Por qué los Beatles no corren en el paso de cebra

En su reciente libro Contra el Cambio (Anagrama, 2010), Martín Caparrós escribe sobre los peatones de Sydney:

No miran a los lados, y la diferencia está en mirar o no a los lados. Se paran en el semáforo, ante las rayas blancas, esperan que la luz cambie y entonces avanzan sin mirar a los lados. La civilización, lo tengo dicho, son las rayas blancas: hay pocos homenajes más repetidos y cursis a la convivencia humana que un señor que camina por unas rayas blancas como si nada, con semáforo verde para él y los coches a mil por la avenida, hacia él, con semáforo rojo. Es un gesto de infinita confianza. Sólo un signo lo separa del aplastamiento: sólo una convención. La civilización debe ser su confianza en que los conductores de los coches van a respetar la convención.

En el DF estarían corriendo

¿Quiénes convirtieron al paso de cebra en un adorno de nuestras ciudades: los automovilistas y su arrogancia, o los peatones y su sumisión? Alguien dijo por ahí que la diferencia entre los países desarrollados y los que no lo son es que en los primeros los automovilistas son los que agradecen con una venia o gesto con la mano cuando los peatones les dan la pasada, mientras en los segundos son los peatones quienes se deshacen en reverencias hacia el amable conductor que no hizo más que respetar la más elemental de las normas de convivencia vial.

Si los Beatles hubieran sido mexicanos, en la famosa portada del Abbey Road aparecerían corriendo, pero como eran ingleses pudieron sacarse la foto cuantas veces quisieron y con toda la calma del mundo, teniendo la certeza que en ningún momento aparecería un tarado en un Mini a adelantar el trabajo que el desequilibrado de Mark Chapmann hizo sobre el cuerpo de John Lennon 11 años después. A decir verdad, cuando en 1969 tomaron la famosa foto de los cuatro cruzando el paso de cebra más famoso del planeta, las líneas paralelas pintadas sobre el pavimento eran algo relativamente nuevo en el mundo occidental. De hecho, su existencia databa de sólo 20 años atrás, cuando en 1949 fueron introducidas por primera vez en mil sitios del Reino Unido. Dos décadas después no sólo se había masificado su uso a nivel mundial, sino que lo que es más importante, habían ayudado a establecer claramente que a la hora de hacer convivir flujos en la ciudad, los de los peatones debían ser tratados de manera prioritaria.

La lúcida observación de Caparrós no hace más que confirmar lo que puede experimentar cualquier persona que visite una ciudad de alta calidad urbana: en ellas el peatón recibe trato preferencial en gran parte porque sabe hacer respetar ese acuerdo tácito de convivencia pintado sobre el pavimento. Quizás por el hecho de ser sociedades basadas en el sentido de la confianza es que los peatones cuando cruzan no miran hacia el lado ni hacia los automóviles: saben que estos van a parar, que es muy difícil que la hora final les llegue en una esquina. Por el contrario, el orden (si es que puede utilizarse este concepto) latinoamericano descansa en la idea que el prójimo jamás es digno de esta confianza, y por lo tanto en un asunto tan sencillo pero que puede costar la vida, como es cruzar una calle, es más recomendable dejar de lado los derechos adquiridos y darle la pasada al poderoso. Lo veo cada día mientras camino por el DF. Aunque es una ciudad donde dos tercios de los viajes se realizan en transporte público (lo que implica necesariamente usar los pies para desplazarse al menos por unos cuantos metros), los transeúntes actúan en los hechos como ciudadanos de segunda clase que resignadamente asumen su condición de inferioridad. Lo hacen cuando aceptan que se les brinde un espacio de circulación tremendamente hostil, cuando no reclaman por cruces peligrosos, mal diseñados y peor señalizados, cuando aceptan que un automóvil o local obstruya su paso, o cuando los señores conductores no respetan la preferencia de paso en los lugares expresamente señalados para ello.

No es casualidad que en aquellas ciudades donde los peatones son más conscientes de sus derechos es donde se producen menos accidentes de tráfico con resultado de muerte para el peatón. Las cifras son concluyentes. Hace algunos años el ITDP señalaba que en una ciudad como Nueva York, donde más del 80 por ciento de los viajes son en transporte público, la tasa de peatones fallecidos en accidentes es de sólo 1.9 por cada 100 mil habitantes. En el DF es de 9.4. No hay que culpar al subdesarrollo por esto. Ciudades con problemas similares a los nuestros, pero que han tomado el toro por los cuernos, pueden exhibir cifras harto mejores. Ahí está el caso de Bogotá, con 3.8 transeúntes muertos por cada 100 mil habitantes, menos de la mitad que su símil mexicana.

