La ciudad de la basura

Por Margo Glantz[1]

Publicado en La Jornada el jueves 12 de enero de 2012

Basura amontonada frente al Hemiciclo a Juárez. Imagen: vivirmexico.com

Leo en una nota de prensa: La Ciudad de los Palacios, como se ha conocido a la capital de México, se ha convertido en la Ciudad de la Basura, debido a la falta de un tiradero por el cierre del Bordo Poniente. Viejo problema, que, como muchos otros (los sistemas de desagüe, por ejemplo), se ha venido arrastrando por los siglos de los siglos, amén. A juzgar por lo que se decía en otros tiempos, México ha sido siempre la ciudad de la basura.

Quizá pueda corroborarse con una sola cita de Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, libro al que hay que regresar por su inteligente y amena manera de registrar lo que México fue en el siglo XIX, y, quizá, el México de hoy. La población de La Viña, el mítico basurero de la ciudad, a principios del siglo XIX…se componía de traperos, pordioseros y de perros, y los suburbios y paredones eran habitados de noche por los matuteros y rateros que no tenían casa ni hogar. Ninguna persona del interior de la ciudad se atrevía a transitar por la Viña después de las siete de la noche y, al referirse al mismo basurero por las mañanas, agrega: no había… ni perros, ni traperos, ni arrieros, ni nada; el sol reverberando, calentaba las montañas que parecían arder y se comenzaban a desprender gases mortíferos y deletéreos que el viento se encargaba de introducir hasta los más ricos corredores de los desgraciados habitantes de la ciudad.

En su segundo informe de gobierno, Marcelo Ebrard dijo: Otro tema prioritario a resolver en esta administración es el relativo a la basura. La estrategia será reducir los actuales volúmenes de basura y avanzar en su reciclamiento. Impulsaremos medidas en el sentido del ahorro que eviten el desperdicio.

En enero de 2009, en su blog Pedestre y refiriéndose a esta declaración comentaba Rodrigo Díaz, arquitecto urbanista: “En todo caso, sería injusto culpar a Ebrard por problemas de larguísima data que han generado un sistema aberrante para una urbe del tamaño y complejidad de la Ciudad de México. ¿Por qué aberrante? Básicamente por el alto grado de informalidad presente en todas las instancias del sistema, que no sólo lo hacen extremadamente frágil, sino que lo condenan a una ineficiencia crónica, propia de un estado de subdesarrollo que esta ciudad debió haber dejado hace rato.”

Obviamente, no podemos culpar a un solo mandatario por no resolver un problema que se venía arrastrando desde hace mucho tiempo, pero tampoco podemos aceptar que al cabo de varios años de gobierno la solución haya sido cerrar el tiradero habitual para luego distribuir la basura por las calles más transitadas de la ciudad, sin haber previsto cuál podría ser el nuevo depósito.

Termino este texto, con otra cita, ¡qué remedio!, proviene del mismo Rodrigo Díaz: “Cambiar el actual escenario requiere no sólo de visiones técnicas, sino más que nada políticas, las cuales deben tener en consideración la importante variable social del problema. Desde ya, una buena manera de empezar sería entender que un sistema eficiente de recolección de basura no puede estar basado en la paga de propinas. Instaurar el cobro por el retiro de residuos, tal como sucede en todas las ciudades del mundo desarrollado, transforma la recolección en una obligación y no en un favor. Esto no significa en absoluto la desaparición de la fuente de trabajo para las miles de personas que hoy trabajan como barrenderos, burreros, pre pepenadores o pepenadores, sino más bien abre la posibilidad para su incorporación de lleno a un sistema en que su labor puede ser complementaria a los canales formales de recolección, tratamiento y depósito. Un sistema así, más transparente, ayuda además a debilitar el sistema de prebendas y mordidas hoy instalado en gran parte de las ciudades de México. Que quede claro que no estoy hablando de privatizar el sistema, que el mundo está lleno de buenos ejemplos tanto públicos como privados. Lo que hace falta es definir cuál es el más adecuado para cada lugar y situación.”


[1] No acostumbro a publicar columnas de otros en este espacio. Sin embargo, hoy haré una excepción por tres razones: porque el tema está en boga, porque aparezco profusamente citado, y porque la autora es mi querida suegra.

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