Tenencia, impuestos verdes y la necesidad de un nuevo enfoque

Este artículo apareció en la edición impresa de Tomo de agosto de 2011

Financiar la construcción de albercas y pistas atléticas, de gimnasios y plataformas de clavados. Ésa fue la razón que en 1962 inspiró al presidente Adolfo López Mateos para añadir a la Ley de Ingresos un artículo que creaba el impuesto sobre la tenencia vehicular, (im)popularmente conocido desde entonces como la Tenencia a secas. El resto de la historia es más o menos conocido: la forma elegida para reunir los fondos para la ejecución de las obras de las Olimpiadas del 68 demostró ser tan efectiva que los siguientes gobiernos olvidaron –olímpicamente- el carácter temporal con que se había decretado la dichosa carga tributaria. La vieja historia de lo provisorio permanente, de tan profunda raigambre en Latinoamérica, se vendría a regularizar –otra práctica favorita en estos lados- y consolidar con el transcurso de los años, convirtiendo a la Tenencia en pilar fundamental del presupuesto anual de cada uno de los estados del país.

Jason Brockert, American Landscape #1

¿Cómo podemos evaluar los resultados de la aplicación de este impuesto cuando se anuncia su derogación en toda la República a partir del primero de enero del próximo año? Como en todo orden de cosas, el análisis depende mucho del cristal con que se mire el asunto. Aunque su propósito jamás fue el de ser utilizada como herramienta para la instrumentación de políticas de transporte, en la práctica la Tenencia tiende a ser evaluada desde esta perspectiva, debido al impacto directo en el costo de utilización del causante principal de los problemas de movilidad que afectan a las ciudades mexicanas. Desde este punto de vista, y a pesar de lo que sostenga más de algún urbanista, habrá que decir que los efectos positivos de la Tenencia en el transporte urbano son más que discutibles; el balance más bien indica lo contrario.

Siempre hay que tener en cuenta que todo automóvil, por el sólo hecho de circular en nuestras calles, produce externalidades negativas, es decir, efectos colaterales que sufre el resto de la población, como contaminación atmosférica, ruido y congestión, que se producen de manera inmediata cuando un ciudadano toma la decisión de dar vuelta la llave de encendido de su automóvil. Sin embargo, y al contrario de lo que señala la muy extendida creencia, estas externalidades están lejos de ser completamente compensadas por el pago de la Tenencia, que, por el contrario, provee dos incentivos tremendamente perversos. En primer lugar, premia a los dueños de automóviles más baratos o antiguos – que generalmente son los más contaminantes, lentos, e inseguros – cobrándoles menos que a los automóviles más modernos. En segundo término, estimula a los dueños a rentabilizar el pago del impuesto: si ellos realizan pocos viajes al año, claramente la Tenencia resultará tremendamente onerosa para sus bolsillos, mientras que su costo se diluirá en la medida que hagan un mayor uso de sus automóviles. Tal como señala el popular economista Tim Harford, “lo que tiene una mayor importancia en el tema de la congestión es el precio marginal que los conductores pagan; o, para expresarlo de otro modo, el precio que pagan por realizar un viaje más”. De esta manera, el impuesto resulta más liviano para el que utiliza su auto todo el día, quien prorratea su costo entre muchos viajes, mientras que aquel conductor que usa el coche de manera moderada (y que genera pocos efectos negativos en el ambiente y el tráfico) se ve castigado por una incidencia mayor de la tributación en el costo total de cada viaje. Alguien dirá que la existencia de la Tenencia impide una mayor entrada de automóviles a nuestras congestionadas calles. Difícil saberlo a ciencia cierta; hasta donde yo conozco, no hay ningún estudio que cuantifique el número de personas que se ven impedidas de acceder al mercado vehicular por la existencia de este tributo. No creo que sean muchas: mal que mal, los sectores de menos recursos aspiran a comprarse autos más bien económicos o con varios años sobre el cuerpo, para los cuales el impuesto alcanza un valor más bien bajo.

Ahora bien, si el problema se analiza desde el punto de vista económico y social, las conclusiones pueden ser radicalmente distintas. En efecto, la gran gracia de la Tenencia es que ha contribuido en no menor medida a hacer una redistribución del ingreso en una sociedad donde éste se encuentra particularmente mal repartido. A pesar de la arraigada idea de que el automóvil es un bien cuyo uso se encuentra ampliamente extendido dentro del espectro social, los números dicen una cosa bastante distinta: del 60 por ciento de la población con menores ingresos, sólo un diez por ciento de los hogares cuenta con un automóvil de su propiedad, el que dado su bajo precio paga muy poco por concepto de impuestos. Dicho de otra manera, la Tenencia es una carga que ha afectado los bolsillos exclusivamente de la mitad más rica del país, particularmente del 10 por ciento con mayores ingresos (que es el sector que compra los autos que más pagan), generando millonarios recursos que han servido en su mayoría para financiar –se supone- programas sociales orientados precisamente a aquellas familias que dados sus precarios ingresos no pueden lucir un automóvil al frente de sus casas.

