¿Sirve de algo multar a los peatones?

La idea es más vieja que el hilo negro, pero ello no constituyó mayor obstáculo para que fuera reflotada esta semana por un grupo de diputados locales del PAN: multar a aquellos peatones que cruzan la calle en lugares no habilitados para ello. La propuesta, enmarcada en la iniciativa de Ley de Movilidad y Transporte Sustentable en el Distrito Federal, se justifica en dos hechos indesmentibles: los capitalinos son tan malos automovilistas como peatones, y la conducta imprudente y temeraria de estos últimos ocasiona gran parte de los accidentes de tráfico que se registran cada año en la ciudad. Mejor no les va a los automovilistas en la propuesta de los blanquiazules, que de ser aprobada pagarían hasta 50 veces la cantidad asignada a los transeúntes, equivalente a la no despreciable suma de 2 mil 873 pesos.

Flujos peatonales en una intersección. Imagen: http://imaginativeamerica.com

¿Y si el monto fuera el doble? ¿O el triple? Si la conducta vial se arregla a punta de multas (esa parece ser la filosofía de los legisladores), me pregunto por qué no nos vamos de una a una suma radical, digamos un millón de dólares, o mejor cinco, que la letra con sangre entra, y una suma así nos garantizaría una conducta civilizadísima por parte de conductores y peatones en nuestra ciudad? ¿Funcionaría algo así? No sé, pero algo me dice que hay caminos alternativos que pueden ser tanto o más eficientes que el clásico cobro de infracciones, sistema que hasta el momento sólo ha producido beneficios en los bolsillos policiales, pero que ha estado muy lejos de cambiar malas conductas profundamente arraigadas en la ciudadanía.

Esto no quiere decir que sea totalmente contrario a la aplicación de multas, pero creo que se trata de un medio que resulta huérfano si no se acompaña de una política seria orientada a la seguridad vial, y que debe tener como bases la educación ciudadana y la creación de un medio físico que facilite la buena conducta en las calles. Sobre lo primero no me voy a explayar, ya que la educación es la típica respuesta correcta que da alguien que quiere parecer más o menos inteligente pero no tiene la menor idea de cómo enfrentar un problema (¿solución al calentamiento global? Educación. ¿Solución al narcotráfico? Educación. ¿Solución a la obesidad infantil? Póngale más educación nomás).

¿Cuál es la manera correcta de cruzar acá? Imagen: Rodrigo Díaz

El segundo aspecto me parece más atractivo de abordar, más que nada por el hecho de que rara vez se le toma en cuenta a pesar de su importancia. Y es que ¿puede castigarse a un peatón por hacer un cruce indebido cuando los espacios supuestamente habilitados para tal efecto son inseguros, poco racionales o se encuentran bloqueados? Cualquiera que use sus dos pies como medio de transporte principal en la ciudad de México se habrá dado cuenta que la calidad del espacio peatonal está a años luz de sus necesidades. Cruces mal señalizados y localizados en puntos inconvenientes, inexistencia de elementos reducidores de velocidad, radios de giro inapropiados, puntos ciegos para el automovilista, quien no puede ver con cierta distancia a quien atraviesa la calle, topes mal colocados y peor señalizados, mobiliario urbano desparramado en áreas de circulación, coladeras sin tapa, y un largo etcétera de obstáculos son parte del cóctel que a diario debe aguantar el transeúnte capitalino. ¿Puede multarse a un anciano o una persona con discapacidad por no utilizar un puente peatonal, si ese armatoste no cuenta con elevador o al menos rampa? ¿Se puede esperar un comportamiento distinto del peatón cuando su mínimo espacio de tránsito es constantemente invadido por taquerías, vendedores de tamales y películas pirata, o automóviles estacionados olímpicamente? Cuando los pasos de cebra están mal ubicados, o hay una gran distancia entre ellos, resulta más que esperable un comportamiento cargado a la informalidad por parte del peatón, y creo que eso debiera ser entendido antes de aplicar multas a personas que la mayor parte del tiempo son víctimas de un espacio que jamás fue pensado ni atendido con la importancia que se merece. Mal que mal, casi todos somos peatones en algún momento del día, y sin embargo hemos aceptado vivir esta situación bajo condiciones inaceptables.

4 sugerencias

Como humilde ciudadano verdaderamente interesado en la movilidad en la ciudad donde vivo y en los derechos de los peatones, me permito hacer cuatro sencillas sugerencias a los legisladores impulsores de la idea, que a lo mejor pueden ayudarles a tener una óptica distinta del problema peatonal en el DF:

