Amaya, Coriandoline y los niños gordos

El barrio de los niños no es un parque de diversiones ni un museo ni una tienda de juguetes. No se paga por entrar a él y en su interior no hay ni un chileno disfrazado del ratón Mickey, Barney o los Teletubbies. A decir verdad, a simple vista parece un barrio común y corriente, un grupo de 20 casas y departamentos alrededor de un pequeño parque y habitado por una comunidad que no se diferencia mucho de otras que uno puede encontrar en el norte de Italia. Quizás ahí está su gran gracia, porque cuando se escucha hablar de un conjunto habitacional proyectado de acuerdo a la visión de un grupo de niños de menos de diez años, uno esperaría algo parecido a Disneylandia o Mundomágico, un lugar pensado para la diversión eterna pero no para realizar actividades tan rutinarias como las del diario vivir. El valor del barrio de Coriandoline, situado en la pequeña ciudad italiana de Correggio, radica precisamente en haber entendido, plasmado y construido un pequeño fragmento de ciudad que recoge fielmente las más queridas aspiraciones y visiones urbanas y habitacionales de sus más pequeños pobladores, sin por ello dejar de ser funcional en su rol de satisfacer las necesidades de vivienda de una comunidad donde los adultos también tienen el legítimo derecho de vivir en un lugar adecuado a sus requerimientos (de hecho, algunos de sus habitantes ni siquiera tienen hijos).

La historia se remonta a principios de los noventa, cuando una cooperativa de vivienda convenientemente llamada Andria (una de las ciudades invisibles de Italo Calvino) decidió dar un giro radical en su manera de enfrentar el negocio, pasando de ser una cooperativa de abitazioni (vivienda) a una cooperativa de abitanti (habitantes). Esto, que en el caso de un desarrollador común y corriente no sería más que un eslogan publicitario, fue tomado al pie de la letra por los ejecutivos de Andria, que a partir de ese momento comenzaron a proyectar sus viviendas tomando en cuenta la opinión de sus futuros habitantes, diseño participativo que le llaman. Sin embargo, los profesionales involucrados quisieron ir un poco más lejos que otras experiencias del mismo tipo anteriormente construidas, y es por ello que decidieron realizar un pequeño conjunto de 20 viviendas en cuyo diseño se vieran traducidas las aspiraciones habitacionales de los niños, seres a los cuales rara vez se les consulta por sus preferencias en este tipo de materias. Razones no les faltaban: después de todo, más de la mitad de los ocupantes de  las viviendas construidas por la cooperativa eran precisamente menores de edad.

El proyecto no fue simple ni rápido. En él participaron más de 700 niños de jardines infantiles y escuelas primarias de toda la ciudad, 50 profesores, 2 psicólogos infantiles y un grupo de 20 profesionales que incluían arquitectos, ingenieros y constructores, quienes se tomaron cuatro años para investigar y descubrir lo que serían la vivienda y barrio ideales en la mente de un niño. Miles de dibujos, maquetas y viajes de aprendizaje se tradujeron finalmente en un manifiesto de diez puntos que constituiría la guía teórica sobre la que se construiría Corandoline. Así, entre otros aspectos, los mini arquitectos decidieron que su vivienda ideal debía ser transparente, mágica y lúdica al mismo tiempo. Plasmar esto espacialmente no fue tarea fácil, puesto que los profesionales a cargo del proyecto siempre debían conjugar los deseos e imágenes infantiles con los problemas y programas propios de cualquier vivienda. La idea fue siempre evitar tanto la arquitectura escenográfica propia de los jardines infantiles (una casa común y corriente vestida con imágenes de Disney, el Pato Lucas y el Chapulín Colorado) como la construcción fantasiosa propia de los parques de diversiones, entretenidos pero poco recomendables para habitar en ellos los 365 días del año. El resultado final fue un proyecto balanceado, donde detrás de viviendas de aspecto relativamente normal se esconden espacios que ayudan a desarrollar la imaginación de los niños y enriquecen la interacción que estos hacen con el entorno que les rodea. De esta manera, un simple garage puede transformarse fácilmente en una cancha de fútbol, o una caja de escaleras puede contener un tobogán tan entretenido como seguro. La vegetación tampoco se dejó al azar, eligiéndose especies que cambiaran de color e incluso aroma en cada estación, ofreciendo un paisaje dinámico a lo largo del año.

Coriandoline demuestra que hacer espacios amables con los niños no implica en absoluto infantilizar la imagen de la vivienda y la ciudad, sino más bien aplicar criterios de diseño generosos en imaginación y sentido común. ¿Por qué cada vez es más raro ver niños jugando en la calle? No toda la culpa es de las fuerzas del mal de Nintendo y el Cartoon Network; la mala arquitectura del espacio público ha contribuido enormemente a dejar niños cada vez más gordos adentro de sus casas, y a acrecentar la sensación de inseguridad que nos invade de sólo pensar en dejar a nuestros hijos jugar al aire libre. Juegos infantiles sin mantenimiento ni fachadas de viviendas que los vigilen, espacios oscuros, cruces peligrosos pensados exclusivamente en el automóvil, rejas y muros por todos lados, conforman un espacio muy poco amistoso para el goce urbano infantil y familiar.

En momentos en que se discute la conveniencia de sacar la comida chatarra de las escuelas y obligar a éstas a brindar una hora de educación física en edificios que la mayoría de las veces no cuentan con las facilidades para ello, me permito proponer como ayuda para combatir la obesidad infantil el hacer una gran reforma del espacio público orientada a que los niños vuelvan a conquistar la calle. No es tan difícil; se trata de aplicar unos mínimos criterios de diseño urbano que hagan del exterior un lugar más atractivo, seguro y amigable. Con esto se lograría tener no sólo una niñez más saludable, sino también una sociedad mucho más sana. Coriandoline da el ejemplo, cuesta muy poco seguirlo.

Unas palabras finales para Amaya

Ando medio sensible con el tema. El lunes pasado me convertí en padre y todavía no encuentro las palabras para describir lo que estoy viviendo. No importa, que a lo mejor esas palabras no existen, y si es así da exactamente lo mismo. Amaya me deja poco tiempo para escribir en el blog -mi otro hijo-, pero también es cierto que me da una inspiración, una motivación y una manera de ver las cosas que antes no tenía. El promover una mejor ciudad deja de ser un interés personal; lo tomo más bien como una obligación con mi hija y a través de ella con el resto de las futuras generaciones.

1 Comentario en Amaya, Coriandoline y los niños gordos

  1. Saludos cordiales.

    Me gustaría felicitarle por sus “palabras finales”.
    Tarea de los arquitectos es también, y digo también por la falta de sentido común, buscar con todo el corazón que las ciudades, que al final diseñamos de a poco, sean para sus habitantes un lugar amable en donde vivir.

    Atentamente
    Erick Bojorque

    http://analisiserickbojorque.blogspot.com/

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