Enrique Rébsamen y la ciudad en liquidación

Calle Enrique Rébsamen. Imagen: tlalpan.info

Y finalmente volvió la cordura: el Gobierno del DF dejó en nada la venta de3,698 metros cuadradosde la calle Enrique Rébsamen en la colonia del Valle a la Comercial Mexicana. Con esta decisión gana la ciudad (más bien vuelve al estado original de las cosas), que conserva una calle que nunca debió estar en oferta, y pierden la Cómer, que no va a poder expandir su estacionamiento a precio de liquidación, y quien escribe, que se queda con un artículo a medio hacer, que hubiera tenido más gracia leerlo si el GDF se hubiera aguantado un poco más con el desatino. Igual lo lanzo, que aunque el caso haya vuelto a fojas cero, de todas maneras hay que estar atentos.

Y digo esto porque el procedimiento seguido en la venta estuvo lejos de los más mínimos estándares de transparencia, y nada garantiza que no se vuelva a repetir en el futuro. Hay que estar atentos porque alrededor de una cuarta parte de la superficie urbanizada del DF corresponde a calles, que de la noche a la mañana se transformaron en una mina de oro para cualquier autoridad que no tenga muchos miramientos con la pérdida de lo que es propiedad de todos, y que ya sabe que existe el procedimiento como para obtener jugosas ganancias a partir de su venta. Es difícil que pase inadvertida una privatización así en una colonia como la del Valle, pero en lugares menos linajudos la maniobra probablemente pase colada con bastante más facilidad. De todas maneras hay que estar atentos, porque el precio que se pagó por la calle Enrique Rébsamen está muy por debajo de lo que vale el terreno menos atractivo en la zona (el que por esos rumbos encuentre una propiedad a 4,975 pesos el metro cuadrado por favor me avisa), lo que aumenta las sospechas que recaen sobre una operación cristalina como las aguas de Xochimilco.

Debo decir que por principios no me cierro a la posibilidad de venta o cesión de espacio público a privados. Cuando el proceso está orientado al bien común y se desarrolla en un marco participativo y transparente, es altamente probable obtener resultados positivos tanto para los privados, que tienen la oportunidad de hacer un buen negocio, como para la ciudadanía en general, que puede gozar de espacios públicos dotados de actividades tan atractivas como restaurantes, cafés, galerías, o teatros. Por otro lado, el traspaso de áreas públicas a privados puede generar suficientes recursos para la construcción de nuevos espacios y el mantenimiento de los ya existentes, aspecto siempre sensible en cualquier administración municipal. Insisto, todo depende de qué tan transparente,  consensuada e inteligente sea una negociación que debe tener siempre como objetivo el mejorar las condiciones de lugares destinados al uso y goce de toda la sociedad, sin distinciones. Dejando la opacidad de lado, el gran problema de la venta de la calle Rébsamen (por más que busco, en mi mente no encuentro ni un caso similar) es que el bien  común jamás estuvo presente en los gestores de la idea. Agrandar un estacionamiento privado no beneficia en absoluto a la comunidad, que más encima se ve privada de un espacio de circulación que en la actualidad ayuda a desconcentrar flujos tanto vehiculares como peatonales y ciclistas. No olvidar: empobrecer la trama vial, especialmente cuando se trata de calles de tránsito local, disminuye la accesibilidad de una zona y alarga los recorridos en ella, lo que finalmente se traduce en un buen incentivo para dejar de caminar y pedalear, y subirse a un auto que debe compartir menos calles con los miles que circulaban con anterioridad. En otras palabras, ganancia cero, al menos para el ciudadano de a pie.

Un cuento viejo (la mitad del vaso llena)

Un cajón de estacionamiento mide en promedio12.5 metroscuadrados. Si multiplicamos esta superficie  por el valor pagado por el metro cuadrado de calle Rébsamen, tenemos que uno costaría alrededor de 62 mil pesos (sabemos que valen más, pero para este ejercicio ocuparemos los valores de venta establecidos por el GDF para el pavimento público). Ahora multipliquemos esos 62 mil pesos por los miles de personas que mediante cubetas, cadenas, neumáticos u otros objetos han apartado de manera ilegal, pero a vista y paciencia de todo el mundo, lugares para estacionar sus automóviles. La cifra de lo defraudado a todos los ciudadanos por esta caterva de sinvergüenzas seguramente es miles de veces superior a lo pagado por la gente de la Comer, y al parecer nadie se escandaliza en lo más mínimo. Como nadie se escandaliza con aquellos vecinos que han colocado barreras accionadas por un tipo disfrazado de policía en calles construidas con dineros públicos, y que de la noche a la mañana se privatizaron de facto sin pagar un miserable peso por ello. Ni hablar de los comercios formales y de los otros que también se han adueñado del espacio público sin dar nada a cambio a la ciudad, aunque en este caso no hay que engañarse, que pagos por lo común existen, pero generalmente van a nutrir bolsillos de autoridades, policías o líderes; rara vez terminan en las finanzas públicas.

Dado este panorama de abierta y descarada privatización del espacio público a cambio de nada, la venta de una calle a la Cómer significaba un (triste) avance. Al menos allí se recibía algo por el despojo.

Palabras al cierre

¿Habrá que indemnizar a la Cómer?

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