Pablo Zalaquett, gran cachurero de la patria

Cachurero:

1. adj. coloq. Chile. Perteneciente o relativo al cachureo.

2. adj. coloq. Chile. Aficionado a juntar cachureo (conjunto de objetos desechables).

3. m. y f. Chile. Persona que recoge o comercia con cachureos (objetos inútiles).

Juan Carlos Bodoque, periodista estrella encerrado en la Cápsula Bicentenario

En un momento de la vida la gente deja de deshacerse de las cosas y empieza a juntarlas y conservarlas. Porque algún día pueden servir para algo, porque es una pena botarlas, porque puede que valgan algo en el futuro, el caso es que un montón de objetos que bajo una óptica racional tendrían como fin natural el tarro de la basura empiezan a arrumbarse en closets, rincones, cajones y bodegas. Así es como nace el cachivache. O el cachureo en buen chileno. Cajas vacías de remedios, cajas de zapatos, cajas de cualquier cosa, botones, monedas, llaveros, cartas, fotos, calendarios de bolsillo y de pared, tarjetas de visita, entradas para el estadio, planchas, diarios viejos, estampillas, imanes para refrigerador, ceniceros y controles remoto inservibles de aparatos más inservibles pueden tomarse una casa en pocos años y transformarla en lo que en los hechos es un museo de lo inútil.

¿A qué edad un país se convierte en cachurero? A los 200 años. Al menos esa es la respuesta que da Pablo Zalaquett, alcalde de Santiago, para justificar la selección (a través del voto popular) de una generosa serie de cachivaches para ser guardados bajo el suelo de la Plaza de Armas en un Sputnik de lata generosamente bautizado como Cápsula Bicentenario. A falta de los monumentos, edificios públicos y parques que visionariamente nos dejaron los organizadores de los festejos del primer centenario de la independencia, los compatriotas del mañana tendrán que contentarse con el contenido de un supositorio metálico que, dada su valía, seguramente los enfrentará a la disyuntiva de si vale la pena o no desenterrarlo (si es que esto no ha sido hecho con anterioridad para dar paso a nuevas redes de alcantarillado o agua potable en el centro de la capital).

La colección del otro Chile, creada para el goce –y estupefacción- de los compatriotas del tricentenario, incluye un indio pícaro, un copihue, una espuela, cera depilatoria, un abrelatas, un ejemplar de Condorito, papel higiénico, toallas higiénicas, un colaless, mentholatum, aspirinas, un guatero, un condón, unos implantes de silicona, un billete de luca, otro de veinte, y una moneda de un peso. ¿Algún orden, una idea detrás de tan variopinta selección? Por supuesto que no, que el gran cachurero de la patria junta, no selecciona, sólo acumula. Sigamos adelante. Los chilenos del año 2110 podrán apreciar la camiseta roja apolillada de un tipo que se llama Gary y al que le dicen el pitbull, el peluche de un conejo igual de colorado, una píldora del día después, un pase escolar, un cubo Rubik (no sabía que había sido creado cerca de Curicó), una placa rompe filas de los bomberos y el manual doctrinario del Cuerpo de Carabineros, un lápiz Bic, un chancho de greda, y un alisador de pelo (originario de Cabrero). Hay espacio para manifestaciones más cultas: los versos de Pablo Neruda y Gabriela Mistral compartirán encierro con un libro sobre la historia de la plaza de Armas y una foto autografiada de Don Francisco, elegido personaje del bicentenario.

Para ser justos, hay que decir que la idea de la cápsula del tiempo no tiene nada de novedosa. Las sondas Voyager, lanzadas al espacio hace más de 30 años, llevan en su interior un disco de oro con una muestra representativa de lo mejor de la música producida por la raza humana a lo largo de la historia, desde el Concierto de Brandemburgo Nº 2 hasta El Cóndor Pasa, de la Quinta Sinfonía de Beethoven a Johnny B. Goode de Chuck Berry. Se calcula que pasarán 74,500 años antes que una de estas sondas pueda alcanzar la estrella más cercana a nuestro sistema solar y un perplejo extraterrestre tenga la oportunidad de pulsar el play para escuchar lo más selecto del sonido producido por nuestro planeta. Para su cápsula del tiempo, el gran cachurero santiaguino tenía a su disposición a Violeta Parra, Claudio Arrau o Los Prisioneros, pero prefirió preservar los sones de “Arriba la Vida” del grupo Croni-K. Casi lo mismo para un cachurero de raza.