¿Por qué hoy, casi cincuenta años después de haber sido instaurada, se deroga la existencia de la Tenencia? Seguramente las arcas fiscales están abarrotadas de dinero, que de otra manera no se explica que los estados se desprendan de manera tan fácil de una fuente de recursos tan generosa como confiable, y que tan solo en el DF genera algo así como seis mil millones de pesos anuales, equivalentes a alrededor del 4 por ciento del total de ingresos percibidos por las finanzas capitalinas (porcentualmente no suena a mucho, pero en la práctica alcanza para construir –y regalar- unas 30 mil viviendas económicas al año). El gobierno señala que el propósito de la medida es ampliar el poder adquisitivo de las familias mexicanas; el único problema es que sólo se amplía el de aquéllas que cuentan con los bolsillos más holgados, que son las que precisamente menos necesitan de la ayuda del Estado. Si alguien sale ganando en este cuento, no debemos buscarlo en la base de la pirámide socioeconómica.

Oportunidades en medio de la confusión

No conozco a nadie que disfrute de pagar impuestos, más aun en una sociedad que gusta de presentarlos como una carga arbitraria sin una compensación que la justifique. En este sentido, el impuesto a la tenencia vehicular no gozaría de gran popularidad por el carácter “aspiracional” que tiene la compra de un automóvil, considerado no sólo como un vehículo para transportarse, sino también para el ascenso en la escala social. Por ello resulta más que entendible que el ciudadano medio, que ve en el auto un símbolo de estatus y de mejora en su calidad de vida, en este ámbito tienda a considerar al Estado como un enemigo que coarta o atenta contra sus legítimos sueños y aspiraciones, aun cuando este ciudadano dependa en gran medida de la acción que ese mismo Estado le brinda en áreas donde el mercado no puede satisfacer sus necesidades, como educación, salud o seguridad, y que se financian en gran medida con los recursos provenientes de la Tenencia.

Hay algo que no cuadra en toda esta historia: si en la actualidad tenemos un impuesto que sí se paga, que no afecta a los más pobres, y que genera millonarios ingresos –provenientes en su mayoría del cuarto más rico de la población- para financiar programas sociales, ¿para qué eliminarlo? La pregunta es particularmente válida desde el momento en que ya empieza a plantearse la necesidad de crear nuevas fuentes de financiamiento que hasta el momento nadie ha sabido explicitar. Se habla mucho de la creación de un “impuesto verde” (todo lo verde suena bien) que reemplazaría a la impopular Tenencia, pero hasta el día de hoy no he podido encontrar a nadie que sepa explicar en qué consistiría este tributo, a quién estaría dirigido (¿personas o empresas?), cómo se cobraría, ni cuántos ingresos se obtendrían mediante su aplicación.

Nada tiene mucho sentido, pero de la confusión puede nacer más de alguna oportunidad. Como no hay muchas ideas dando vueltas por el ambiente, me atrevo a sugerir unas cuantas iniciativas que a mi juicio perfectamente pueden reemplazar al impuesto a la tenencia vehicular, que sí tienen un impacto positivo en la movilidad urbana y el medio ambiente, y que no castigan el bolsillo de la población de menores ingresos. En primer lugar, propongo una progresiva disminución del subsidio a la gasolina, que este año costará a las arcas fiscales unos 150 mil millones de pesos, y cuyos principales beneficiarios son quienes conducen un vehículo particular, sector que como vimos anteriormente, está compuesto por la mitad de la población con mayores ingresos. En segundo término, considero que cada día se hace más necesario implementar sistemas de cobro por el uso de las vías urbanas congestionadas. Este modelo ha demostrado ser un éxito en lugares tan distintos como Londres, Estocolmo, Singapur y Santiago de Chile, permitiendo racionalizar la oferta de un bien escaso –la calle- que es objeto de una alta demanda cuyas necesidades resulta imposible satisfacer de manera adecuada con la infraestructura existente (no importa si se hacen Supervías ni segundos o terceros pisos, estos terminan saturándose al poco tiempo de funcionamiento). Algo parecido debiera hacerse con los estacionamientos, disminuyendo su número e instalando un sistema de parquímetros en las áreas de mayor demanda, una de las maneras más efectivas que se conocen de regular el tráfico vehicular. Por último, ya va siendo hora de empezar a planificar la implementación de dispositivos electrónicos que permitan el cobro por la utilización que se hace del automóvil, similar a lo que sucede en el mercado de la telefonía celular, donde mientras más se ocupa el sistema, más se paga por él. Hoy día ya se han desarrollado tecnologías que permiten la instalación de pequeños dispositivos al interior de los automóviles que son capaces de registrar tiempos, distancias y lugares de uso, pudiéndose considerar variables como la cilindrada del vehículo o la incorporación de tecnologías no contaminantes para el cálculo de una tarifa a pagar por los perjuicios ambientales que ocasiona la decisión de hacer circular un automóvil en la ciudad. Este sistema, bastante más justo que el pago de la Tenencia, premia a quien hace un uso responsable y eficiente de su automóvil, castigando al que lo utiliza de manera desmedida.

