Margaret Thatcher no lo dijo

Me equivoqué: la frase “alguien mayor de 30 años que sigue usando el transporte público debe considerarse un perdedor“ (a man who, beyond the age of 30, finds himself on a bus can count himself as a failure) jamás fue pronunciada por Margaret Thatcher, tal como señalé en un cartelito que confeccioné apenas supe de su muerte, y que tuvo una más que interesante difusión en redes sociales (más de 3,200 personas se llevaron el engaño en la cuenta de facebook de este blog). Fe de ratas: habrá que ser justos con la historia y la difunta, y decir que la frase salió de la boca de Loelia Ponsonby, tercera esposa del segundo Duque de Westminster, y quien entre otras cosas inspiró el nombre de la secretaria de “M” en las novelas originales de la saga de James Bond escritas por Ian Fleming. El caso es que en sus interminables tardes de ocio Mrs. Ponsonby se despachó con una máxima que, mal que mal, no está tan alejada de la realidad, y que refleja fielmente el espíritu de una sociedad individualista e hiperconsumista que tiende a considerar el transporte público como un mal necesario para el uso exclusivo de las clases menos privilegiadas.

Si cometí el error de achacar la frase a Margaret Thatcher es porque miles de personas lo hicieron antes que yo. Leo un artículo de un peso pesado de los estudios urbanos como Sir Peter Hall y me doy cuenta que él también cae en la trampita al dar el crédito equivocado a una cita que en boca de un actor secundario de la realeza es una soberana tontera, pero que dicha por una primera ministra adquiere un peso gigantesco, definiendo con una demoledora crudeza una manera de entender la sociedad, la economía, la ciudad y una forma de vivir en ella. En el texto de Peter Hall se habla de 26 años como el umbral que define el fracaso personal; otras fuentes señalan la misma cita pero elevando los años de la categorización a 29. Las más señalan 30. Muy bueno para ser verdad, cuando hay discrepancias en un dato tan sensible uno puede intuir que hay algo nebuloso detrás de una oración que en una de esas tampoco fue pronunciada por la señora Ponsonby.

Está en lo correcto mi amigo Dino Bozzi al recordarme que no importa que el arte sea verdadero mientras esté dotado de verosimilitud. La frase que inspira estas líneas es demasiado thatcheriana como para no haber salido alguna vez de la boca de la dama de hierro. Hasta donde yo sé, en vida jamás se encargó de desmentir el mito, prueba más que fehaciente que no le incomodaba en lo más mínimo. Sus obras avalan el pensamiento: el sistema de transporte público británico fue en gran medida despedazado durante sus años de gobierno, al igual que todas aquellas áreas donde se advertía demasiada influencia del cáncer de lo público. Aun mejor le fue a la señora Thatcher más allá de las islas británicas, donde el discurso jibarizador del estado encontró fieles apóstoles. Para su amigo Pinochet, otro que descuartizó el transporte urbano masivo en su país, el progreso se medía en autos per cápita. “De cada siete chilenos, uno tendrá automóvil”, decía orondo el 11 de septiembre de 1980 al conmemorarse los siete años del golpe que lo llevó al poder. El tiempo le dio la razón con creces: en el Chile de hoy hay un automóvil por cada 4.7 habitantes. No estuvieron solos en la lucha: el Banco Mundial hizo denodados esfuerzos a lo largo de los ochenta para promover el término de las empresas públicas de transporte público y el reparto del servicio entre miles de operadores privados que se regirían exclusivamente por los dictados de la oferta y la demanda. Los nefastos efectos se siguen sufriendo gran parte de nuestros países: la única competencia que ofreció el mercado a sus consumidores fue directamente en las calles, donde conductores que trabajan hasta 14 horas diarias comenzaron a enfrascarse en carreras suicidas en su afán por cargar el mayor número de pasajeros en destartaladas máquinas. Reducción de tiempos de viaje bajo el modelo neoliberal en su máxima expresión: deje que los privados corran, que siempre lo harán más rápido que el lento estado.

Volvamos a la discusión de fondo: ¿debe una persona de 30 años (o 26, o 29) considerarse un perdedor por utilizar el transporte público? Probablemente sí (escándalo del lector). Querámoslo o no, en el mundo actual el automóvil es un claro indicador del éxito individual y también de un país. El progreso en la escala social encuentra un nítido parteaguas en el momento en que una persona estrena su primer auto y deja de andar apretado en microbuses lentos, incómodos y malolientes. El que llega a pie a una primera cita parte dando gran ventaja. A los gobernantes les gusta vanagloriarse de los aumentos en las tasas de motorización durante sus mandatos, símbolo inequívoco del progreso material experimentado por el país a lo largo de su gestión. Cultura del éxito asociada a cuatro ruedas, uno de los más grandes retos que enfrentan los promotores del transporte público es romper con el estatus ligado al uso del automóvil particular. El discurso urbano de la señora Thatcher descansaba en la premisa que la ciudad es un terreno donde los privados lo hacen mejor. En la práctica el sistema neoliberal a ultranza no destruye el transporte público, pero al desregularlo y concebirlo como un negocio termina debilitando enormemente las condiciones del servicio ofrecido. En un escenario así, el transporte masivo no es más que lo que queda para aquellos que no pueden pagar un automóvil particular, quienes quedan cautivos de los intereses de operadores preocupados exclusivamente de maximizar la rentabilidad del negocio. La responsabilidad social de la empresa no es más que un buen cuento en nuestras calles.

La ficción y la realidad a veces son lo mismo. Una frase ajena es capaz de suplir la falta de un discurso urbano coherente. Importa poco que no haya salido de la boca de la señora Thatcher; para los efectos prácticos es lo mismo. Desde una perspectiva histórica, quizás sea bueno seguir citando de manera errónea. Nadie se va a levantar de su cajón para reclamar.

1 Comentario en Margaret Thatcher no lo dijo

  1. Alguien debería entonces decirle a Taras Grescoe, autor de “Straphanger” que su cita en el capitulo introductorio deberá ser cambiado en una proxima edición del libro. Lamentable enterarme que ella no dijo la frase; yo también tuve que eliminar esta cita de algunos documentos al oir esto.

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