La desigualdad en forma de pavimento

Provengo de una ciudad, Santiago, donde la desigualdad tiene forma de pavimento. Es cosa de ir a un barrio de altos recursos para darse cuenta que en general las aceras presentan un muy buen nivel: bien diseñadas, limpias, bien mantenidas, amables con las personas con discapacidad, sombreadas por bellos árboles y provistas de una atractiva gama de mobiliario de acero inoxidable con logo municipal. Cambia la cosa al ir hacia sectores más populares, donde el nivel de las aceras en particular –y del espacio público en general- decrece ostensiblemente. A cada quien la ciudad que sus bolsillos pueden pagar parece ser la consigna de una ciudad que comúnmente gusta tratar a sus habitantes como clientes en vez de ciudadanos con igualdad de derechos.

Acera en el linajudo barrio El Golf, Santiago

Estas odiosas diferencias desaparecen por completo en  México. Aquí el espacio peatonal es malo por igual, importando poco el valor de las propiedades que lo rodean. Es más, uno podría aventurar que existe una relación inversamente proporcional entre calidad de las aceras y nivel de ingresos de los habitantes de un barrio. Hace un tiempo Andrés Lajous hacía una lúcida crónica de la aventura de caminar por las infames banquetas –cuando existen- de Interlomas, probablemente el lugar más rico de todo México. Un reciente video subido por Reforma no hace más que confirmar las observaciones de Lajous. No son mejores las cosas en Santa Fe, otro lugar donde los recursos no son problema, pero donde la caminata se torna condena a transitar en espacios pensados –y mal- exclusivamente para el automóvil.

Si hasta colonias de altos ingresos, como la Condesa y Polanco, que tienen fama de ser más amables con el peatón, frecuentemente presentan aceras mal diseñadas y peor mantenidas, fiel reflejo de una ciudad donde el transeúnte tiende a ser visto como un problema (ni hablar de las personas con discapacidad).

Acera en Polanco, México DF

En mis más de tres años viviendo en el DF, creo que jamás he visto a alguien rico caminando por el centro. Es más, es muy raro verlos caminando por cualquier lugar, incluso en sus lugares de residencia. No salen de sus casas, y cuando lo hacen es a bordo de un auto que los deja en la puerta de su lugar de destino. Por temor o desidia, la experiencia urbana de la caminata es un profundo misterio para ellos, y por eso no tiene nada de extraño que las aceras que surcan sus barrios no se diferencien mayormente de aquellas construidas en zonas donde el dinero es un bien escaso. Finalmente, y desde el punto de vista urbano, todos tienen vida de pobres.

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