Marchas, caminatas y 7 kilómetros de apuntes sueltos

A Monito

Inocencia

A sus once meses de vida no tiene la menor idea de lo que es estar hasta la madre, pero si las cosas siguen como hasta ahora lo va a aprender muy pronto. ¿Habrá que callarle el cuento de las 40 mil muertes, la historia de las 15 mil víctimas del año pasado, y decirle que todos los números que van más allá de los diez dedos de sus manos son demasiado grandes como para que una niña los entienda?

Anda junto a sus padres bajo el fuerte sol de una mañana de domingo en el Eje Central. Ojalá mañana entienda por qué lo hicimos.

Marchas y caminatas

Para ser honestos, hubiera preferido que se llamara caminata. Eso de marcha me recuerda a Pinochet. Deformación chilena: los militares marchan, los civiles caminan. Hablar de caminata me parece una invitación más amable, que va más allá de la mera acción de protesta. La caminata implica no sólo desplazarse de un lugar a otro, sino además hacerlo en íntima comunión con el espacio en que esta acción se desarrolla, creándose el contexto para el encuentro fortuito o el goce de un lugar que de pronto se devela al ser apreciado desde una velocidad y perspectiva distintas a las habituales.

No me dejan de llamar la atención las dos acepciones que la Real Academia da a la palabra caminata:

1. f. Viaje corto que se hace por diversión.

2. f. coloq. Paseo o recorrido largo y fatigoso

¿En qué definición cae la marcha del domingo? La idea era protestar, decir que se está hasta la madre, pero la oportunidad claramente fue aprovechada por muchos de los participantes para vivir y gozar la experiencia física y social de una calle que por un día se regalaba a todo aquél que quisiera hacerla suya a pie.

Las masas son gente

Para el cálculo de multitudes de pie en un lugar fijo se utiliza una media internacional de 2.8 personas por metro cuadrado. Es cosa de subirse a un helicóptero, tomar una foto más o menos perpendicular respecto a la concentración humana, trazar un polígono imaginario y hacer el cálculo Sin embargo, y a pesar de este procedimiento que parece en extremo sencillo, las diferencias entre las estimaciones son bastante apreciables. ¿Cuánta gente participó de la marcha y posterior concentración en el Zócalo? ¿90 mil? ¿150 mil? ¿200 mil? ¿Importa mucho saberlo? ¿Gana mayor legitimidad el reclamo ciudadano al haber una mayor cantidad de cabezas achicharrándose bajo el sol? Las masas son gente, no cifras decía aquella canción de Upa! que me gustaba escuchar más de veinte años atrás. En lo personal, a mí el número me da un poco lo mismo: vi a miles manifestándose en paz, en silencio, de una manera en extremo civilizada, quizás el mejor contrapunto para enfrentar a la barbarie que los convocaba. A estas alturas del partido, que esto suceda ya es una gran gracia.

Urbanerd

¿Cómo calcular la cantidad de gente marchando, que va a ritmos y en grados de compactación diferentes? Tarea para la casa.

Esta fragilidad peligrosa de corromperse

Aquí nadie discrimina a los negros porque todos somos negros.

Aquí nadie discrimina a los obreros porque todos somos obreros.

Aquí nadie discrimina a las mujeres porque todos somos mujeres.

Aquí nadie discrimina a los chicanos porque todos somos chicanos.

El Bello Barrio de Mauricio Redolés se parece demasiado al bello Eje Central de una soleada tarde de domingo, donde nadie discrimina a los zapatistas, los neozapatistas y los postzapatistas porque todos somos zapatistas, neozapatistas y postzapatistas, y la calle es suficientemente ancha y generosa para compartirla con grupos indígenas, los machetes oxidados de Atenco, organizaciones sindicales de capa caída, colectivos unipersonales y una imprenta móvil que reparte volantes con proclamas calientitas recién salidas del horno.

Aquí nadie discrimina a los comunistas porque todos somos comunistas.

Aquí nadie discrimina a los chilenos porque todos somos chilenos.

Aquí nadie discrimina a los cabros chicos porque todos somos cabros chicos.

Aquí nadie discrimina a los rockeros porque todos somos rockeros.

Espacio democrático por antonomasia, cualquiera que respeta el pacto tácito de convivencia dominguera en el Eje Central es bienvenido. Hay gente generosa que ofrece agua, naranjas y bloqueador solar a quien lo necesite. Tampoco faltan los vendedores de ocasión que ofrecen sombreros chinos a diez, paliacates y banderas a cinco, tatuajes a peso. Mi mochila se llena de volantes y pasquines de las asociaciones más variopintas; como si se tratara de un pacifista de bigote, alguna de estas publicaciones tiene la imagen de ¡Stalin! en su vértice superior derecho, cosa que a nadie le importa mucho. Alguna bandera cubana flamea en el horizonte, otro viene cubierto con una de Venezuela, y yo lamento no haber llevado mi banderita chilena (no será un país muy revolucionario que digamos, pero igual vale el gesto de solidaridad).

Hay gente que trae su propia instalación a cuestas, otro que toca algo parecido a un ukelele y un instrumento que no logro identificar; el de más allá está disfrazado de árbol, y unas monjas y un sacerdote caminan codo a codo con un grupo de punks que recibe sin mucho entusiasmo unos volantes de otro grupo, defensor este último de los derechos de los animales.

