Crónicas de China I. El ocaso de las bicicletas

En cada uno de los grandes ejes viales que definen sus macromanzanas, envidia de Le Corbusier y Lucio Costa, hay una ciclovía de un ancho más o menos respetable. En teoría unidireccionales, en ellas comparten espacio bicicletas con motos de baja cilindrada, las que usualmente arrastran un carrito multiuso. Es común que en cada esquina, frente a las flamantes estaciones de Metro, o cerca de lugares de alta concentración de actividades, se instalen grandes cicloestacionamientos en los que el robo es una práctica que todavía no hace su estreno en sociedad (un U-Lock es un artefacto de dudosa utilidad en estos parajes). Alrededor del 20 por ciento de los viajes en la ciudad se hacen en bicicleta.

Cualquier urbe estaría más que orgullosa de esta infraestructura y de poder exhibir un reparto modal así, sobre todo sabiendo además que los viajes a pie suman alrededor del 30 por ciento. No es el caso de Beijing. Allá esta situación les preocupa. Y es que la existencia de una red de ciclovías, lejos de ser un triunfo del pueblo ciclista, puede considerarse hasta un fracaso, el último bastión del siempre poderoso pedal chino, que hasta no hace mucho tuvo toda la calle –muy, muy ancha- a su entera disposición para desplazarse (leo que hace 20 años la participación de la bicicleta en el reparto modal se empinaba hasta el 80 por ciento, sin contar peatones). Suma y sigue. Beijing está pronta a inaugurar su sistema de bicicletas públicas, motivo de orgullo en cualquier parte del planeta, pero que en otro contexto puede considerarse como signo inequívoco del retroceso de los pedaleros más numerosos del mundo, que jamás necesitaron de un proyecto así para moverse.

Pedalear es cosa de pobres: el sueño de cualquier habitante de la China contemporánea es manejar uno de los millones de autos que en pocos años llevaron a esos lados la adictiva costumbre de la congestión vehicular. Nos pasan a buscar en un Audi gigante del mes, negro, vidrios polarizados. Mientras más caro mejor, mientras más grande ídem, pienso mientras miro las vitrinas de los concesionarios de Lamborghini, Bugatti, Aston Martin, McLaren, Maseratti y Ferrari, tan numerosas en la ciudad como los McDonald´s, KFC y Burger King (voy a la Gran Muralla en Mutianyu y lo primero que veo es un anuncio de Subway).

Los tiempos han cambiado. Las autoridades también están preocupadas por el monstruo que están creando (bastante bueno en más de algún sentido). Quieren que la gente vuelva a pedalear. La meta es recuperar para las bicicletas el 25 por ciento del reparto modal en Beijing. Los cambios suceden a una velocidad tan grande como el poder de determinación de los chinos. Estoy seguro que lo van a lograr, y sin embargo se acordarán con nostalgia de los no tan lejanos días en que la gigantesca Avenida Chang’an no era más que un silencioso río navegado por bicicletas.

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