Memorias de Quito

Un curso en métodos de análisis de mercado de suelo organizado por el Lincoln Institute y la FLACSO (bastante bueno por lo demás) y las ganas de conocer el primer centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO me tienen durante una semana en Quito. No ha transcurrido un mes desde que se fraguó, desarrolló y abortó la protesta policial con cara de golpe de estado que impulsó al presidente Rafael Correa a romper su camisa en público y así nutrir un poco más el rico folklore golpista de la región. Sin embargo, no se advierte tensión alguna en las calles; más bien todo lo contrario: es domingo y el centro está lleno de gente paseando, pedaleando, visitando museos, gozando de la música de una banda o disfrutando (si esto es posible) del show de unos humoristas callejeros. Cerradas al tránsito vehicular durante toda la mañana, las calles del centro histórico lucen rebosantes de gente que acude a la invitación de un municipio que ha entendido que su rico patrimonio urbano y arquitectónico no tiene razón de ser si no es ofrecido para el uso y disfrute de la población. La mayoría de las veces sin gastar un centavo, el paseante puede regocijarse con la arquitectura barroca de las iglesias y monasterios, visitar el Palacio de Carondelet, un museo, o simplemente caminar por calles diseñadas teniendo como destinatario principal al peatón, incluso los días de semana, cuando el área es un hervidero de actividad comercial y las vías sí están abiertas al tránsito de todo tipo de vehículos.

Quito sorprende, y sorprende bien. Lo primero que llama la atención, aparte del imponente paisaje que lo contiene, es su sistema integrado de transporte público, articulado en torno a un sistema BRT que ya va para los 15 años de vida. Legítimo sucesor del modelo de Curitiba, y anterior al Transmilenio de Bogotá, no consiguió la fama internacional de este último quizás porque no contaba con un Jaime Lerner o un Enrique Peñalosa que saliera al mundo a predicar la buena nueva (el profesor Ricardo Montezuma, habitual invitado-showman del Congreso de Transporte Sustentable, señala que la escasa penetración de internet a mediados de los noventa conspiró contra la popularidad del sistema quiteño, algo que no ocurrió con su par bogotano, difundido hasta el cansancio a través todas las herramientas que provee la red). Importa poco: el sistema goza de alta aceptación popular, es una manera bastante rápida de moverse al interior de la ciudad, y las estaciones siguen estando limpias, al igual que los buses, a los cuales sólo les falta una pequeña dosis extra de mantenimiento y mejorar la ventilación para estar impecables. Si se quiere tener una visión rápida de los que es la ciudad, nada mejor que recorrerla a través de la Ecovía, que provee al visitante de un estupendo escáner de norte a sur por la módica suma de 25 centavos de dólar. Quizás el único pero se encuentra en la falta de información sobre las rutas tanto en los paraderos como en los buses mismos, algo que a lo mejor importa poco al usuario ya habituado, pero que es un tema no menor en una ciudad que cada año recibe a casi medio millón de visitantes internacionales.

En lo personal, lo que más me sorprendió fue la calidad con que han resuelto pequeños espacios públicos que en el contexto latinoamericano generalmente están destinados a convertirse en zonas carentes de todo brillo cuando no en focos de delincuencia o acumulación de basura y orines. Los urbanistas quiteños han sabido encontrar la oportunidad donde a simple vista no había más que problemas. Así, han transformado pequeños espacios antiguamente residuales en micro plazas tan seguras como agradables. Intervenciones simples, sin afán de protagonismo, pero que logran lo que todo buen espacio público debiera perseguir: que las áreas de circulación sean gratas, seguras y fluidas, y que las áreas de descanso inviten a éste. Pavimentos de sobrios diseños marcan claramente los recorridos y diferencian el mundo peatonal del vehicular, mientras el mobiliario de acero inoxidable (inversión que vale la pena hacer) generalmente se encuentra bien ubicado, sin obstaculizar el tránsito de los peatones ni la vista de los automovilista. Estas simples intervenciones, acupuntura urbana en términos de Jaime Lerner, no hacen más que reafirmar la idea que para lograr espacios públicos de calidad lo que más se necesita no es tanto recursos económicos, sino más bien un poco de sentido común, bien cada día más escaso en Latinoamérica pero que en Quito existe de sobra. Si hasta los pasos bajo los puentes lucen bien, incluso de noche, lo que es harto decir.