Aquí nadie discrimina a los punkys porque todos somos punkys.

Aquí nadie discrimina a los mapuches porque todos somos mapuches.

Aquí nadie discrimina a los hindúes porque todos somos hindúes.

Ven a vivir esta fragilidad peligrosa de corromperse.

Hablar de urbanismo es hablar de personas

Si la arquitectura cambia el paisaje, la gente lo cambia aun más. Basta que las personas se tomen el espacio habitualmente ocupado por miles de automóviles para que una calle carente de todo atractivo como el Eje Central se transforme en un lugar lleno de vida, donde la gente es espectadora y espectáculo al mismo tiempo. Lo mismo sucede con los ciclistas que los últimos domingos de cada mes transforman por completo el todavía menos atractivo Circuito Interior. Ni hablar de Madero, donde lo fascinante no es la arquitectura que da forma a la calle, sino los miles que la caminan a toda hora. Reforma a la altura del Parque Chapultepec es una avenida bellísima, un boulevard en el sentido físico de la palabra, que sin embargo puede ser mortalmente aburrida ante la crónica falta de gente en sus anchas aceras, amplios escenarios faltos de actores que les den vida.

Cuando hablamos de urbanismo finalmente estamos hablando de personas y de cómo éstas utilizan el espacio que la ciudad les ofrece. En versos llenos de amor y rabia Redolés (vuelvo a él) descubrió un bello barrio en el suroeste de Santiago de Chile, un barrio en que el tiempo está como detenido y chilenos que ya no existen todavía viven esa maravillosa fragilidad de corromperse. En una tarde de domingo descubrí una bella calle en el Distrito Federal, una calle de personas bellas donde nadie discrimina a los pobres, a los homosexuales, a los que andan en sillas de ruedas, a los que no tienen voz, a los que no tienen tribuna, porque aquí todos tenemos tribuna, y finalmente descubrimos que la calle es para eso, para gozarla, para que la gente se vea, se conozca y se respete.

Dignificar a la persona, no al automóvil

Alguien me comenta que es mucho más cómodo caminar por el arroyo vehicular que por el espacio espacialmente creado para estos fines. Nada sorprendente: en nuestra ciudad el tratado como la gente es el automóvil, no me canso de decirlo. No todos los días hay marchas con tal poder de convocatoria, y no todos los días se puede ocupar con todo desparpajo el arroyo vehicular para caminar. Sí se pueden crear condiciones para que en el día a día la gente vuelva a apropiarse de la calle. La dignificación del espacio peatonal es el primer paso.

No quiero verte marchando

Su espíritu ciudadano dijo basta a la altura de la estación Obrera. Siete kilómetros y tres horas bajo el sol siempre serán una dura prueba para cualquier niña de once meses. Su comportamiento a lo largo de toda la jornada fue ejemplar, más no se le podía pedir. Hasta allí llegó la peregrinación familiar.

Cuando subimos al tren de vuelta vimos a varias familias que se dirigían entusiastas al Zócalo; para ellos el día recién comenzaba. Sus rostros, los de los varios niños que iban de la mano de sus padres, decían que no todo está perdido, que mientras exista una sociedad capaz de despertarse del letargo y gritar su hartazgo la esperanza de días mejores no será sólo pasto para inocentes. Veo a esos niños y pienso que no me gustaría ver a mi hija en su lugar en unos años más. No, no me gustaría. Prefiero imaginarla caminando, no marchando, andando por placer en una ciudad que se hizo para el gozo, donde calles amables se llenan de gente por el puro gusto de estar con los demás. Verla marchar por dolor, rabia o impotencia no quiero.

No

3 Comentarios en Marchas, caminatas y 7 kilómetros de apuntes sueltos

  1. Excelente artículo, Rodrigo, felicidades! Comparto contigo y con tus lectores un artículo publicado por mi padre en La Unión de Morelos tras la primer manifestación convocada por Sicilia, por las calles de Cuernavaca — ¿Cuántos miles marcharon? (página 34 – No encuentro liga más que al ejemplar completo del periódico del 18 de abril)

    • Rodrigo Díaz // 13 mayo 2011 en 10:51 am // Responder

      Está muy bueno el artículo de tu padre. Eso sí, dudo que en el Zócalo quepan 600 mil personas. Contando superficie de calles, su área es de aproximadamente 4 hectáreas. Para llegar a 600 mil asistentes sería necesario que cupieran 15 personas por metro cuadrado, lo que es imposible. Un Zócalo lleno debiera albergar unas 120 mil personas, considerando que la densidad decrece a medida que la gente se aleja del escenario que se habilite.
      Échale un vistazo a este blog http://manifestometro.blogspot.com/

      Saludos

  2. Patricio Díaz // 16 mayo 2011 en 12:52 pm // Responder

    Mi nieta linda, en la caminata por la paz.
    Lo mejor que pueden dejarle sus padres, un país en paz. Mexico se merece eso y mucho más, es un país precioso, con avenidas y parque que invitan a caminar.
    !!!!!viva Amaya, viva Mexico!!!!!!

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