Michael Schumacher, el peatón

Michael Schumacher estudiando la pista. Imagen: EFE

La respuesta no dejó de sorprender. Cuando alguna vez le preguntaron cómo preparaba cada carrera, Michael Schumacher señaló que lo primero que hacía al llegar a un autódromo era caminar o andar en bicicleta a lo largo de todo el circuito, que esa era la mejor manera de captar los secretos y detalles que en cada pista son decisivos para lograr las milésimas de segundo necesarias para cruzar primero la meta. Estamos hablando de un tipo que ha ganado 7 campeonatos mundiales, que ha vencido en 91 grandes premios, que tiene 154 podios y 68 pole positions, que conoce la mayoría de los circuitos como la palma de su mano, que cuenta con el respaldo de un ejército de ingenieros, y que tiene a su disposición avanzados simuladores que son capaces de brindar y procesar toneladas de información sobre el estado de la pista y cómo acondicionar el auto para enfrentar de la mejor manera posible las exigencias que ésta le impone. Y sin embargo, Michael Schumacher prefiere caminar. Uno de los hombres más rápidos del mundo insiste en buscar en la lentitud de sus pasos las respuestas para alcanzar la mayor velocidad.

Quizás no tiene la menor idea de la teoría, pero Schumacher sabe perfectamente que los secretos de la pista sólo pueden ser develados a ritmo pausado, que es cuando se tiene un íntimo contacto con ella, cuando se siente su textura, se advierten sus imperfecciones y se identifican aquellos elementos de referencia que a la velocidad de un Fórmula 1 resulta imposible definir. Para todo eso, la experiencia de caminar resulta insuperable. Por ello es que los arquitectos (los buenos) siguen visitando los lugares de implantación de sus proyectos antes de tirar la primera línea, y no pocas veces vuelven en busca de retroalimentación e inspiración. En una época de fotografías digitales, de video al alcance de la mano, de Google Earth, y de levantamientos topográficos rápidos, precisos y económicos, el buen arquitecto sigue considerando necesario recorrer el terreno a pie, el mejor camino para “empaparse” del lugar, arrancarle todos sus secretos, y encontrar el genius loci[i] que permanece escondido para el que actúa motivado por la prisa o la ligereza.

No es cosa de maniáticos. Los órganos de los sentidos están diseñados  para percibir y procesar detalles a una velocidad no superior a los 15 kilómetros por hora, que es a la cual una persona normal corre o anda en bicicleta en la ciudad. A medida que esta velocidad avanza, perdemos capacidad de captar detalles, y sólo podemos procesar información proveniente de las grandes formas. La gente de McDonald´s entiende esto como pocos, y por eso levanta en las ciudades dos arcos dorados de grandes dimensiones que ni siquiera necesitan de un letrero abajo para que el automovilista que va a gran velocidad por la ciudad sepa que bajo ellos podrá envenenarse comiendo algo parecido a una hamburguesa. Mobiliario urbano para el desplazamiento rápido, formas simples y robustas que no están para ser leídas ni para complicados procesos mentales. En la ciudad del automóvil un logo reconocible vale más que mil palabras, y aquél que se desgaste en una arquitectura rica en detalles pierde tiempo y dinero en formas que la velocidad motorizada hace imposible percibir. Una de las razones que explican la falta de ornamento en la arquitectura moderna es precisamente el hecho que en gran medida está pensada para ser disfrutada detrás de un volante, donde el detenerse en detalles es, además de inútil, peligroso.

Difícil decir que se conoce la ciudad si no se camina en ella. Detrás del vidrio del automóvil se puede tener una vaga idea de ella, pero difícilmente se conocerán las complejidades que constituyen su mayor riqueza. Por eso siempre digo que la ciudad de México es al mismo tiempo el peor y el mejor lugar para caminar. Es el peor porque el espacio de caminata es de una calidad infame, mal diseñado y peor mantenido, peligroso tanto por sus baches y hoyos como por lo inadecuado de sus cruces. Y sin embargo, puede ser la mejor ciudad para recorrer a pie, una que nunca deja de sorprender al que quiera descubrirla, una que siempre tiene un rincón guardado, un nuevo aroma o un color inesperado. Por eso camino, y por eso puedo decir que después de dos años y medio conozco la ciudad mejor que muchos que llevan una vida residiendo en ella. Para ello no se requiere una gran preparación académica, sino solamente tener abiertos los cinco sentidos –como Schumacher- para captar el detalle, para hacer de la experiencia del caminar algo más que desplazarse de un lugar a otro.

Palabras al cierre

¿Existe alguna contradicción entre el fomento de medios de transporte público y no motorizados y mi gusto por la Fórmula 1?

No.     


[i] De acuerdo a la mitología romana, el genius loci, o genio del lugar, es el espíritu protector del mismo. Hoy día hace referencia a sus características más propias, que le dan personalidad y distinguen del resto de los lugares

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