Odiamos tanto a los arquitectos modernos: Philip Glass y Godfrey Reggio

Triste destino el de Minoru Yamasaki, arquitecto más famoso por sus ruinas que por sus trabajos en pie. Su muerte en 1986 le impidió ver la caída de su obra más famosa, las torres gemelas del World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001. No fue culpa suya el desastre, que después de todo hasta esa fecha no había ni un edificio que estuviera diseñado para resistir el embate de un avión de pasajeros tripulado por un fanático suicida. Sí tuvo ojos –y culpa también- para ver la caída de los 33 edificios de Pruitt-Igoe, ambicioso complejo residencial construido a mediados de los cincuenta en la ciudad de Saint Louis, y que sucumbió ante el ataque de las cargas explosivas y máquinas de demolición que iniciaron su embestida la tarde del 16 de marzo de 1972, 18 años después de su construcción, todo un record de rápida obsolescencia.

Para ser honestos, la destrucción había comenzado de manera silenciosa varios años atrás, cuando sin querer queriendo el conjunto se transformó en un gueto de población negra que fue empujada a vivir en departamentos pequeños, mal distribuidos, horriblemente administrados, peor ventilados, y que eran servidos por espacios comunes que en la práctica eran tierra de nadie, el lugar ideal para la aparición de focos de delincuencia, prostitución y tráfico de drogas. A decir verdad, Pruitt-Igoe nació muerto: en su época de resplandor –si es que alguna vez lo tuvo- sólo alcanzó a tener un 60 por ciento de sus departamentos ocupados. Para 1971 sólo residían allí seiscientos vecinos en 17 edificios; los otros 16 ya habían sido clausurados por una autoridad que hacía rato se había dado cuenta que allí los planes de renovación urbana estaban condenados a ser puro verso.

La carga de dinamita que estalló aquella tarde de marzo de 1972 constituyó lo que para muchos fue la caída del muro de Berlín de la arquitectura moderna, el comienzo del fin de una manera de entender la ciudad y el habitar en ella que en los hechos proyectaba la deshumanización del espacio construido. “Nos olvidamos del hombre”, decía alguna vez Fernando Castillo Velasco cuando se le preguntaba por la Unidad Vecinal Portales, un Pruitt-Igoe a la chilena, y algo parecido debe haber pensado Yamasaki cuando vio los escombros del primero de los bloques de Saint Louis que cayó al suelo, una postal de la arquitectura moderna repetida hasta la saciedad –especialmente por sus detractores- que vieron en ella un final de siete telones al multifamiliar de concreto como ideal del habitar moderno.

Pienso en todo esto al escuchar la monumental Koyaanisqatsi (Vida fuera de equilibrio en la lengua hopi) de Philip Glass mientras me encuentro en la oficina preparando una presentación aburridísima que nada tiene que ver con arquitectura y música. La sexta parte de la obra se titula precisamente Pruitt-Igoe, el monumento arquitectónico preciso para incluir en una pieza basada en la ruptura entre hombre, tecnología y naturaleza, y cuya destrucción fue magistralmente plasmada por el cineasta Godfrey Reggio en la película que inspiró la música de Glass. Raggio no se ahorró imágenes, y se refociló mostrando tanto la desolación previa como la posterior destrucción del gigante de concreto desde distintos ángulos y velocidades. Él sabía que ésa no era la demolición de un edificio más, y por ello el esfuerzo en mostrar su caída a la manera del gran fin de la era donde los dioses arquitectos quisieron a través de sus obras regir el destino de una sociedad que se comportaba de manera bastante distinta a como lo hacía sobre los tableros de dibujo.

Cada explosión es una puñalada para los arquitectos que crecieron al alero del movimiento moderno, incluso para aquéllos como yo que estudiaron mucho después de la caída de Pruitt-Igoe. Mal que mal, los dinamitazos significan un rechazo rotundo no sólo a una escuela, sino al ejercicio de la arquitectura de Olimpo en la que todos los arquitectos alguna vez hemos caído (nada mejor que dictar los destinos de los otros a través de nuestra obra). Por eso, y a pesar de los casi cuarenta años transcurridos, el ejemplo de Pruitt-Igoe sigue vigente, y debe ser entendido antes que nada como una lección de humildad que los arquitectos debieran siempre tener presente (además que permite deleitarse con Kowaanisqatsi, algo que vale la pena por sí solo).

Palabras al cierre

¿Quién va a componer la banda sonora de Ixtapaluca, Tlajomulco y Tecámac? No creo que Philip Glass esté disponible para ello.

1 Comentario en Odiamos tanto a los arquitectos modernos: Philip Glass y Godfrey Reggio

  1. Me parece impresionante la manera en que los arquitectos y los urbanistas impactan el desarrollo de la sociedad, los que estudiamos cualquiera de estas dos disciplinas y más importante los que ejercen como arquitectos y urbanistas tienen la responsabilidad de hacer las cosas bien y que funcionen. Creo que jugamos un papel muy importante en el cambio social y lo debemos tomar muy en serio.

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