Obras públicas, despilfarro y el fútbol que nos robaron

En estricto rigor, un Mundial de Fútbol tan sólo requiere de 4 estadios para llevarse a cabo. Así fue en Chile el 62, y así podría ser perfectamente hoy en día, cuando el número de participantes se ha duplicado pero con un calendario que no fija más de cuatro encuentros en un mismo día. En los ochenta se programaban reuniones triples en el Nacional y el Santa Laura que aunque eran una delicia, 6 horas de fútbol no muy bueno pero llenador, forman parte de un tercermundismo balompédico que no tiene cabida en un Mundial contemporáneo.

En España se jugó en 14 ciudades y 17 estadios, todo un récord, pero todos ellos estaban ya construidos al momento de disputarse la copa del 82. Si hasta se utilizó el viejo templo de Sarriá, que vio en sus pastos la caída por 3 a 2 de la espectacular selección brasilera de Telé Santana (Zico, Toninho Cerezo, Junior, Falcão….) a manos de la triste, especuladora, pero eficiente Italia de Paolo Rossi (que esa tarde anotó los 3 goles) y compañía. En México fue más o menos lo mismo el 86 (tuvo que organizar un Mundial a la carrera después que le quitaran la localía a Colombia), y en Italia el año 90 sólo se construyó un estadio nuevo, el San Nicola de Bari, obra de Renzo Piano y que todavía sigue siendo usado por el mediocre equipo de la ciudad. Los otros once recintos sólo fueron remodelados.

Tradicionalmente se vende la pomada que hacer un Mundial o una Olimpiada constituye un gran negocio a largo plazo, que la inversión queda, y que son las futuras generaciones las que gozarán de la visión de los organizadores del presente. La experiencia de Barcelona el año 92, cuando los juegos olímpicos fueron ocupados como excusa perfecta para renovar vastos sectores de la ciudad, puede darle la razón a estos argumentos, pero también es cierto que hay un nutrido listado de casos en los cuales, desde el punto de vista urbano, sólo quedó un puñado de recuerdos. 32 años después de su Mundial, los argentinos todavía no saben muy bien qué hacer con el elefante blanco de Mar del Plata, un coloso de cemento que ve acción tarde, mal y nunca ante la falta de un equipo de la ciudad que juegue en la división de honor del fútbol albiceleste. En Sudáfrica, un país con carencias materiales más o menos importantes, botaron dinero a raudales en la construcción de al menos tres estadios de lujo a los cuales hoy día hay que inventarles con urgencia un equipo de fútbol o rugby que pise regularmente sus caros pastos mundialistas. El estadio Saint Denis de París, primer gran templo futbolístico del presente siglo, es más ocupado en espectáculos artísticos que en eventos deportivos, los que no alcanzan a cubrir sus altos costos de mantenimiento.

En el fútbol – negocio de hoy el teatro es más importante que los artistas, y a la hora de ganar una designación como país organizador, aparte de los generosos sobres entregados discretamente a los votantes, más valen los millones a invertir (o despilfarrar) en la construcción de estadios espectaculares que la tradición futbolera del postulante. Qatar, un país de tan solo un millón y medio de habitantes, se lleva la Copa Mundial de 2022 bajo la promesa de construir o habilitar 12 estadios (3 de ellos completamente nuevos), y gastar casi 50 mil millones de dólares en la construcción de nuevas rutas y la creación de una línea de ferrocarril. ¿Qué diantres va hacer Qatar con las 12 moles climatizadas una vez que acabe el Mundial, si apenas les da para tener una liga que juega ante la adormilada mirada de jeques aburridos de no saber en qué gastar su dinero? ¿Para qué quieren un tren de alta velocidad si difícilmente alguna vez va a tener una demanda que justifique su millonaria inversión? Infraestructura costosa pero desechable, propia de un deporte que con tal de generar más dinero no se hace mayor problema en darle la espalda a quienes lo han amado y protegido a lo largo de toda una vida.

Como hincha me crié en el fútbol escuchado a radio pilas en un estadio con olor a cigarros, maní y Nescafé. Era el fútbol de la señora María Colo Colo (que en ese entonces era Club Social y Deportivo y no “la empresa” como lo llamaba un triste ex accionista mayoritario hoy en el gobierno) y la señora Zunilda y su megáfono con el que alentaba a los bravos jugadores de Iquique. Fútbol de perros en la cancha, árbitros vestidos de negro y camisetas numeradas del 1 al 11, en que uno sabía que el 10 era el talentoso del equipo, que el 11 era rápido, desordenado y jugaba con las medias abajo, y que el 5 era un flaco alto que podía ser tan violento como elegante. Fútbol de arqueros con bigote, jockey, y un estuchito donde guardaban una toallita, loción y una peineta (no hay arquero que parezca más arquero que el Gato Osbén). Fútbol de marcadores de palo, de tribunas de palo y arcos de palo, del cañoncito de Naval, de la sirena de Cobreloa y el Chancho Lorenzo, que todavía resiste los embates de la modernidad bajo la lluvia de Puerto Montt. Ese fútbol pobre pero digno, y toda esa maravillosa gente del fútbol, han sido marginados de una actividad que mientras más masiva se hace, menos pertenece al hincha.

¡Qatar! Si nunca han clasificado a un Mundial, y no tienen ni un jugador medianamente conocido calentando el banco en una liga medianamente conocida. ¡A la mierda la internacionalización!, que el fútbol debe volver a manos de los que lo gozan y aman.

Palabras al cierre

Ya que Qatar organizará un Mundial, solicito que el próximo Super Bowl se juegue en el estadio El Morro de Talcahuano, al lado del mar y con olor a harina de pescado, y que la Serie Mundial de Béisbol se traslade a la Medialuna de Rancagua. Es más o menos lo mismo

5 Comentarios en Obras públicas, despilfarro y el fútbol que nos robaron

  1. Buenas. Sólo discrepo en una cosa. El estadio del Español en Sarrià no era un templo ni de lejos. Era un gallinero donde el juego brillaba por su ausencia. Gracias

  2. No todos los templos son catedrales. Tampoco es culpa suya que los que jugaban en él hicieran del fútbol una blasfemia.

    • Ni templo, ni catedral, ni monasterio ni estadio de Futbol. Por supuesto, no es culpa del “Templo” que los que jugaban en él hicieran del fútbol una blasfemia.

  3. concuerdo plenamente contigo, aunque no soy futbolero, creo don dinero siempre contamina todo, machado decía “todo necio confunde valor con precio”.
    Saludos

    • Edgardo ¿estuviste alguna vez en Sarrià?. Normalmente se confunden las personas que no saben de que hablan. Por cierto yo si soy futbolero y vivo en Sarrià, delante de donde se encontraba este “templo”, que como ya sabrás fué derruido por sus socios hace años. Ahora es un lugar de gran valor sentimental para mi, aunque pague un alto precio por vivir aquí. Por favor deja de insultar desde la ignorancia.

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