¿Qué se hizo la llama de la libertad? ¿En qué manos andará el cañoncito de Naval? ¿Cómo que no está el lomo de la Fuente Alemana y el pilucho del Nacional? Debiera haber espacio para todos ellos en un lugar donde caben una tradicional corneta de plástico hoy llamada vuvuzela, un afiche de la tuna, un informe de Dicom, un cortauñas, un recetario de cocina y una paila de huevos. En una bodega del departamento de mis padres tengo guardadas un montón de cosas que feliz hubiera donado de manera desinteresada a la iniciativa edilicia. ¿Habrá espacio para unos vasos plásticos, un reloj despertador chino, una impresora y unos casetes que han juntado polvo por más de veinte años? Si en la cápsula de Zalaquett hay un banderín del partido humanista, un hervidor eléctrico y un dedal, nadie debiera armar mayor escándalo si en el listado de objetos hubiera aparecido un ítem de “artículos personales del señor Rodrigo Díaz”. Aquí la ausencia de un concepto organizador es vista más bien como una virtud, y por eso había espacio para los anteojos gruesos de Allende y los oscuros de Pinochet, para el Capitán Araya, el cura Gatica y el guatón Loyola, para una tarjeta Bip y una tarjeta JAP, para una parrillada en los Buenos Muchachos y una parrilla de la CNI, para el Sánchez Besa del Teniente Bello y los Hawker Hunter que bombardearon La Moneda, para la bicicleta de Perico, el carro de la victoria de Lucho Santibáñez, y el Yagán, el auto del pueblo. ¿Había suficiente espacio para enterrar toda la inmensa codicia de nuestro presidente? No lo sé, pero sí para un televisor Antú y una radio Kioto, para el dedo largo de Lagos y las manos aun más largas de Pinochet, para un quiltro, un cóndor y la foto de un huemul.

Pasada la borrachera de los festejos, y manjar para las polillas del futuro, la cápsula del cachureo bicentenario descansa en paz desde el 28 de septiembre pasado.

Palabras al cierre

Ya lo decía Nicanor Parra: creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje. Me llama la atención que dentro del cachureo bicentenario haya cinco objetos (¡cinco!) relacionados con el accidente que tiene a 33 compatriotas sepultados en vida al interior de la mina San José: una reproducción del papelito que dice que están bien en el refugio (el original se lo dejó un presidente pillín en su bolsillo, como si estuviera dirigido a él), una copia de la imagen de los 33 chilenos antes mencionados al interior del refugio, un pedazo de roca de la mina, una grabación radiofónica de los mineros, y las portadas de los diarios del 23 de agosto, día en que se supo que se encontraban vivos. Se trata sin duda del entusiasmo del momento, pero lo que los chilenos del futuro podrán apreciar tendrá un lectura totalmente distinta a la de hoy, más bien el testimonio de las miserias que sigue viviendo gran parte de la gente de un país al cual se le ve la hilacha más seguido de lo que sus sueños de grandeza están dispuestos a soportar. Meter la memoria de esas 33 víctimas en una cápsula enterrada no es más que una broma cruel hacia quienes se ha privado de ver la luz por tantos meses.

4 Comentarios en Pablo Zalaquett, gran cachurero de la patria

  1. ¿De verdad alguien dijo que el cubo Rubik fue inventado cerca de Curicó? http://en.wikipedia.org/wiki/Rubik%27s_Cube ¿O es una taya que no entendí? (Espero :S).

  2. Resumiendo… una ceremonia con presidente presente para enterrar un montón de basura.

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