Santa Fe, el automóvil, y ese gusto por ser de clase media

La clase media. Imagen: http://educared.org.ar

Si la pirámide del ingreso en México se construyera de acuerdo a la percepción de sus habitantes, más que pirámide parecería una sandía puesta en vertical. La encuesta nacional Opinómetro de Milenio realizada en 2001 (lo siento, no cuento con una versión más actualizada), señala que sólo el 1 por ciento de los mexicanos se consideraba perteneciente a la clase alta, el 4 por ciento a la clase media alta, el 44 por ciento a la clase media, el 34 por ciento a la clase media baja, y un escuálido 17 por ciento a la clase baja. O la distribución del ingreso en México es muy homogénea y concentrada (cosa que las estadísticas refutan), o la marca “clase media” es muy buena como para que el 82 por ciento de la población se vea reflejado en este grupo. En todo caso no hay que engañarse, que encuestas similares hechas en otros países latinoamericanos muestran más o menos la misma tendencia a la identificación masiva con los sectores medios, todo un fenómeno que no se condice con la dura realidad de una sólida base de pobreza que desde el punto sociológico y económico echa por tierra lo que nuestras percepciones nos indican.

Me acuerdo de esto a raíz de un par de comentarios que recibí sobre un artículo publicado hace unas semanas en el que, a propósito de la Supervía Poniente, señalaba que no me parecía justo ni razonable que toda la ciudad pagara los costos de las decisiones residenciales de los habitantes de Santa Fe, personas que teniendo la capacidad económica para instalarse en prácticamente cualquier barrio de la ciudad, hicieron su elección de vivienda conociendo de antemano los altos costos que en materia de movilidad tiene el vivir en esos lados. Lo que mis contradictores señalaban es que mi postura es sesgada, que Santa Fe no es como lo pintan y que también da cabida a sectores de lo que ellos llaman clase media alta (¿será lo mismo que alta baja?), que el automóvil es un artículo cuyo uso está ampliamente extendido en la sociedad, y por lo tanto no debiera castigarse su uso, y que básicamente soy un resentido de mierda cuyas opiniones en contra de la construcción de la Supervía Poniente estarían dirigidas a joderle la vida a personas cuyo único pecado es el de preferir movilizarse en un auto de su propiedad.

A la luz de lo señalado en el primer párrafo, no me extraña en absoluto su opinión, muy respetable por cierto, pero que no por extendida resulta correcta. Los sentidos nos engañan frecuentemente, y esta no es la excepción. Son al menos tres los errores de apreciación en que caen mis contradictores:

  • Minimizan en extremo el tamaño de la clase alta, relegándola al grupo de Carlos Slim y sus amigos.
  • Son generosos al estimar el nivel de ingresos de la clase media, extendiéndola a grupos que estadísticamente se encuentran en lo más alto y lo más bajo de la pirámide.
  • Al sobreestimar el poder adquisitivo de la clase media, tienden a creer que el uso del automóvil es mucho más extendido de lo que es en realidad.

Los números (ese gusto por citar los malditos números) derriban estas presunciones de un plumazo. Aunque creamos lo contrario, los datos del censo del 2000 señalan que a esa fecha tan sólo el 38 por ciento de los hogares del Distrito Federal poseía un automóvil. Aun suponiendo un explosivo aumento en el porcentaje de tenencia en los últimos diez años, dudo que éste se empine por sobre el 50 por ciento de la población. En otras palabras, al menos la mitad de los capitalinos sigue sin contar con un automóvil de su propiedad. Los datos de la encuesta origen-destino efectuada en la zona metropolitana de la ciudad de México el año 2007 no hacen más que reafirmar esta situación: de los 22 millones de viajes que a diario se efectúan allí, sólo 6.8 millones, equivalentes aproximadamente al 30 por ciento del total, se realizan en automóvil particular. El problema es que este 30 por ciento (que dicho sea de paso ocupa más del 80 por ciento de la superficie vial disponible) no está uniformemente repartido. Si dividiéramos a la población en tres tercios de igual tamaño de acuerdo a su nivel de ingreso, notaríamos que en el primer grupo, el más pobre, sólo unos pocos, muy pocos, se movilizarían en automóvil particular; en el segundo grupo, el de ingresos medios, algunos se desplazarían de esta manera, mientras en el último grupo, el del tercio más rico, prácticamente todos harían sus viajes en auto particular. Los datos aportados por un documento de la Secretaría de Medio Ambiente del DF son categóricos: los 3 deciles de mayor ingreso de la población desembolsan el 83% de los gastos totales en automóviles. Los 7 deciles restantes desembolsan solamente un 17% del gasto total en este rubro.

¿En qué decil cae la población de Santa Fe? No tengo a la mano una información detallada de ese sector, pero un análisis somero de Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) realizada en 2008 nos puede dar algunas luces. De acuerdo a este estudio, el ingreso trimestral promedio por hogar del décimo decil, el de más altos ingresos, es de 133,048 pesos, o si se quiere, algo más de 43 mil pesos al mes. Algo me dice que con mucha dificultad una familia con un ingreso así podrá comprar un departamento en Santa Fe. Tengo claro que la denominación de clase alta no debe tomar solamente en cuenta los ingresos de una familia, pero me parece que pertenecer al decil más rico de la población es un buen argumento como para dar este adjetivo –que no es en absoluto peyorativo- a alguien.

El que todo el mundo se crea de clase media puede ser una buena cosa desde el punto de vista de la creación de una identidad social común, pero también nos puede llevar a pensar que todos somos destinatarios de la acción preferente del estado. En lo personal, no tengo nada en contra de la gente de Santa Fe, ni tampoco contra los automovilistas y el automóvil, que sigue siendo un gran medio de transporte. Menos aun tengo una animadversión hacia la gente de mayores ingresos en la ciudad, que si el dinero es bien habido no hay por qué avergonzarse de él, pero a la hora de diseñar políticas públicas sigo creyendo que éstas deben tener un carácter redistributivo, enfocándose en los que menos tienen, que son precisamente los que hoy no tienen respuesta a sus necesidades de movilización con la construcción de la Supervía. El que una zona concentre una gran actividad económica y residencial no justifica en absoluto la construcción de vías expresas (por algo en el mundo desarrollado ya nadie las hace). El desastre de Santa Fe va a tener solución en la medida que se creen políticas que tengan al transporte público como eje prioritario. ¿Y qué hacen los actuales residentes que hoy día se desplazan en automóvil? Tienen dos opciones: o cambian su manera de movilizarse, o se aguantan las consecuencias de sus decisiones residenciales. Pretender vivir en Santa Fe y además poder desplazarse rápidamente al resto de la ciudad en automóvil es pedir demasiado, y es bueno saberlo desde ya.

1 Comentario en Santa Fe, el automóvil, y ese gusto por ser de clase media

  1. Cuanta razón tienes. Apoyo definitivamente la idea de que la gente tome conciencia antes de vivir en una zona tan alejada de los puntos principales de la ciudad.

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