La locura de H&M y la muerte de la calle

Estoy seguro que H&M se retirará de Chile en unas pocas semanas. De otra manera no se justifica la histeria desatada por los miles de voraces compradores que han asolado la tienda desde su inauguración en marzo pasado. Black Friday en versión suvenir, algunos hicieron guardia dos días para ser los primeros en cruzar sus puertas; generosa, la cadena sueca premió su fidelidad con vales, gorritos y café. Chile es un gran San Rosendo donde nunca pasa nada: durante semanas la agenda noticiosa y social estuvo copada por la apertura de una tienda de ropa de diseño bonito y precio relativamente ídem.

Paso por fuera del lugar una semana después de la apertura: las hordas siguen arrasando con las existencias de un local donde no cabe un alfiler. Se advierte calor en el interior, desorden, peleas por agarrar algo del botín antes de que se vaya a acabar. En la vitrina hay un impermeable que me dice hola a un precio más que razonable, pero no tan razonable como para entrar a pelear por él. Desaparecerá en cosa de minutos. La cola frente a las cajas se extiende por varios metros; los extasiados clientes abandonan la tienda con la típica cara contenta-desencajada de logro personal  que uno ve en los corredores de maratón. Tal como ellos, lo primero que hacen después de tamaña hazaña es salir a abrazar a la familia que se ha quedado esperando afuera.  Prueba superada: en vez de medallas les cuelgan bolsas negras con las dos letras. Quizás lo más interesante del  espectáculo está precisamente en el grupo familiar que espera a la salida, grupo mayoritariamente masculino de seños adustos, caras aburridas, ojos a media asta, mirada perdida en un horizonte tan aburrido como ellos. Me gusta pensar en ellos como el último bastión de la cordura en Chile, aunque esto seguramente es fruto exclusivo de mi imaginación.

Estoy convencido: H&M se va a ir luego, no hay otra explicación para la locura colectiva.

En las tiendas vecinas penan las ánimas. Un vendedor bosteza, otro con cara de tres metros juega un solitario en su iPhone, el de más allá se asoma a la puerta a ver si atrae a alguien con quien distraerse. H&M parece absorberlo todo. Si las cosas siguen así, dentro de poco fagocitarán toda la demanda de donde todavía comen los locales vecinos (para derrumbar a los gigantes del retail con que comparten espacio se necesitará algo más de esfuerzo). Darwinismo del vestuario, no sería extraño que en un futuro cercano las tiendas de ropa pequeñas dieran paso a atractivos locales de fotocopias, timbres de goma, repuestos de jugueras, imprentas y salones de belleza.  En una de esas hasta da para una vulcanización boutique. Autogol de media cancha.

Nada importa, que con la apertura de H&M Chile finalmente da el paso que le faltaba para entrar en el club del desarrollo, aunque afuera el comercio de calle se muera de a poco. El espacio público no es más que una gran entrada a un centro comercial que engulle todo lo que está a su alrededor. La vereda del frente es particularmente inhóspita, seguramente para que los ciudadanos-clientes busquen refugio en los climatizados pasillos del centro comercial. Los pasos de cebra se suprimen para ser reemplazados por un puente que desemboca en pleno segundo piso del mall (Word insiste en eliminar la segunda ele), a pocos metros de la entrada de H&M. País que compra es país que avanza, aunque no son pocos los que ponen cara de incertidumbre ante tanta bonanza económica en descampado. En algún momento todo se va a venir abajo, tarde temprano la burbuja va a explotar dice el pesimista que vive dentro de cada chileno. No importa: lo comido y lo bailado no lo quita nadie. La gente sigue saliendo con sus bolsas llenas de ropa, no vaya a ser que un día la fiesta se acabe y H&M agarre todas sus cosas y se vaya para nunca más volver.

Palabras al cierre

Las impresiones son de fines de marzo. A lo mejor la cosa cambió en estas semanas y el globo de H&M comenzó a desinflarse. Sin embargo, estoy seguro que el puente peatonal, la vereda de mierda y el tráfico infernal siguen allí.

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