Y es que cuando se cuenta con un centro histórico repleto de construcciones de alto valor patrimonial, no cuesta nada caer en el estado de momificación urbana, ese fenómeno en el que las ciudades mueren en vida ante el temor de alterar la imagen de un pasado alguna vez glorioso, pero que tal como las personas e instituciones necesita de continuos procesos de reinvención para mantenerse vivo (caso contrario es el de la urbanización a punta de bulldozer –China es el mejor ejemplo- donde la infinita codicia y el desdén por el antiguo orden llevan a arrasar cientos de años de patrimonio construido). Al respecto, resulta común en Latinoamérica que centros históricos de alta valía experimenten un acelerado proceso de deterioro tanto físico como social. En ellos, la falta de una legislación adecuada que las proteja, sumada a la inexistencia de incentivos para la llegada de nuevas inversiones privadas, generalmente condena a las construcciones patrimoniales al más absoluto de los abandonos, cuando no a la destrucción. Quito iba por estos rumbos, pero la implementación de una serie de programas público-privados para el rescate del centro histórico, acompañados de incentivos tributarios para la intervención de privados en edificios de carácter patrimonial ha logrado revertir la tendencia. Un buen ejemplo de esto es el hotel Plaza Grande, situado en pleno centro, a un lado del Palacio Nacional y frente a la Catedral, el cual forma parte de esta estrategia de inversión mixta destinada a fortalecer el turismo y el comercio en el centro. Instalado en una edificación patrimonial de propiedad municipal, el hotel se encuentra administrado por una cadena internacional que para su habilitación debió seguir los lineamientos que en materia de conservación de la construcción hizo la autoridad competente. No es el único: ya se anuncia la apertura de otros hoteles y restaurantes que siguiendo el mismo procedimiento van a ayudar a rescatar zonas antiguamente abandonadas o en estado de franca decadencia.

Es cierto que una estrategia de este tipo conllevará siempre el riesgo de iniciar un proceso de gentrificación (expulsión de los residentes más pobres a consecuencia de la subida de precios de los inmuebles en una determinada área), pero ello no invalida en absoluto la pertinencia de un programa que a la larga ha beneficiado a toda la ciudad, regalando a sus habitantes un área urbana de primer nivel, que además genera todos los años una derrama económica cada vez mayor. El turista de altos recursos que se hospeda en el Plaza Grande ahora sí deja su dinero en el centro, y no sólo en el hotel, sino también en las tiendas y en los buenos restaurantes de reciente aparición que conviven con los más tradicionales y económicos.

Es común que en América Latina tengamos como punto de referencia lo que se hace en  materia urbana en países desarrollados, lo que no está mal en absoluto, pero que puede guiarnos a seguir modelos poco apropiados a la realidad económica, social y cultural de estas latitudes. Quito demuestra una vez más que los buenos ejemplos muchas veces están a la vuelta de la esquina, y que toneladas de creatividad y sentido común son herramientas de gestión urbana mucho más poderosas que los presupuestos millonarios o el afán de espectacularidad detrás de obras fastuosas que son tan comunes en la ciudad latinoamericana contemporánea (no puedo dejar de pensar en Santa Fe). Es por ello que si tuviera que resumir en una sola frase lo que me queda de este viaje, diría sencillamente que un gran ejemplo de sensatez. Y eso no es poco. 

 

1 Comentario en Memorias de Quito

  1. Quito, Valparaíso al revés: al fondo de las calles del centro histórico, siempre se ven los cerros verdes, tal como al final de las calles de Valparaíso se ve el mar.
    Muy buena reseña desde el punto de vista ‘sensato’, pero esta referencia a la UCV es lo que mas me llamó la atención cuando estuve allá.

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  1. Noticias para profundizar en la ciudad: | Transeúnte

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