Más smartphones = mayor uso del transporte público

Campaña de BMW

Al llegar a una esquina, para un peatón puede ser mil veces preferible encontrarse con un conductor borracho que con uno adicto a la tecnología. El borracho al menos tendrá puesta toda su atención en lo que hay delante de él; que los reflejos no le respondan de una manera adecuada es harina de otro costal. En cambio, el automovilista que gusta usar su smartphone mientras maneja, usualmente tiene la cabeza puesta en cualquier parte, situación que inmediatamente lo convierte en un elemento potencialmente mortal. Con ellos no funcionan los pasos de cebra, los semáforos ni las negociaciones visuales; sencillamente hay que dejarlos pasar si se quiere llegar sano y salvo a destino. Un hecho inesperado proporcionó la mejor evidencia para avalar esta apreciación.

El año pasado millones de usuarios de Blackberry sufrieron de un apagón tecnológico que durante tres días inutilizó sus aparatos. Fue entonces cuando el jefe del departamento de tránsito de la policía de Abu Dhabi, Emiratos Árabes, tuvo la feliz ocurrencia de investigar si este hecho había tenido repercusiones en materia de tránsito. El hallazgo fue sorprendente: el número de accidentes viales en su territorio en esos días disminuyó en un 40 por ciento. ¿Hecho fortuito? Al parecer no, ya que los niveles volvieron inmediatamente a sus tristes rangos históricos una vez que el apagón fue solucionado. Ni un misterio; mal que mal, cada día es más frecuente ver a conductores que ya no sólo hablan con el celular pegado a la oreja mientras manejan (¿por qué en México nadie ocupa el sistema de manos libres?). También responden correos, chatean, tuitean, ven facebook, matan marcianos, juegan poker en línea… Al parecer, mientras existan una mano y un ojo para manejar, la mano y el ojo libres perfectamente pueden ser ocupados en trabajar, matar el tiempo, o ganar algún dinero virtual. Aunque las cifras de accidentes por distracción de los conductores se han disparado a nivel mundial, las sociedades se han tomado demasiado tiempo en tomar el tema con la seriedad que merece. Todo el peso de la ley bien ejercido contra el automovilista en estado de ebriedad desaparece cuando este mismo conductor anda con la vista fija en una pantallita y no en la vía que tiene por delante. Multas irrisorias, fiscalización inexistente, y los muertos se siguen acumulando en el frío pavimento.

Afortunadamente la historia tiene su reverso de la medalla, que es bastante más feliz. Un estudio recién publicado por  el U.S. Public Interest Research Group demuestra que en Estados Unidos es cada vez mayor la población joven (entre 16 y 34 años) que prefiere utilizar el transporte público en vez del automóvil particular. Las cifras son elocuentes: entre 2001 y 2009 el número total de kilómetros anuales realizados por este grupo en automóvil privado bajó de 16,480 a 12,640, lo que supone una caída nada despreciable de un 23 por ciento. No todo se puede explicar por el alza en el precio de la gasolina. De hecho, en el mismo período los jóvenes provenientes de familias con ingresos medios y altos aumentaron el uso de transporte público en un 100 por ciento, de la bicicleta en un 122 por ciento, y de sus pies para caminar en un 37 por ciento. Hay varias razones para explicar el fenómeno, pero una está intrínsecamente ligada al uso de smartphones.

Si a mí me preguntan por qué prefiero desplazarme en transporte público, inmediatamente respondo que porque me permite leer. Nada de protección al medio ambiente, economía, comodidad o rapidez: la pura posibilidad de lectura me resulta motivo más que suficiente para preferir andar arriba de un microbús o en metro. No soy el único; últimamente me he topado con varios que leen bastante más que la media nacional por el sólo hecho de preferir el transporte colectivo. No todos utilizan este tiempo de viaje de igual manera. Algunas señoras tejen, otros duermen, y cada día más hay gente que aprovecha para meterse de lleno en sus smartphones, teniendo la tranquilidad que es otro el que ocupa todos sus sentidos –se supone- para manejar. Las manos y cabeza libre que ofrece el transporte público permiten chatear más rápido, visitar más sitios y matar más marcianitos (lo siento, soy de la época del Space Invaders), y eso es algo que muchos responsables jóvenes norteamericanos realmente aprecian. Librarse de la esclavitud del volante y transformar el tiempo perdido en tiempo ganado es una idea que cada día suena más atractiva en los que finalmente serán los conductores del mañana, y eso no deja de ser una excelente señal.

No importan las razones por la cuales preferimos el transporte público, lo importante es que lo utilicemos.¡Lee!, prefiere el transporte público. ¡Juega!, prefiere el transporte público. ¡Chatea!, prefiere el transporte público. No suena mal.

Campaña de Zappos

Campaña de la policía de Kuwait

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