  1. Como algo me dice que no son muy afectos a utilizar sus dos piernas para movilizarse a diario, me atrevo a recomendarles que durante un día dejen su automóvil en la casa y se aventuren a andar a pie en la ciudad para ver qué tan aterrizada es su propuesta y hasta dónde es cierto lo que he planteado más arriba. No es necesario que caminen todo el día; con una hora es más que suficiente para tener un panorama más o menos claro de la situación. ¿Alguna sugerencia de recorrido?  Cubrir alguno de los tramos de la Calzada de Tlalpan entre las estaciones Chabacano y General Anaya puede darles una buena idea de lo que es el espacio peatonal en el DF. Utilizar sus decrépitas pasarelas peatonales, internarse en sus pintorescos túneles, o escapar de los automóviles en la intersección con Churubusco sin duda les aportará una experiencia tremendamente ilustrativa de lo que es caminar en la ciudad.
  2. Si sobreviven a esta aventura, y para pasar el mal rato, les recomiendo que vayan a la Del Valle y recorran Porfirio Díaz y su continuación en Matías Romero, un par de kilómetros en las cuales las autoridades sí se preocuparon de hacer una acera como la gente, continua, cómoda, correctamente señalizada, y amable con las personas con discapacidad. Sería perfecta si no existieran los imbéciles de siempre que gustan de estacionar su auto bloqueando la circulación peatonal; a ésos yo no tengo ni un problema que se les multe de manera draconiana, que parece que es la única manera que entienden. Eso sí, aconsejo caminen por la vereda sur, que la norte no se diferencia en absoluto de cualquier otra de la capital, un incentivo gigantesco para movilizarse en automóvil y olvidarse del más antiguo y noble de los modos de transporte.
  3. Una vez realizado este par de recorridos, les sugiero gastarse unos pocos pesos y comprar la recientemente lanzada edición en español de Tráfico, el a estas alturas clásico libro de Tom Vanderbilt. Leyendo sus páginas se sorprenderán con las estrategias seguidas por algunas ciudades para bajar su tasa de accidentes de tránsito, y que en algunos casos no pasó por la aplicación o aumento de multas, sino más bien por la utilización de criterios de diseño urbano que fomentan una convivencia integrada y armónica entre automovilistas y peatones. Es más, Vanderbilt se refocila citando ejemplos que a primera vista van contra los cánones tradicionales de seguridad en las calles, y que sin embargo han tenido excelentes resultados. Cita por ejemplo el caso de Nueva York, donde la amplia práctica de lo que los gringos llaman jaywalking (costumbre de cruzar la calle en cualquier parte) fomenta sin querer queriendo la conducción más cuidadosa por parte de los automovilistas, que en un ambiente así saben que deben tener todos sus sentidos alerta por si aparece un peatón de manera imprevista. Ojo, que el anterior alcalde Rudolph Giuliani también quiso establecer mulatas contra los peatones, y así le fue…
  4. Por último, les recomiendo encarecidamente que aprovechen los contactos que tiene el Gobierno del DF con Antanas Mockus, quien después de perder la elección presidencial colombiana tiene tiempo suficiente para explicar a quien quiera escucharlo cómo le hizo para cambiar los hábitos de caminata y conducción de los bogotanos cuando él fue alcalde por esos lados. Se sorprenderán cuando sepan que la herramienta que utilizó fue un ejército de 500 mimos que se tomaron las calles de la ciudad para enseñar a la gente cómo debía comportarse en la vía pública. La experiencia fue un éxito tal que hoy se enseña en las escuelas de gobierno y urbanismo de todo el mundo, demostrando que a nivel urbano la mezcla adecuada de ingenio, visión y atrevimiento puede ser mucho más fructífera que la aplicación de fórmulas que atacan los síntomas del problema, pero no su raíz.

Como para que los legisladores le den una vuelta. En una de esas, hasta se les ocurre algo novedoso.

3 Comentarios en ¿Sirve de algo multar a los peatones?

  1. A estas alturas, creo que cualquier vendedor de pepitas tiene más criterio urbano que los idiotas que deciden las leyes y el futuro de nuestras ciudades.

    “automóviles estacionados olímpicamente”
    Saludos Don Pedestre

    • Rodrigo Díaz // 23 julio 2010 en 2:40 pm // Responder

      Estimado,

      En Chile el término “olímpico” se utiliza para designar al caradura, al descarado, a quien no se da por aludido por sus actos ni menos se responsabiliza de ellos. En el caso en comento, estacionar en la banqueta es de un olimpismo total, puesto que al que lo hace le importan un soberano carajo las molestias que esta conducta puede ocasionar en los demás.

  2. Laura Limón // 2 agosto 2010 en 9:02 am // Responder

    Hola. Llevo un tiempo leyendo tu blog, pero apenas me atrevo a comentar porque de este tema siento que sí tengo algo que decir.

    Entiendo el punto de la educación y me gustaría ampliarlo: nosotros (como sociedad) creemos que la educación consiste en mandar a los niños a la escuela; creemos que así se arreglarán las cosas. Lo que no sabemos es que todo depende de nosotros mismos, que todo lo que hacemos se refleja en los demás; no sabemos que es imposible exigirle al otro lo que no estamos dispuestos a hacer nosotros. En el caso de peatones y automovilistas, ¿cómo podemos exigir o propiciar un cambio cuando a unos y a otros sólo les interesa su propia necesidad de circular? En el DF jamás he visto a un oficial de tránsito hacer que los autos se detengan en un cruce peatonal, ni siquiera cuando no funciona el semáforo (cerca de mi casa hay uno que siempre se descompone); en realmente pocas ocasiones he visto a un auto detenerse para dejar cruzar al peatón (y casi siempre es porque algún valiente se atraviesa); al contrario, a todo el que se les cruce por enfrente le echan el claxon.

    A propósito de que todo depende de nosotros: siempre me he quejado de que en el metrobús la gente nunca de los nuncas deja salir a otros antes de abordar el autobús. Bien, hace unas semanas estaba una estación muy saturada: había muchísima gente esperando subir y los autobuses iban hasta el tope, así que las subidas y bajadas eran un caos. Se me ocurrió entonces, cuando se detuvo uno, hacerme a un lado para dejar bajar a la gente, e increíblemente todos los que estaban junto a mí hicieron lo mismo. Es sólo cosa de predicar con el ejemplo.

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