, que para no meterse en problemas y con tal de no estrujar mucho sus cerebros recurren a flores, árboles, pájaros, instrumentos musicales y un largo etcétera para denominar la vialidad que estructura nuestros suburbios. Así, y de acuerdo a planos.cl, sólo en la Región Metropolitana hay doce calles Las Perdices, trece Las Pataguas, diecinueve Las Acacias, dieciocho Los Alerces, veintidós Los Lirios y ¡veinticinco! El Canelo. En Recoleta y La Florida se las dieron de originales y en una población decidieron homenajear a los elementos químicos, que al parecer bien merecido lo tienen; así, en pocas cuadras los escolares de dichas comunas pueden empezar a familiarizarse con la árida tabla periódica con sólo mirar la señalética de las calles Bismuto, Sodio, Azufre, Zinc, Cobre, Uranio y Fierro. También en Recoleta, un grupo de amigos con influencia en la tarea de la denominación vial decidió bautizar a las calles con sus nombres de pila: Lorenzo, Alvaro, Augusto, Cecilia y Bernabé. Algo parecido sucedió en Quinta Normal, donde se pueden encontrar las calles Anita, Roxana, Claudia y Silvia, seguramente los nombres de las esposas o novias de los románticos loteadores de turno. Quizás el máximo ejemplo de pereza urbana corrió por cuenta de los funcionarios municipales de Pedro Aguirre Cerda, quienes no encontraron nada mejor que dar el insulso nombre de Plano Regulador a una importante arteria de la comuna.

Como dato al margen, vale la pena consignar que sólo tres vías recuerdan al ilustre poeta Pablo de Rokha, mismo número que a Víctor Jara y Roberto Matta. A José Donoso apenas le alcanza para dos, que probablemente están dedicadas a un destacado vecino con el mismo nombre que el autor de El Obsceno Pájaro de la Noche, mientras a Juan Emar apenas lo recuerda un perdido pasaje de Lo Espejo. A Abraham Lillo Machuca, el Tony Caluga, quien hizo más por esta patria que muchos de los inmortalizados en sus vías, ni siquiera le dio para un pasaje. En cambio, dictadores de triste memoria como Francisco Franco y Stalin sí son recordados en el mapa santiaguino, en La Pintana y Cerro Navia respectivamente.

Más interesante me parece la iniciativa de un grupo de vecinos de Quinta Normal que decidió recordar en sus vías a sus queridos automóviles, porque los nombres de Citroën, Ford, Chevrolet, Renault y Fiat son claramente más familiares, reconocidos y amados que el de un ignoto prócer de la patria. En Maipú un grupo admiradores de Argentina, su música y su fútbol, convino en bautizar las calles en que viven con los nombres de Carlos Gardel, Julio Sosa, River Plate, Boca Juniors, Ferro y Platense, haciendo mucho más por la integración con el vecino país que miles de iniciativas y homenajes oficiales.

Una situación interesante ocurrió en Puente Alto, donde los habitantes de una villa decidieron inculcar valores a la comunidad a través de la denominación de su trama vial, encontrándose así las calles Lealtad, Sabiduría, Constancia, Humildad, Perseverancia, Dignidad, Idealismo, Caridad, Deber y Fidelidad. Como el diablo siempre mete su cola hasta en las iniciativas más loables, entre medio de todas arterias aparece la calle Abogado, presente quizás para recordarnos las contradicciones de este mundo, lo que se manifiesta en toda su magnitud en la intersección con Honestidad.

En todo caso, mi favorito es un barrio de Pudahuel, donde un anónimo e iluminado urbanista legó a sus habitantes los poéticos nombres de Inspiración, Nostalgia, Soledad, Lejanía, Ensueño y Melancolía. No deja de ser hermoso que alguien pueda decir que vive en la calle Nostalgia 784, casi llegando a Lejanía.

Sin embargo, hay lugares dejados de la mano de Dios en los cuales la vialidad no tiene nombre propio, siendo denominada por números o letras, y no me estoy refiriendo a Nueva York o Viña del Mar, donde la secuencia numérica tiene un claro sentido orientador para quien las transita. Hablo más bien de barrios enteros caracterizados por el más absoluto anonimato de sus calles, vías que al parecer no son dignas de tener personalidad ni historia que contar, y que por ello más que bautizadas son rotuladas con un número de serie inscrito en un plano con aprobación municipal.

Donde las calles no tienen nombre

Alto Hospicio, 2006. Imagen: Rodrigo Díaz

Alto Hospicio es un lugar que en la memoria colectiva nacional aparece como un campamento cerca de Iquique que se hizo tristemente célebre por los crímenes de Julio Pérez Silva, quien asesinó a 14 jóvenes ante la pasiva mirada de un país que recién vino a tomar en serio la desaparición de las víctimas cuando ya era demasiado tarde. La misma mirada pasiva no se dio cuenta en qué momento el campamento se multiplicó por diez y luego por veinte, transformándose en un lugar que acoge a más de sesenta mil habitantes cuyo gran drama es no asumir ni ser reconocido como la ciudad que a todas luces es. Una ciudad de calles sucias y polvorientas, sin edificios notables, puntos de referencia ni espacios para el encuentro. Un lugar donde todo es precario e informal, las casas, el comercio, las iglesias, las plazas, que ha crecido a punta de tomas donde se confunden mezquinos intereses políticos, oportunistas urbanos, profesionales de la pobreza y un cúmulo de familias dispuestas a cualquier cosa con tal de tener un lugar donde vivir.