Cuando me preguntan qué es lo primero que hay que hacer para fomentar la caminata en la ciudad, yo digo que mejorar el espacio donde ésta se desarrolla, haciéndola más segura y atractiva, pero sobre todo concientizar al peatón para que conozca y haga respetar sus derechos, lo que implica que se acaben las reverencias a los conductores, los cruces corriendo al compás de los bocinazos o las largas esperas agazapado en una esquina esperando por un poco de conmiseración por parte del todopoderoso automovilista. No se trata de estúpido orgullo o prepotencia; es un asunto de supervivencia, pero sobre todo de dignidad.

5 Comentarios en Por qué los Beatles no corren en el paso de cebra

  1. Excelente reflexión. Justamente por estos días pensaba en lo mismo y tu analogía con la portada del disco Abey Road es notable. Estoy con la idea de sacar una campaña que invite al peatón a no intimidarse en el cruce de cebra y hacer valer su derecho a cruzar.

    Gracias por esta nota.

  2. Muy buen artículo. Creo que todos somos peatones en algún momento, y no estamos exentos de cualquier accidente. Lamentablemente, como dices, es cuestión de cultura, aunque también de infraestructura. Cuántas veces no hemos visto gente cruzar la calle corriendo, justo a un lado de un ignorado puente peatonal. O al microbusero hacer parada donde se le da la gana. Esto, porque ni puentes ni paradas de transporte están bien ubicados, y la gente tiene que adaptarse o “hacer sus reglas”. Habemos gente que al conducir, respetamos al peatón, pero hay gente que por querer ahorrarse unos metros, en lugar de cruzar por la esquina, lo hacen a media calle, y con el semáforo en verde! Creo que tanto automovilistas como peatones debemos aprender a convivir, y además exigir un transporte público eficiente.

  3. Mi oficina se encuentra en la colonia Cuautémoc, muy cerca de la embajada gringa. Desde hace años me he dado cuenta que esta colonia es particularmente agresiva contra los peatones, y los automovilistas no solamente no te dan el paso, se enojan cuando quieres pasar y te confrontan cuando les reclamas el paso.

    Una de mis conclusiones es que esta colonia es el paso de automovilistas que quieren rodear Reforma y otras calles importantes. Lo ven como atajo y por lo tanto creen que tienen preferencia. El comportamiento es distinto en diferentes colonias de la ciudad.

  4. Depende de la zona de Londres donde esté uno. Allí en St. James Wood, una de las zonas residenciales más lujosas, efectivamente los automovilistas se detienen en el emblemático cruce de calle Abbey Road tan pronto los peatones estiran un pie como queriendo cruzarla. Tan es así que cada que un turista busca repetir la hazaña y fotografiarse, una fila de autos espera a que lo haga. En muchas zonas también los automovilistas te dan el paso.

    Pero haz lo propio en las congestionadas calles de Soho, y la historia es otra. Los autos están tan hartos de los transeúntes que nos echan los carros encima, al igual que ciclistas y motociclistas. La gente tampoco respeta los semáforos. En algunos suburbios de Londres, la historia se repite. Han estado a punto de atropellarme tres veces en Londres. En el D.F., ninguna, y no porque manejen mejor, sino porque los conductores del D.F. han aprendido a desarrollar un sexto sentido y son mucho más intuitivos ante lo inesperado: que te rebasen por la derecha, por la izquierda (por arriba, por abajo) que se te atraviese gente por atrás y por adelante. Por algo a muchos conductores de ‘provincia’ les cuesta manejar en el D.F., porque se trata de otra cultura vial, quizá ruda, sí, pero la que se tiene que instrumentar ante una ciudad que trabaja más horas que Londres y cuyos conductores pasan más al volante, con más estrés, más calor, más distancia y más marchas.

