Protesta a la mexicana, represión a la chilena (recuerdos de septiembre)

Basta que un par de ciudadanos se enoje para que el frágil castillo de naipes del tránsito en la ciudad de México se desmorone. Teniendo en cuenta que una buena manera de expresar el enojo es jodiéndole la vida a los demás; que la mejor vía de joderle la vida a los demás es impidiéndoles circular en la ciudad; que hay una buena cantidad de razones para estar enojado en México; y que bloquear calles y joderle la vida a los demás son considerados derechos sagrados de todo nacido en esta tierra, no resulta para nada sorpresivo que la cantidad de horas perdidas en medio del tráfico detenido a causa de manifestaciones en la vía pública alcance dimensiones bíblicas por estos lados.

De acuerdo a los datos oficiales, tan solo en el primer semestre de este año se registraron 1,585 manifestaciones en el Distrito Federal. De éstas, 439 fueron bloqueos y otras 255 marchas, lo que en otras palabras significa que cada día hubo un promedio de 3.8 actividades destinadas ex profeso a entorpecer o impedir el libre desplazamiento de capitalinos a los cuales parece no serles suficiente el tiempo que gastan moviéndose en la ciudad (no me extrañaría que a futuro organizaran un plantón para protestar por los plantones). A la hora de tomarse una calle, los mexicanos prefieren pedir perdón a pedir permiso, y sólo en un contexto así se entiende el reporte de manifestaciones que cada mañana se puede escuchar en la radio, y que nos dice dónde y a qué hora los descontentos harán colapsar la ciudad, y qué medidas –aparte de infinitas dosis de paciencia- hay que tomar si se quiere llegar de un lugar a otro en una urbe obstinada en acrecentar su de por sí precario sistema de movilidad.

Quizás por esto mismo, porque nadie hace nada para evitarlas o reprimirlas, es que las manifestaciones callejeras en México generalmente se desarrollan de una manera tremendamente pacífica (¿el fantasma de Tlatelolco quizás?) Llama la atención que en uno de los países más violentos del mundo la protesta urbana se maneje por cauces de suyo civilizados, donde la violencia aparece tarde, mal y nunca, y los destrozos a la propiedad pública y privada se limitan a uno que otro rayado y a la basura que ocasionalmente dejan los manifestantes tras cargar fuerzas en una taquería u otro puesto callejero. Cualquiera que se haya asomado a uno de estos actos descubrirá que es común que tengan un cierto aire de día de campo, una convivencia amenizada por algún grito aislado y donde la presencia policial es más bien un acompañamiento que en modo alguno amenaza con hacer abortar el recorrido de la marcha o el programa del plantón programado con anticipación por sus organizadores.

En Chile también hay tipos enojados, pero ellos saben que si se les ocurre salir a ocupar la calzada vehicular para manifestar su descontento, en cosa de segundos serán enfrentados por otros personajes aun más enojados, que no tienen mucha paciencia para andar dialogando, y que no se hacen mayor problema en sacar a relucir todas las técnicas represivas aprendidas después de años de entrenamiento en las calles. Por la razón o la fuerza reza nuestro escudo patrio, y quizás ahí encuentra su alimento el pequeño Pinochet que habita en cada uno de los chilenos y que justifica la acción policial que cada día nos permite seguir circulando por nuestras calles. Cambian los gobiernos en Chile, pero los mecanismos de represión urbana permanecen, me atrevo a decir que con gran beneplácito de la mayor parte de la ciudadanía. Mis cercanos mexicanos –muy progresistas ellos- se escandalizan cuando les digo que el máximo momento de popularidad del ex presidente Ricardo Lagos –socialista él- se produjo cuando hace casi diez años metió en la cárcel por un mes a los dirigentes microbuseros que osaron bloquear las calles de Santiago con sus máquinas (los hubiera dejado más tiempo y se habrían evitado varios de los problemas posteriores del Transantiago). Por ello –o quizás gracias a ello- no es de extrañar que en la capital de Chile, una ciudad considerada tranquila y segura de acuerdo a los estándares latinoamericanos, haya con frecuencia un cierto aroma a bomba lacrimógena flotando en el aire, y que la abollada presencia del carro lanzaaguas (Guanaco en la versión familiar, Zorrillo en el formato individual) sea parte de cualquier postal del centro santiaguino. Por esto mismo es que las movilizaciones chilenas (más bien performances o happenings por su brevedad), a diferencia de las mexicanas, comúnmente terminen con muchos detenidos y con la ciudad convertida en un campo de batalla después de unos pocos minutos de refriega.

