Refutación de Baroni (o cómo el Smart puede ser poco amigable con el peatón)

Bruno Baroni, que como buen romano es experto en toda clase de malas prácticas de estacionamiento, me señala que la Ley de Hummer, reseñada en mi artículo anterior, tendría sus excepciones, manifestadas en ciudades de calles estrechas y de trazado más bien orgánico, donde la invasión del espacio peatonal aumenta de manera inversamente proporcional a la cilindrada de los vehículos. Dicho de otra manera: mientras más pequeño es el automóvil, mayores son las probabilidades que su conductor decida ocupar aceras, parques y plazas como estacionamiento.

El razonamiento es extremadamente simple: cuando el espacio de circulación es estrecho y debe ser compartido por todos los usuarios, los peatones pueden estar tranquilos sabiendo que éste no va a ser ocupado por vehículos de gran tamaño, por el simple hecho que a estos se les hace prácticamente imposible circular en un escenario así. La cosa cambia cuando entra en acción un auto pequeño –digamos un Smart- pensado y diseñado para este tipo de calles, y que en espacios reducidos y tortuosos puede literalmente inventar un lugar donde aparcar. Doy un paseo por Roma con la ayuda de Streetview de Google Earth y compruebo rápidamente que lo aseverado por Baroni es bastante cierto. En cualquier fotografía tomada al azar es altamente probable toparse con un paisaje de calles sinuosas y estrechas convertidas en un gran estacionamiento de Smarts, que mi amigo italiano no duda en calificar de plaga que entorpece el camino de las personas a pie.

Lobo disfrazado con piel de oveja, dos son los problemas –no menores- del Smart. En primer lugar, y tal como lo señalé en un artículo anterior, es un automóvil que encuentra sus más grandes admiradores en aquellos ciudadanos que habitualmente caminan, pedalean o utilizan el transporte público, y que un buen día descubren que existe un vehículo pensado para la ciudad y que calza perfectamente con sus necesidades. En otras palabras, y desde el punto de vista de optimización de la movilidad urbana, el Smart atrae a quienes no debiera atraer, sumando al tráfico vehicular a  conductores que de no existir el modelo probablemente preferirían desplazarse en la ciudad en un medio distinto.

El segundo problema, y que es el que da origen a la refutación de Baroni, es que por el hecho de ser un auto bastante más diminuto que los demás, muchos de sus dueños pierden la perspectiva de la realidad y lo confunden con una bicicleta o una motoneta (prefiero esta palabra a la más moderna scooter), y por lo tanto creen que pueden estacionarse en el mismo lugar que estos vehículos de dos ruedas ocupan. El Smart será pequeño, pero en el espacio que éste ocupa perfectamente caben unas tres Lambrettas o Vespas (recuérdese que estamos en Roma) y un número aún mayor de bicicletas. Será de tamaño reducido, y gastará y contaminará menos, pero eso no quita que el Smart siga siendo un auto, y que por lo tanto su espacio vital sea distinto al de los transeúntes.

En la ciudad todo depende del cristal con que se mire. Después de todo, el auto que se supone amigable con la ciudad puede también ser tremendamente hostil con el pobre peatón.

1 Comentario en Refutación de Baroni (o cómo el Smart puede ser poco amigable con el peatón)

  1. Suscribo tú comentario, Rodrigo me traslado en un auto pequeño y si te inventas un lugar de estacionamiento donde no existe el tamaño lo convierte en un auto “práctico”. para dejarlo en cualquier sitio.

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