Las expropiaciones son lo de menos

Artículo publicado en El Quinto Poder
Imagen: Patricio Fuentes, La Tercera

Imagen: Patricio Fuentes, La Tercera

Nada mejor para un proyecto de dudosa conveniencia que centrar su discusión en un tema menor que logre desviar la atención de la opinión pública y así no entrar de lleno en el debate de fondo sobre las soluciones que plantea. Con el perdón de los potenciales afectados (que están en todo su derecho de reclamar por una propuesta que no se ha caracterizado por su transparencia), creo que es un error focalizar el problema de la Autopista Vespucio Oriente en el tema de las expropiaciones, ya que nos distrae del asunto principal, que es el de la autopista urbana como solución a la congestión vehicular en Santiago. Centrar la discusión en la posible demolición de casas nos hace creer que una vez salvado el obstáculo (ya sea evitando la demolición o llegando a un acuerdo satisfactorio para los afectados) desaparecen inmediatamente los problemas que lo originaron. Nada más lejano a la realidad. Vespucio Oriente no es una mala solución por la expropiación de las propiedades de algunos vecinos, sino porque en modo alguno resuelve las necesidades de movilidad de la ciudad. Más bien significa un retroceso.

Es una mala solución porque no hace más que incentivar el uso del automóvil particular, que es justamente el que produce los altos niveles de congestión en nuestras calles. El fenómeno se llama tráfico inducido, y se define como el progresivo aumento en la demanda (más autos en movimiento) a raíz del incremento en la superficie de circulación (nuevas vías). ¿Suena fantástico? Es exactamente lo que ha ocurrido con autopistas urbanas como la Costanera Norte, que en pocos años pasó de ser una vía rápida a un río de automóviles andando a baja velocidad en las cada vez más prolongadas horas punta. En materia de agilización del tráfico, Vespucio Oriente es pan para hoy y hambre para mañana.

Es una mala solución porque destruye el espacio público, no importando si se construye a nivel de suelo, elevada o bajo tierra. Un túnel puede dar espacio a un parque en su superficie, pero también debe contemplar grandes obras para entradas y salidas de vehículos  –se informa que en este caso serían cinco- que producen profundas heridas en el tejido urbano, segregan barrios, y generan típicos cuellos de botella que a la larga originan gran congestión dentro y fuera de la autopista. En otras palabras, la velocidad que supuestamente se gana al interior de la vía expresa se pierde al momento de salir de ella y entrar a la vialidad local.

Es una mala solución porque no hace más que dilatar la adopción de medidas que sí tienen alto impacto a la hora de enfrentar la congestión vehicular. El problema no es la falta de infraestructura, sino el exceso de vehículos. Una ciudad del tamaño y características de Santiago no puede basar sus políticas de movilidad en el uso del automóvil particular; no hay calles que aguanten ni economía que lo resista. La congestión vehicular no se combate multiplicando la cantidad de vías para la circulación de más automóviles, sino ofreciendo más y mejor infraestructura para el transporte público, la bicicleta y la caminata, y adoptando medidas orientadas a hacer un uso más racional del automóvil, como la gestión del estacionamiento, el establecimiento de zonas de tarificación vial, y el fomento al uso del auto compartido.

Es una mala solución porque nos hace creer que es la ciudad la que tiene que adaptarse al número creciente de automóviles, y no al revés.

El problema no es el número de autos, sino cómo los utilizamos. Contrariamente a lo que se nos quiere hacer ver, Santiago no está condenado a Vespucio Oriente, una solución que sólo beneficia a quien la construye. Santiago necesita –y merece- otro tipo de respuestas, basadas en políticas de transporte y desarrollo urbano orientadas a disminuir distancias de viaje y a mover gente, no vehículos. Es de esperar que el debate suscitado por la construcción de Vespucio Oriente nos lleve a una discusión más rica sobre el modelo de ciudad en que queremos vivir y cómo queremos movernos en ella. Santiago tiene todo para tener un sistema de transporte público de alto nivel, integrado a redes peatonales y  ciclistas, y que actúe de manera complementaria al transporte particular. Para avanzar en esa dirección no necesitamos construir grandes autopistas de supuesta alta velocidad, sino más bien plantearnos para qué queremos usar y cómo queremos vivir las calles y barrios que actualmente tenemos.

2 Comentarios en Las expropiaciones son lo de menos

  1. Lo que hace falta son muchos Rodrigo Díaz.

    • Rodrigo Díaz // 30 enero 2013 en 10:05 am // Responder

      Muchas gracias, Patricio Alfredo. Viril lágrima de hijo orgulloso quiere asomarse.

      Abrazo grande a la distancia

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