    No, no hay nada intrínsicamente mejor en los británicos que en los mexicanos. Lo que hay es menor parque vehicular. Menos tráfico. Menos distancias. Poquísimos cajones de estacionamiento. Calles más angostas, mucho, mucho más que las del D.F. que obligan a pensarlo dos veces antes de sacar el auto. Una red de metro con gran cobertura que ya estaba ahí cuando todos nacieron. Y una ciudad que no se construyó ni sobre zona volcánica ni sobre un lago. Ni tiene cerros alrededor que obstruyan el paso. Es más bien bastante plana. La gente usa menos el auto, no (sólo) porque amen la naturaleza ni les venga en el gene la cultura vial, sino porque los automóviles son más caros, al igual que la gasolina. No hay meses sin intereses. La gente no ama andar en transporte público (de hecho, lo odia), ni tener que caminar veinte minutos hasta su parada o estación, o esperar doce minutos a que venga el autobús, Y otros veinte a que venga el tren. Pero tener auto es muy caro y no les queda de otra. En Londres el transporte es mejor, claro, es privado. Pero también los precios son mucho más altos. Y cuando algo les sale mal o hay huelga el gobierno termina sacando la cara y ocupando recursos púbicos, o sea, el pasajero paga doble. Es una ciudad significativamente más chica en tamaño, y más uniforme en su tipo de vialidades y suelo que el D.F., nadie debe viajar, ya sea en transporte público o en auto, más de dos horas para llegar a su destino. En el D.F apenas eso toma salir de Indios Verdes rumbo a la caseta a Pachuca, ya no digamos atravesar la ciudad. Un habitante del D.F. que deba caminar 20 minutos a la parada del microbús, esperar otros 20 a que llegue y soportar hacinad@ dos horas de viaje de pie, es un héroe, porque debe levantarse a las 5 si quiere llegar a las 9.00. Por eso los peseros siguen siendo la alternativa para muchos: aunque incómodos, se paran donde les haces la parada, se pelean por ti, no tú por ellos, ah, y si se te va, aún tienes la alternativa de tomar un taxi. En Londres, (ahí sí no sé si por gusto o por regla) sólo cargan pasaje en las zonas centrales 1-2. Intenta tomar un taxi o un autobús en las zonas no centrales, que es donde vive casi todo el mundo, y veremos.

    Lo más importante: ¿los londinenses ya nacieron con el gene del respeto vial? No. ¿Quisieran subir la velocidad y estacionarse donde les dé la gana? Sí. ¿Y por qué no lo hacen? Muy simple. Porque hay cámaras de circuito cerrado en cada crucero monitoreando todo lo que haces. Si te estacionas mal, si te das vuelta donde no debes, si subes tu velocidad o te pasas un alto, te registran, y te mandan multas estratosféricas a tu casa. Si no la pagas, te retiran tu licencia y tu placa. Si conduces sin licencia, otra multa. Casi nadie puede pagarla, así que mejor no se arriegsan. No claro, no hay mordidas. Si hubiera, su vida probablemente sería más sencilla.

    Para terminar, a veces creo que se vuelve un lugar común comparar a México contra Europa, y desear que todo fuera diferente, o pensar que se trata de un problema por negligencia o desidia, o porque nacimos con el chip de la corrupción, y que tan pronto cambiemos la actitud el problema se resuelve. Yo creo que no es así. Es un problema estructural más complejo. No hay nada intrínsicamente malo en los mexicanos. Lo que creo es que hay pragmatismo y necesidad. La cultura vial es el resultado de las condiciones de la ciudad, lo que se puede hacer con lo que se tiene para lograr llegar en punto al trabajo. Porque a diferencia de otros lugares de Europa, en México no te puedes dar el lujo de no ir a trabajar, o de llegar tarde, o de lo contrario te despiden. Y a los desempleados no los mantiene el gobierno, como en Europa. En fin, en síntesis, la cultura vial del D.F. es salvaje no porque sus habitantes seamos animales, sino porque la ciudad es una selva.

    El asunto es que si los Beatles fueran mexicanos, como preguntas, tendríamos qué matizar de qué ciudad hablamos. ¿Querétaro? Pachuca? ¿O del D.F?

    P.D Y una disculpa por cualquier dedazo cometido. Es producto de la agitación y adrenalina. Algunas calles de Londres son oscuras e inseguras, y uno debe correr para llegar a casa sano y salvo después de un largo viaje en autobús nocturno.

  5. Tienes toda la razón con ese artículo, tengo algunas cosas que comentar con respecto a mi país El Salvador. Primero, mi gente no tiene tanta conciencia de respetar las señales de tránsito, inclusive el transporte público es una tontería (por no decir otras cosas). ¿Y así esperamos respetar a los peatones? Si ni siquiera nos respetamos como conductores, muchísimo menos como peatones: no usamos pasarelas, nuestro transporte parece una supervivencia en ruedas, no respetamos los pasos peatonales, las señales de tránsito están mal pintadas, entre otras

    No parece que las situación mejore de momento, pero aun así, hay quienes (la mínima de la mínima) intentamos respetar y solo conseguimos ser víctimas a cada rato. Si los Beatles hubieran sido de El Salvador, hubieran tenido suerte de sobrevivir condiciones feas, aparte de que nunca hubieran saltado a la fama, pero a pesar de nuestra mala cultura; es bueno saber que en otros países se respetan las señales sin importar que tan apurados vayamos. Tomemos ejemplo de ello

    P.D.: Aprovecho el artículo para hacer homenaje a John Lennon, aunque no haya oído su música, espero que descanse en paz a sabiendas de lo que este mundo ofrece, promete y no cumple

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