No, no tengo ni un problema en que la mayor cantidad de gente pueda adquirir un automóvil, pero sí me preocupa que esto no vaya acompañado de medidas tendientes a fomentar un uso responsable y eficiente del mismo. Tal como ocurre con en el alcohol, el automóvil es extraordinario si se consume con moderación, y así lo han entendido varios países desarrollados, que muestran tasas de tenencia mucho más altas que la mexicana, pero que han sido capaces de desarrollar modelos de crecimiento urbano que en la práctica obligan a hacer un uso moderado de los vehículos particulares. Es de esperar que la eliminación de la Tenencia sea una oportunidad para abrir el debate en torno a temas no sólo de desarrollo urbano, sino de calidad de vida y desarrollo económico y social en nuestras ciudades. El actual modelo urbano orientado a satisfacer exclusivamente las necesidades del automóvil sencillamente ya no aguanta más; un cambio en la manera de pensar el espacio donde vivimos resulta por lo tanto más urgente que nunca.

2 Comentarios en Tenencia, impuestos verdes y la necesidad de un nuevo enfoque

  1. Hola Rodrigo. En la Condesa el problema de los coches, valets parkings, viene vienes, lugar para estacionarse y congestionamiento permanente en la zona de más restaurantes, es un problema permanente. Quienes vivimos ahí no podemos estacionarnos afuera de nuestras casas nunca. La gente más exagerada cree que el pedazo de calle frente a su casa es suya y le pone tubos y cadenas y demás trampas para que nadie ocupe “su” lugar. Aunque realmente es complicado encontrar lugar, tampoco me parece que los vecinos se apropien de ese espacio. Ahora, si ponen parquímetros ¿los habitantes de la colonia deberán pagar por estacionarse frente a su casa?

    • Sí, Mirak.

      Aquí en el UK me hacen un descuento por estacionarme en las calles alrededor de mi casa, sin embargo, no se me exenta del pago de estacionamiento; el precio es menor, desde luego, pero es cobro al fin y al cabo. La lógica detrás del pago es sencilla: cuando adquieres un abrigo (propiedad privada) no lo pones en un ropero que luego atas a un árbol en el parque (propiedad pública) durante los meses del Verano. Así mismo, ¿por qué el resto de la población tendría que pagar por un espacio para guardar MI propiedad privada? Hay vecindarios en que no se cobra el estacionamiento en sus calles, en esas areas, como supongo que ya adivinaste, el precio del predial es mucho más elevado que en las otras areas de la ciudad; desde luego en esas zonas viven personas con mayores ingresos.

      Por otra parte, al comprar un auto pago, además del precio del vehículo: i) el impuesto de tenencia (“road tax” que le llaman) que hay que renovar cada año o semestre según lo prefiera, y ii) anualmente pago la verificación ambiental y de condiciones de seguridad de mi auto (M.O.T.).

      Una vez en la calle pago: i) 1.50-1.70GBP (unos $30-$35 pesos) por litro de gasolina, ii) si quiero entrar al centro de Londres (ya redujeron el área de cobro) pago 10GBP (unos $200); y finalmente, iii) pago otro tanto por estacionarme.

      En contraparte, tengo un sistema de transporte urbano y suburbano esplendente (y aún así patético en comparación con sistemas similares de otros países más avanzados) que vuelve casi innecesario el uso del auto -ni siquiera cuando neva-, ya que hay un sistema de transporte público eficiente (el costo por viaje sencillo es de 1.20GBP -unos $25-) y un sistema ferroviario que me llevan al centro de Londres con pocas incomodidades. Para obtener mi licencia pasé dos exámenes (teórico y práctico) y, por lo tanto, cuando paso de ser peatón a ciclista, sé que los camiones y autobuses se abrirán al rebasarme y me darán preferencia al volverme peatón sin que en ello les vaya la vida ni con ello pierdan su hombría tan cara en esta Albión.

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