La ciudad de los parches

El mercado –al menos en la ciudad- rara vez actúa de manera muy solidaria. Es paisaje común en nuestras periferias la profusión de conjuntos habitacionales que aparecen como hongos haciendo caso omiso de toda noción de entorno, negando no sólo la existencia de la ciudad que los acoge (para eso se ponen muros, rejas y guardias), sino también de vecinos considerados a priori como leprosos de los cuales más vale la pena estar bien separados.

No conozco la historia de la imagen aérea, que retrata un suburbio en El Marqués, Querétaro, pero uno se la puede imaginar sin temor a equivocarse mucho. Allí el primer desarrollador inmobiliario probablemente llegó hace unos pocos años creyendo que se trataba de la isla de Gilligan, y que por lo tanto podía hacer en su terreno lo que le viniera en gana, teniendo la certeza que nadie nunca jamás se colocaría a su lado. La oficina municipal puso lo suyo, aprobando sin mayores inconvenientes un proyecto pensado en sus orígenes para estar totalmente aislado del resto del planeta. Sin embargo, y contra todo lo previsto, a los pocos meses vino a instalarse a su lado un segundo conjunto, también con un flamante permiso municipal bajo el brazo, que para no ser menos se implantó de la misma manera que su predecesor. Y así llegó un tercero, un cuarto, un quinto, ocho desarrollos al final (me resisto a llamarlos barrios), todos los cuales negaron olímpicamente la existencia de una ciudad y un entorno que para ellos sólo proveía un suelo donde posarse (finalmente esa misma ciudad despreciada se encargará de suministrar el equipamiento y servicios que nunca llegarán al interior de los muros de tan egoístas ocupantes). El resultado se aprecia a simple vista: un potpurrí urbano en el que la idea del total está absolutamente ausente, lo que se manifiesta en una colección de tramas y fragmentos inconexos entre los cuales quedan retazos de terreno –maravillosos lugares para arrojar basura, cadáveres o desechos nucleares- que nadie sabe cómo se van a llenar en un mañana que se ve tan triste como cercano.

El urbanismo como disciplina está intrínsecamente ligado a una cierta noción de futuro. Hasta las ciudades más antiguas se originaron teniendo una idea preconcebida de cómo utilizarían su territorio a lo largo del tiempo. Autores como Charles Delfante no dudan en señalar que siempre hubo un plano que guiara el crecimiento de las ciudades, incluso en los casos donde la expansión se desarrolló de manera más orgánica, en los que tras el aparente azar se pueden encontrar principios que guían los trazados y la inserción en el espacio de los volúmenes construidos. Buen ejemplo de esta concepción de futuro es el damero traído por los conquistadores españoles a América, un soporte pensado para la constante expansión del tejido urbano sin un horizonte temporal definido. Rígido a primera vista, en la práctica demostró una flexibilidad tal que permitió durante siglos el crecimiento de las ciudades de una manera clara, reconocible y tremendamente funcional. La cuadrícula en ningún momento coartó la existencia de edificios notables, pero la construcción de estos siempre se hizo sujeta a las propias reglas que imponía la trama, donde la suma de las partes es más importante que el lucimiento individual de sus componentes. Si hasta las ciudades medievales y los campamentos romanos devenidos en ciudades, modelos cerrados en su origen, facilitaron su expansión extramuros al establecer grandes ejes estructurales dotados de accesos en sus extremos, lo que permitió la fácil conexión con tramas que visualizaron un futuro más allá de los ideales plasmados en un trazado pensado como un todo absoluto. Sin querer queriendo fueron generosas con un porvenir más allá de sus muros que conscientemente jamás previeron, pero que quizás intuyeron.

Yendo a ejemplos más recientes, ciudades como Nueva York y Barcelona llegaron a ser las grandes urbes que son hoy en día en gran parte debido a la visión que tuvieron en un determinado momento de su historia, cuando decidieron pensarse e imaginarse a muchos años plazo definiendo con anticipación una trama que se iría llenando de acuerdo a las necesidades de expansión que fueran apareciendo a lo largo del tiempo. Así, nadie, por poderoso que fuera (y en Barcelona y Nueva York hay varios) podía ir más allá del ideal colectivo plasmado en la cuadrícula de ambas ciudades.

Nueva York, cuadrícula de 1811

Cuando el planificador de la ciudad cree que su labor se limita a otorgar permisos de construcción que se limitan a no transgredir las normas vigentes, el collage urbano (citando a Colin Rowe) deviene en pegoteo. Fuck the context! gritaba Rem Koolhaas, que nunca ha creído mucho en aquello del genius loci que nos enseñaban en la escuela de arquitectura. Fuck the context! gritó alguna vez Le Corbusier al hacer un llamado a destruir un modelo ciudad (la ciudad para los burros) que él consideraba caduco. Su propuesta habrá sido discutible, pero no puede negarse la coherencia de todas las partes con un discurso donde el total urbano siempre es más importante que sus componentes por separado. Fuck the context! gritan también en Querétaro, en Ixtapaluca, en Tijuana, en Tlajomulco, claro que sin un discurso que no sea el del rechazo a hacer ciudad, probablemente la única norma e inspiración que guía una mentalidad cortoplacista que en la historia urbana jamás tuvo lugar.

4 Comentarios en La ciudad de los parches

  1. Muy buen articulo. Creo que es una realidad compartida de muchas de nuestras ciudades. Por desgracia la ignorancia y el conformismo imperan en muchos espacios de relevante decisión del sector público. Creo fervientemente en lo público y en su función de servicio para la ciudad y su gente, pero cuando ese concepto no es bien entendido arrastra consecuencias tan destructivas hacia la sociedad que en algunos casos tardarán generaciones enteras en desterrarlas.
    Saludos desde Argentina.

  2. El problema de la ciudad no es que esté poblada de humanoides, sino que estos son egoístas y arrogantes…

  3. Te felicito por tus Artículos y blog, Espero me puedas contestar esta pregunta; que soluciones darías estando en una posición diferente, me refiero a Funcionario Urbano o Promotor de estos desarrollos, para evitar estos conflictos y tener una mejor Ciudad?

  4. Reblogueó esto en SalvoLomasy comentado:
    La ausencia de una idea de ciudad en los burócratas y políticos genera caos y disfunciónalidad

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