Es un hecho que la desigualdad también se manifiesta en la ciudad, y Alto Hospicio es el mejor ejemplo de esto. La miseria urbana allí presente se ve reflejada hasta en los más pequeños detalles, incluso en el nombre de las calles, y como ejemplo vaya la experiencia personal.
Hace algunas semanas tuve que recorrer el sector de La Negra, uno de los más pobres de la comuna, en busca de una manzana que se me indicó estaba ubicada en la intersección de las vías 8 y 22, dos cuadras al Sur de la avenida A, al lado del área verde 2, que es un peladero como Dios manda. Al no haber ningún tipo de señalización de tránsito, cosa nada extraña en un lugar donde las plazas no son más que sitios eriazos cuando no basurales o cementerios de autos, televisores y zapatos chinos, no me quedó más alternativa que consultar a los vecinos por la dirección que yo andaba buscando. Debo haber hablado con unas diez personas, y ni una tenía la menor idea no sólo de dónde se encontraban las calles que yo andaba buscando, sino que tampoco sabían el nombre de la que tenían frente a la puerta de sus casas, pese a llevar viviendo más de tres años en ese mal llamado barrio. Eran personas que como única seña de su domicilio saben dar el número de una manzana y un sitio, pero que se manifiestan incapaces a la hora de dar su dirección a una persona no familiarizada con el sector. Al igual que las macotas amaestradas, a fuerza de costumbre saben el camino correcto para llegar a sus precarias viviendas, pero les resulta imposible asimilar ese trayecto como algo que les es propio desde el momento en que es el lugar donde se desarrolla gran parte de sus vidas. Y no son pocas. Más de tres mil familias que habitan en La Negra, El Boro y La Pampa han recibido por parte del Estado sitio, agua potable, alcantarillado, electricidad y pavimentación, pero no una dirección reconocible, quizás el punto de partida para establecer un sentido de pertenencia con el lugar en el que se habita. Ni siquiera un plano sirve de ayuda, porque Kafka el urbanista decidió que a la calle 1 la siguiera el pasaje 15, a éste la calle 17 y a esta última el pasaje 26. Los números intermedios los repartió al azar en el resto del plano, misma actitud que le permitió cambiar cuatro veces el nombre a una vía recta, que a medida que avanzan las cuadras se llama calle 7, calle 100, calle 45 y calle 108. En todo caso, esto no importa mucho, porque como dije anteriormente, literalmente nadie tiene la menor noción de donde está parado. En un lugar donde las carencias urbanas son mayúsculas, la ausencia de nombres reconocibles en cada esquina no pasa de ser una anécdota para vecinos que a estas alturas del partido no esperan nada de la ciudad y de los beneficios que vivir en ella debiera suponer.

Alto Hospicio

Este hecho denota no sólo despreocupación por parte de quienes construyen la ciudad, sino lo que es más grave, de quienes la habitan. En otras épocas y lugares los vecinos se organizaban, se ponían de acuerdo, y muchas veces sin conocimiento de la autoridad pintaban nombres en pedazos de madera que de ahí en más pasaban a constituir los nombres de sus calles, el más primario de los gestos de identificación con el espacio público, y por ende de constitución de esa unidad urbana y social que llamamos barrio, que es mucho más que un conjunto de casas.
En momentos en que las políticas urbanas a implementar por el nuevo gobierno hablan de participación ciudadana para apropiación del espacio público, empoderamiento de la ciudadanía que ahora le llaman, bien valdría la pena partir por pequeños esfuerzos que no suponen mayor desembolso de recursos ni la necesidad de crear todo un aparataje institucional para llevarlos a cabo. Desde ya se podría partir bautizando a las miles de calles y avenidas sin padre ni madre que hay a lo largo de nuestro país, dejando esta misión a quienes viven en ellas, que a través de esta mínima acción podrán sentir que el lugar donde habitan no les es ajeno, les pertenece y es parte esencial de su desarrollo como ciudadanos. De seguro nos legarían nombres más sabios y hermosos que los usualmente dados por cualquier urbanista o autoridad.

2 Comentarios en Donde las calles no tienen nombre

  1. Buen te tema, y denota la importancia de la identidad urbana, lugares donde nos reconocemos como habitantes de un lugar, efectivamente donde se construye un lugar.
    Lo felicito buena pluma
    edgardo

  2. Me sorprende gratamente tu interés por un tema tan dejado de lado y a la vez tan revelador de lo que ocurre en nuestras ciudades. Mis sinceras felicitaciones por tan buen articulo. LS.

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