Ladies and gentlemen: el guanaco en acción

Durante mi exilio iquiqueño tuve la mala ocurrencia de arrendar un departamento situado frente a la Universidad Arturo Prat, casa de estudios que gozaría de uno de los primeros lugares en excelencia académica en Chile si la lista se leyera de abajo hacia arriba, pero que a la hora de protestar estaba al nivel de las mejores, o al menos un grupo de alumnos se encargaba de hacer creer esto. Bastaba que llegara septiembre, mes de la patria y las piedrazos, para que en mi barrio se pudiera admirar la coreografía ensayada durante años por manifestantes y fuerzas de orden, que por esos lados se baila a ritmo de cueca nortina:

Partida (batiendo palmas y agitando pañuelos): aparición de una veintena de estudiantes encapuchados encargados de calentar el ambiente al son de gritos y cánticos, lanzamiento de volantes (antiguamente llamados literatura subversiva), y la acción de los intelectuales del grupo que pintarrajean los muros de la facultad.

Floreo: ya temperado el ambiente, los señores estudiantes (llamados antisociales en la jerga pinochetista) proceden a la colocación de barricadas y a prender fuego a neumáticos ubicados estratégicamente al lado de un carrito de venta de hot-dogs; las fuerzas especiales de carabineros se encuentran al aguaite en una esquina, esperando la ansiada orden de actuar.

Escobillado: entrada en escena de las fuerzas de orden (aplausos y algunos abucheos de la multitud apostada en los balcones adyacentes al teatro de la refriega), repliegue de estudiantes al interior del campus universitario, aparición rampante del carro lanzaaguas (ovación), que rápidamente despeja la calle bloqueada, lluvia de objetos contundentes lanzados desde el interior de la universidad hacia las fuerzas de orden, ¡vueeeelta!

Zapateado: la batalla llega a su clímax, se lanzan bombas lacrimógenas, la lluvia de piedras es torrencial, algunos desaforados agarran a palos y rayan consignas sobre ese símbolo del capitalismo que es el kiosco de hot-dogs, el carro lanzaaguas arremete sobre ellos, arrancando de cuajo el pequeño puesto de alimentos, los manifestantes se repliegan, las fuerzas de carabineros toman control de la situación, ¡vueeeelta!

Remate: las hostilidades decaen, el olor de las lacrimógenas se disipa, al igual que el humo de los neumáticos, los estudiantes empiezan a irse para la casa, igual que las fuerzas policiales que abordan una micro institucional, el dueño del kiosco de hot-dogs aparece con una escoba y una palita tratando de reparar los destrozos en su local, y los espectadores nos retiramos de nuestros balcones pensando que a lo mejor carabineros y manifestantes se encuentran en una esquina cercana al teatro de operaciones compartiendo impresiones de la batalla e intercambiando camisetas, como lo harían dos rivales que se odian pero respetan y necesitan al mismo tiempo.

Dejémonos de remilgos, que el lema de nuestro escudo necesita de un acompañamiento más acorde a sus postulados; un guanaco y un zorrillo le hacen más justicia que un esmirriado cóndor y ese ciervo a estas alturas mitológico que es el huemul. ¿Se incluirá un guanaco en la cápsula del bicentenario que el gobierno de mi país prepara para celebrar estas fechas? Un mínimo de justicia le haría un espacio a ese vehículo tan representativo de nuestra idiosincrasia, de nuestros miedos y represiones.

Palabras al cierre

Es septiembre, y por quinta vez consecutiva celebraré las fiestas patrias lejos de mi tierra, lejos de los asados, de las empanadas, de los volantines, de la parada militar, de los brindis con chicha de dudosa procedencia y de ese aire septembrino a medio camino entre el triste invierno gris y la colorida primavera santiaguina, esa atmósfera especial de mi ciudad que nunca dejo de echar de menos y que siempre está agazapada en cada línea que escribo.

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